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Síndrome de abstinencia

Por: Kalashnikova el December 20, 2013

Me encuentro en mi habitación. Apoltronada, como cuerpo sin alma en uno de los rincones oscuros. Porque en realidad eso soy, un cuerpo sin alma, condenado a vagar por la eternidad sin consuelo.

Una punzada que siento en mi pecho, hace que caiga al suelo apretando los dientes por el dolor que me invade, suplicando porque alguien acabe con mi miserable vida. Mi cara se contorsiona en un horripilante grito silencioso. La agonía dura unos pocos segundos más, pero eso para mí es una eternidad.

Mi respiración se torna pesada… no se cuanto más podré soportarlo… ahora el dolor desaparece. El dolor va y viene, como si de un péndulo se tratara. Lento, pero fatal.

Miro hacia el techo tratando de distraer mi ya destrozada mente mirando la pintura color blanco, deteriorada, se cae a pedazos dejando ver una anterior capa de un color azul horrible. Pero… ¡No funciona! ¡No puedo, la necesito! ¡Me estoy volviendo loca, esta horrible sensación me hace sentir más muerta de lo que estoy!

Camino frenéticamente por toda mi pieza, pateando las cosas que en el suelo reposan. Mis pasos golpean el suelo, parezco un animal enjaulado. En eso me he convertido…

Al pasar frente al espejo que hay en mi habitación, me detengo, contemplo mi imagen, porque aún puedo veme. ¡Cuánto he cambiado! Mi piel se ha tornado de un color pálido enfermizo cuyas venas lucen azules a través de ella, todo aquello contrasta de una forma peculiar con mi cabello oscuro y lacio. Mis ojos siguen siendo tan oscuros como mis propios pensamientos.

Por un instante, la idea misma de romper el vidrio con mi cabeza pasa por mi mente.

Sin embargo… recuerdo que no puedo morir, no hasta que alguien venga y me saque el corazón, me incinere o me corte la cabeza de un tajo limpio.

Me abrazo a mí misma, siento frío, necesito calor…

Y este solo lo puedo obtener mediante la vida de alguien más. Pero no puedo hacerlo, no quiero seguir haciendo eso. Desde que tengo uso de razón he estado sesgando vidas para satisfacer mis propias pulsaciones básicas.

¡No más! ¡Sólo puedo pensar en ella! Roja como cereza madura, ligeramente espesa, consistente en todos los sentidos, tentadora. Ahora cierro los ojos y relamo mis azulados labios. Tengo sed

Trato de pensar en mi color favorito: negro, negro como mi cabello, negro como mi ropa, negro es el color de la noche y la esencia de mi sola existencia, triste y estéril.

Otra punzada en mi pecho, esta vez más fuerte que la anterior.

Siento la impotencia de ya no poder llorar… nosotros, los cuerpos vacíos no lloramos, por eso mismo, porque en nuestro interior no hay nada más que un vacío y en el vacío no hay aire, ni sentimientos, ni mucho menos el agua salada de las puras lágrimas de la salvación.

De nuevo empiezo a pensar en rojo. Rojo el atardecer, roja la violencia, rojas las banderas que marcan mi salida hacia la competencia contra mí misma por detener mis salvajes pensamientos destructivos. A mi mente acuden fugaces imágenes de mi cuerpo desnudo siendo bañado en esa sustancia, en ese líquido de los dioses. Ríos bajan por mi cuello, rodean mis pechos, corren por mis caderas muriendo al tocar mis piernas y pies.

Tomo algo de ese líquido seductor entre mis manos y lo sorbo…salado al igual que esas lágrimas que también ansío.

Un ruido estridente me saca de la ensoñación es ella. Pierdo el control durante un pequeño lapso de tiempo, vuelvo el rostro y me lanzo al ataque, abro la boca lo más que puedo para morder su fino cuello. Ella me detiene, me congela con la mirada, con esa mirada fría que se siente como mil agujas enterradas en la carne.

– ¡Tengo mucha sed, ayúdame!- le grito, con mi aguda y desgarradora voz en una súplica al tiempo que la tomo de la muñeca derecha.

– Vine a eso… a ayudarte –me responde

Su voz nunca había sido tan reconfortante. Una voz cálida de mezzosoprano que contrasta con su glaciar personalidad.

-¿De verdad?- pregunto incrédula

– De verdad, lo juro-

Aún sujetándola de la muñeca, me dejo caer de rodillas y le miro como los creyentes a su dios, anhelando consuelo y arrepintiéndose de todo lo que hicieron, o pudieron haber hecho en vidas pasadas, presentes o futuras.

Ella cierra los ojos, aprieta los dientes, respira hondo. Rápidamente levanta el brazo y puedo ver la daga brillando. Como deseo que ese brillo fuera el de la estrella a la que los niños piden deseos.

Segundos después veo un destello y siento un dolor en el pecho… de nuevo, pero esta vez es un dolor liberador e igual de reconfortante que su voz. Veo sus ojos, aquellos ojos verde claro que terminaron siendo mi perdición, que barrieron con los vestigios mi vida al mismo tiempo que me daban la libertad en estos momentos.

– Odio el verde… – la tomé del cuello de la blusa y la acerqué a mí.

– Lo se, se todo de ti- Sus cabellos rozan mi pálido rostro – Sabía que no podrías resistirlo no es tu culpa haberte convertido una de esas horripilantes criaturas nocturnas.

– Cierto, eso se lo debo a mis padres, su sangre contaminada me maldijo para siempre y hasta ahora esa bomba de tiempo que estaba en mi, ha estallado inevitablemente pero… ¿por qué sientes culpable?

Ella no me contesta, solo siento varias gotas con olor a sal, golpeando levemente mi rostro. Ella si puede llorar, no sabe cuánta envidia siento a pesar de estar muriendo.

– Gira la daga y mátame – susurro débilmente en su oído

– ¡No es tan sencillo! Me siento morir también-

– ¡Solo hazlo! La daga tiene que atravesarme por completo – grito con las últimas fuerzas que me quedan.

La daga gira lentamente, siendo empujada cada vez más. Siento como me consumo… y sin embargo me siento feliz.

– Te extrañaré- Me das un beso en la mejilla, muy cerca de la boca, un beso que no se siente…

Al final, como yo te lo había indicado, tomas mi corazón aún palpitante entre tus manos y después de verter esas pequeñas gotas de sal y agua sobre él, lo arrojas al fuego. Las lenguas de aquel pequeño infierno lo consumen rápidamente. Porque, mi corazón, no tiene alma.

NOTA DE LA AUTORA: Es una historia escrita hace ya más de 5 años a la que le tengo un cariño especial  porque a un buen amigo le encantó, y él era como mi corrector de estilo y a mi me encantaba su inteligencia, pero nos dejamos de hablar por otras razones que ahora ya no importan.