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Tópica de este mundo al revés

Por: Kalashnikova el December 20, 2013

Él era de esas personas que vivía en donde le diera la gana y dormía a la hora y en el lugar donde el sueño lo sorprendiera. Cada mañana al abrir sus ojos, sentía un vacío en su corazón, no había ambiciones ni ganas de ganarse el pan honradamente. Era un hecho que él mismo se sabía un ser ruin y mezquino, pero no podía evitarlo, había nacido así. La hierba es hierba, jamás será un árbol, decía.

Se estiró perezosamente y se levantó de su improvisada cama hecha de cartones y trozos de tela que encontraba en su eterno andar por toda la ciudad. La infernal, asquerosa y calurosa ciudad. Podía ser el sujeto más inculto y con el aspecto más bestial en toda la superficie de la Tierra, sin embargo, sabía perfectamente que era mitad de mes, ese día en el que la gente que sí tenía un empleo salía a cosechar los frutos de todo ese esfuerzo de quince días.

Él no tenía porque trabajar, solo haría uso de su agilidad, agresividad y su ominoso aspecto para disuadir a cualquier trabajador que se aproximara hacia la trampa que astutamente había dispuesto; poco tiempo después él se marcharía con dinero constante y sonante mientras la víctima quedaría con el cráneo estampado en el asfalto caliente. La sola idea de tener esa bolsa de papel con el logotipo del banco estampada en ella le hacía sonreír de oreja a oreja. Dinero fácil.

Él no era el sirviente de nadie, no iba a soportar que le mandaran, su naturaleza era dominante, autoritaria e independiente. Hace años, incontables años, y gracias a uno de sus tíos había conseguido varios pequeños empleos… pero no los conservaba por mucho tiempo, odiaba que le dijeran como tenía que hacer las cosas. Si había nacido con habilidades físicas superiores ¿Por qué matarse trabajando si eres más fuerte, más astuto y más imponente que los demás? Miró hacia el cielo y se encomendó a Dios.

La hora se llegaba y tenía que estructurar su plan, el mismo plan de todas las quincenas. No había peligro de ser atrapado en una ciudad donde la policía tarda más de quince minutos en llegar a la escena de un crimen, donde nadie ayuda a nadie, donde todos esperan a que un ser humano muera para alimentarse con sus restos. En la ciudad de un, dos, tres por mí… él era el rey.

Esperó en una esquina, inmóvil como una anormal estatua formada de las inmundicias y de todos los sentimientos aborrecidos por la humanidad. Sus ojos circundados por grandes ojeras miraron alrededor. Se frotó las manos con impaciencia y apoyándose en la pared se dejó caer pesadamente al suelo. Allí metió una mano al bolsillo derecho de su sucio pantalón vaquero y sacó una cajetilla de cigarros cuyo interior solo albergaba dos, tomó uno y el otro lo dejó para más tarde, festejaría el atraco fumando, como todas las quincenas.

Como aquella canción de Gardel, esperó fumando la hora de ver cumplido su plan. ¿Había otra razón además del dinero por la cual hacer esto? El dinero era su principal motivo, pero había otro más que provocaba en su pecho toda una fiesta de tambores rítmicos y rápidos, que le hacían sus pupilas dilatar y su cara contorsionarse en una mueca de entre satisfacción y locura: Poder

Cuando todas aquellas desafortunadas víctimas lo veían desde el suelo con ojos suplicantes, todo lo que querían eran evitar ser agredidos nuevamente; entonces él, sabiéndose más fuerte, los veía fijamente a los ojos. Las víctimas usualmente sentían presión y miedo, para algunos era tan insoportable esa sensación que las lágrimas les comenzaban a recorrer los surcos del rostro. Si eso sucedía, él les atestaba un golpe con el puño, les daba una razón verdadera por la cual llorar, decía.

Era intocable, la policía nunca había podido atrapar ni dar con su paradero pues era demasiado rápido y ya conocía todos los atajos de la pequeña y maldita selva de concreto.
Tomó su cigarrillo de entre sus labios y desalojó sus pulmones del humo de tabaco. Después, rebuscó en la bolsa trasera de su pantalón y sacó una pequeña libreta sin pastas que tenía un pequeño lápiz en la espiral. Pasaba las hojas rápidamente y veía sus burdos dibujos: un hombre con barba y anteojos, una mujer con rostro redondo y con nariz ancha, un joven de cabello erizado, todas víctimas, cuando dio la vuelta a la página tenía unos cuantos mini recortes de periódicos donde contaban sus hazañas realizadas.

Vio al cielo y cerró los ojos: la hora se había llegado. Desde hace algunos días y siempre a la misma hora había visto cruzar la esquina a una joven de cabello corto que llevaba una mochila roja. No era una joven especialmente atractiva ni era fea, siempre portando ropa cómoda, la mirada distraída como queriendo desentrañar los misterios de cada persona, animal o cosa que se haya en su camino; Aquella muchacha era de las personas que no quiere llamar la atención pero de todas formas la llama. Su baja estatura, su cabello lacio azabache brillante y su andar ligero llamaron la atención de él y ahora él le daría la oportunidad de que desentrañara sus pensamientos.

Y justo terminó de evocar su cabello brillante y sus zapatillas de lona cuando ella apareció. Le miró desde donde doblaba la esquina, ahora ella observaría a un lado de la calle, olvidando mirar el otro y cruzaría. Caminó la acera con el mismo paso ligero, camiseta roja, pantalones de pitillo, sus zapatillas de lona rojas avanzaba con paso ligero hacia el lobo. Y el lobo salió al encuentro, sus músculos en tensión, los tambores de su corazón ya sonaban rítmicos, sus vellos estaban erizados de la emoción y las sombras debajo de sus ojos le daban ese aire siniestro que las desdichadas víctimas describían en cada artículo de periódico.

La joven de la camiseta roja se sobresaltó, pero no salió huyendo como cualquier otra persona lo hubiese hecho. Sus ojos oscuros se encontraron con los del lobo y sostuvieron miradas por un pequeño instante. Aquel instante fue en realidad extremadamente pequeño pero fue suficiente para helarle la sangre y hacer que los tambores de su pecho dejaran de sonar. Después, inesperadamente, arrojó su mochila lejos.

¿Qué tenía esa mirada que no podía dejar de corresponderla? ¿Qué era ese sentimiento tan bizarro en su pecho, en su estómago? Un sentimiento que te enfría los músculos, te golpea la cabeza y te convierte los pies en cera… el miedo.

“¿Qué quieres?” La voz de la joven se hizo presente. Calmada, fría y algo grave. Le taladró los oídos y le hizo pedazos todo lo que tenía en su cabeza en ese momento. En su estómago sintió fuego, este ascendió por su esófago y salió por su boca en forma de palabras incendiadas de enojo y odio. Odiaba las miradas con aires de superioridad.

“¡Dame todo lo que tengas!” Ordenó en un gruñido aguardentoso ininteligible. La joven de rojo solamente le miró con cierto dejo de burla, avanzó hacia y lo tomó del cuello de aquella camisa cuyos colores se los había robado el tiempo. Él sintió nuevamente como propia sangre congelada que se abría paso en sus venas y su sudor frío hacía un camino desde su sien hasta el cuello.

“A mí no me vas a ordenar nada” Le contestó ella, su rostro muy cerca del de él. Y sin decir más y aprovechando que el lobo no se movía le propinó un buen golpe en la frente con su propia cabeza. Él cayó, se estampó de espaldas en el concreto y sintió un peso en el abdomen. Era aquella menuda jovencita sentada a horcajadas sobre él.

La muchacha de cabellos azabache preparó sus manos en pequeños pero sólido puños y le atestó varios golpes en el rostro. Uno por haberla sorprendido, otro por subestimarla, otro por tratar de ordenarle… y así hasta que se le acabaron las razones. Él no se defendió, no pudo, estaba tan asustado, tan sorprendido… había perdido su corona a manos de una perfecta desconocida. ¡Una pequeña gran desconocida!

“Dame todo lo que tengas” Dijo aquella voz calmada, fría y grave.

Con sus ojos amoratados  aún un poco abiertos le dio una mirada suplicante pero llena de terror. Por los surcos de su rostro se movía una lágrima que finalmente se mezcló entre la sangre.

“Dame todo lo que tengas” repitió con su voz más firme y con una ira en potencia.
“No tengo nada” respondió gimiendo.

La menuda joven rebuscó entre las ropas de él y se topó con la cajetilla de cigarros y el encendedor cuyo contenido estaba casi por acabarse. Revisó la cajetilla, sacó el último cigarrillo, lo puso entre sus labios y lo encendió. De nuevo volvió a subirse a horcajadas del lobo, se limpió las manos con la camisa descolorida y le arrojó el humo en el rostro.
Hecho esto, se dirigió hacia donde estaba su mochila tirada y se la colocó en un hombro. El lobo veía como lentamente el rojo de la camiseta de la jovencita se convertía en un punto conforme ella se alejaba hasta que finalmente desapareció.

Aquel era otro día de aburrido, sin mucho que hacer, el calor de las banquetas se levantaba y el sol lanzaba sus despiadados rayos hacia los peatones. Las zapatillas rojas de lona le cocinaban los pies a una joven, caminaba con pasos ligeros y rápidos para evitar así tocar las aceras por mucho tiempo.

En poco tiempo llegó a su casa, en sus manos traía el periódico de esa mañana. Sin pensarlo, lo abrió en la sección policiaca y con tijera en mano empezó a recortar rápidamente una nota cuyo encabezado era “Le dieron una probada de su propia medicina; atacan a presunto asaltante”, abrió una libreta forrada de rosa y en la última página de esta pegó el recorte, la cerró y la colocó debajo de su cama.