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Entrhis. Capítulo IV

Por: Kalashnikova el February 5, 2014
19

19 años

desertora”, esta es mi historia, pero podría ser la de quien más adoran, de un vecino, de tu mejor amigo, de quien sea que te importe. — Souza me mira con sus ojos oscuros inquisidores, y es inevitable que note sus largas y espesas pestañas batiéndose involuntariamente al parpadear. Sostengo su mirada, y él se mueve incómodo en su silla mientras se incorpora hacia adelante.

— Dijiste que empezarías por tu entrada al ejército. ¿Qué te llevó hacia esa decisión?

— La respuesta es más simple de lo que parece… necesidad.

— ¿No honor?, ¿no la gloria?— alzó las cejas

— No, con eso atraen a la gente que no se valora a sí misma… — Yo me uní al ejército de forma totalmente bien pensada, bien razonada, a pesar de lo tan presionada que me sentía. Ni el honor ni la gloria ponen un plato en la mesa.

No diría que todo comenzó de manera impulsiva o por rebeldía, no, Souza, verás yo no tuve ningún privilegio en alguna etapa de mi vida. Ninguno, mis padres no eran políticos ni militares. Eran trabajadores como tus amigos, como tus vecinos, como tú mismo; y luego estaban mis hermanos menores: un hermano, una hermana. Si hacen las cuentas somos cinco en total, es decir, varias bocas que alimentar. Como personas de a pie, personas de clase trabajadora, nuestras opciones siempre han sido limitadas, pero eso no nos detuvo nunca. A diferencia de los ricos mimados, que trabajan para darles comodidades a sus hijos, mis padres trabajaban para darnos educación y así nosotros poder buscarnos una vida por nuestro propio pie ¿Qué más podían hacer?

Souza se encoge de hombros, tal vez había tocado alguna fibra sensible, me enderezo en mi silla y lo miro, él sigue atento a la máquina que registra toda nuestra conversación en pequeñas letras dentro de una pantalla.

— Prosigue

— Siempre he sido rebelde ¿sabes? así que probablemente a todo mundo le suene mal que yo haya entrado a hacer una carrera en la Legión. ¿Qué te den órdenes todo el tiempo?, la disciplina, la pulcritud, los horarios…pero al menos sales de la ciudad, de tu pueblo, de donde vivas. Después de un tiempo con insomnio, de algunos trabajos de paga variable en restaurantes y no poder pagar una universidad… la campaña de la Legión estaba a todo lo que da, en todos lados. ¿recuerdas?

— Sí, lo recuerdo— contestó apresuradamente, como si algo en su mente hubiera hecho clic.

— Diecinueve años.

— ¿Perdón?

— Diecinueve años tenía cuando me alisté en la Legión. ¿Qué persona de diecinueve años quiere volver a casa a recibir miradas mezquinas de sus padres cansados de trabajar en un trabajo que cogieron más por necesidad que por amor por él? Los años pasan sin mucha complicación más que tus padres y tus hermanos, complicaciones cotidianas, sin importancia. Pero ves que ellos se hacen viejos y todo es tan monótono que estúpida o afortunadamente intentas cambiar de aires, así que cuando cumplí diecinueve años, y viendo todo lo que les daban a los Legionarios en términos de educación y prestaciones, dije ¿Y por qué demonios no?

— ¿Y entonces te enlistaste? ¿Y tus padres?

— No pienses que fueron indiferentes, pensé que no sería gran cosa doblegar el orgullo, terquedad y timidez a cambio de educación gratis. Pero los padres conocen a sus hijos y para ellos no era una buena idea. Me confrontaron, me cuestionaron y les dije que ya era lo suficientemente mayor para tomar este tipo de decisiones. Ellos sabían, irónicamente quienes tenían más posibilidades de obtener estudios por ser buenos deportistas o investigadores eran mis hermanos y mi hermana, no yo.

Traté de entrelazar mis dedos sobre mi regazo, sin embargo, al tratar de alcanzar mi mano, recordé que el brazo mecánico seguía en el taller. Colgando estaba la manga de la cazadora, así que disimulé mi error metiendo mi mano buena en el bolsillo de mi pantalón, cosa que no pasó desapercibida por Souza.

— ¿Sabes cómo son las cartas de aceptación de la Legión? Tienen una marca que sella una carpeta negra con rayas rojas y un sello rojo con ribetes dorados en el medio. ¡Cuánta maldita presunción! ¿no? Y además te dicen que la probabilidad de que te manden a terreno hostil, ya siendo Legionario, es poca.

— Suena demasiado bueno para ser verdad… —

— Cierto, ¿eh? Mi madre me dijo que yo no estaba consciente, que tal vez algún día terminaría en una misión donde no volvería a casa.

— ¿Y qué le respondiste? ¿volviste a sacar la carta de la edad y la madurez?

— No, le dije que nunca lo había pensado así. ¿Sabes lo que hice? — recargué mi brazo en el respaldo de la silla — Le pedí un abrazo y recordé la época en la que éramos nosotros tres en el mundo: mamá, papá y yo. Ella me dijo que hablaría con mi padre para que estuviera más tranquilo, porque él era igual de terco que yo. — el recuerdo me hizo esbozar  una sonrisa melancólica — Esa tarde la dediqué a meditar y a jugar con mis hermanos en el parque. Porque… porque aún seguíamos siendo como niños enormes…

— ¡DING!—

El sonido de una campanita me devolvió a la realidad, miré a mi alrededor, pero todo seguía igual. Los comensales y los estudiantes con sus libros y computadoras del tamaño de una cartera seguían en su propio mundo.

— Es la grabadora, dejó de escribir. Le pareció que te tomaste mucho tiempo — Souza me miró preocupado — ¿Todo bien?

— Todo bien

— ¿Seguimos?

— Sí.

Souza volvió a calibrar la grabadora. Otro sonido indicó que prosiguiera con mi relato.

— Cuenta, ¿Qué hacían los aspirantes? — Souza se acomodó los anteojos, mientras se acercaba más para oír mi respuesta, tanto que empezó a invadir mi espacio personal y me hizo sentir acorralada. Pareció darse cuenta a tiempo y se retiró unos centímetros para darme lugar.

— Toda persona que se enlista y es aceptado para la primera parte, que son las pruebas físicas, es enviado a un centro de acondicionamiento y entrenamiento intensivo. Algunos se enlistan con su nombre real, otros prefieren cambiárselo, no te dicen nada, por lo que resulta como una segunda oportunidad para quien lo necesita.

— Vaya, no está tan equivocada toda esa ola de romanticismo que rodea a los militares. Donde una persona, no importa si se la pasa la vida huyendo de la ley, obtiene prácticamente otra vida…

— Al menos en ese aspecto no — con mi cuchara removía el café mientras desempolvaba mis recuerdos — los aspirantes a pertenecer a la Legión dedican un día entero a las pruebas físicas y una prueba mental. Todos empezamos con un puntaje de mil. A cada error que cometes en las pruebas físicas te van restando cierta cantidad de esos puntos. El que llega a setecientos queda eliminado.

Cuando yo llegué tenían cinco tipos de pruebas físicas, no tengo idea de cuántas tengan que pasar ahora. La primera es de resistencia carrera de cinco kilómetros, te restan puntos cada vez que te detienes a tomar aire, no importa que bajes el ritmo, no debes detenerte; la segunda prueba es de fuerza, cada aspirante levanta peso muerto por cinco minutos, pierde puntos quien deje caer el peso sin completar el tiempo; la tercera prueba es resistencia al dolor, alguien te golpea en diferentes partes del cuerpo y tú tienes que soportar, a cada quejido te restan al menos veinte puntos; luego están la prueba de agilidad donde completas un circuito cinco veces, cada vez tienes que ser más ágil, a cualquier error, tropezón, lesión o retardo, se pierden puntos. La última prueba es la de combate, nos enseñan unas técnicas básicas en unas horas, y cada aspirante tiene que pelear contra otro de su mismo peso y estatura, se pierde puntos por golpes ilegales y gana puntos por golpes en áreas designadas. La lección más importante que nunca debes olvidar es: nunca bajar la guardia, estúpidamente, más de la mitad la olvida en minutos.

Los que pasan la prueba física hacen la prueba de inteligencia, que es mucho más fácil en comparación. Si no pasas la prueba física prácticamente, es casi imposible que la vuelvas a pasar en un segundo intento y los que entraban con la frente muy en alto tienen que regresar a su casa cabizbajos.

— ¿En qué consiste la prueba mental?— se cruzó de brazos.

— Es como una prueba de lógica nivel universitaria. Prácticamente si pasas la prueba física, que es bastante dura, eres ya un Legionario. Siempre me pregunté la razón de una prueba mental tan mediocre… —

Souza asiente con la cabeza para indicarme que continúe y parece meditar algo al escuchar esto último. Ambos miramos hacia un lado de la mesa y la chica del café, se dirige hacia nosotros y rellena nuestras tazas con más de ese líquido humeante, lo que para mí es el néctar de los dioses. Después, se marcha no sin antes dedicarnos una sonrisa. Me contagio momentáneamente de su felicidad. Allan carraspea.

— ¿Dónde estaba?, ah sí. La prueba es más de lógica y estrategia que de matemáticas, siempre ha sido mi fuerte. Lo demás, es historia. Estudiar allí es como estudiar en cualquier otra parte, sólo que un montón de vejetes te asignan lo que serás, tus deberes y todo eso. Además hay militares en todos lados. Te levantas a las 500 horas para entrenamiento físico y mental agotador, te duchas, comes y estudias brutalmente para irte a dormir a las 2100 horas excepto cuando hay entrenamiento de combate nocturno.

Yo estudié para hacer estrategias, pero otros estudian para reparar armas, otros para crearlas, otros son médicos…siempre están en busca de excelentes estrategas, porque fuertes somos todos.

Souza parecía muy interesado, sus ojos brillaban como los de un niño escuchando historias de guerra y héroes mitológicos. Tal respuesta me hizo continuar.

— Una vez que sales de ahí, si es que no eres un debilucho y te das por vencido, estarás hecho una bestia. Incluso sientes que pierdes una parte de ti: la parte de ti que se conmueve ante el dolor ajeno…

Pues bien, con veintitrés años ya estaba en el nivel inicial de la Legión de Combatientes. Y, claro, siempre los Legionarios aspiramos a tener mejores rangos… pero dentro de la Legión existe el secreto a voces de los Combatientes de Operaciones Especiales. ¿Por qué es un ejército de Operaciones Especiales? Porque son los más fuertes entre los fuertes, sus entrenamientos son brutales y las condiciones de combate, despiadadas. Cuando el Ejército no puede con una situación, Operaciones Especiales sale como si fuera la caballería pesada.

— Entonces, todo esto que cuentas, de manera resumida, ¿quiere decir que Operaciones Especiales es un pequeño ejército dentro de la Legión? ¿y son el rango más elevado al que todos quieren pertenecer?— sorbió su café sin apartar la vista de la grabadora, luego me veía mientras maquinaba no sé qué en su mente.

— Técnicamente, así es, has dado en el clavo

— ¿Para qué tener un ejército dentro de la Legión? Es decir…

Alcé la palma de mi mano para interrumpirlo, sonreí ante la ingenuidad del periodista, a pesar de dedicarse a lo que se dedicaba. El descansó su rostro entre sus manos y suspiró audiblemente. Después volvió a beber café.

— Si, te entiendo. Es difícil de imaginar, e incluso de pensar su función, parece no tener sentido… Allan, hablamos de situaciones en las que el gobierno y sus amigos ricachones quieren total discreción. Actividades “terroristas”, o más bien, cosas que le estorban. Situaciones de crisis en nuestras bases militares en otros países, turbas con armas amenazando a los amiguitos del Gobierno de este país, incluso solemos ser escoltas de esas… esas miserables ratas con trajes y vestidos de seda que se hacen llamar “políticos”, a los que solemos cuidar porque son unos paranoicos sin remedio.

— ¿Qué ganas con ser un operaciones especiales?

— Pues, nadie se queja aunque te puedas morir de un día a otro, eh, hay que aprovechar cada beneficio que ser un Legionario de Operaciones Especiales. Mejor salario, mejores hospitales, mejores prestaciones para tu familia. No eres cualquier militar, eres el niño mimado de todos: Gobierno, ricachones y clérigos, pero también es el perro fiel de los mismos. Es un perro que no se ve, un perro negro que se mueve entre las sombras nocturnas y el perro al que mandas a que se joda y te abra paso cuando la situación está peliaguda, un perro bien alimentado y bien cuidado hasta que algo le pasa y puede ser reemplazado por otro perro. Eso es un Legionario de Operaciones Especiales. Lo que nos dicen al reclutarnos en el “Glorioso Ejército” y lo que saben los periodistas, es la verdad a medias.

A la primera que se les venga en gana, te mandan al lugar más infernal que puede haber ya sea para ser escolta de alguien o en una misión de ubicación y recuperación de territorio, o espionaje, siempre estás de cara al peligro. Así te pasas varios años. Cuando yo tenía veintiséis años y unas cuantas medallas bien prendidas de mi uniforme llegué a Enthris.

Souza se inclina sobre la mesa y me mira a los ojos directamente al escuchar ese nombre. Otra vez, esa sensación de que sabía algo que yo no. De igual forma, yo se otras tantas que él en todas sus aventuras de periodista y su imaginación de escritor no podría imaginar.

— Mi primera misión como Operaciones Especiales, pero mi cuarta como legionaria. Enthris, Souza… el código de territorio es el E6970 y también es el infierno en este Universo.

— Me bebo de golpe el resto de mi café aún caliente — No, me equivoco, es como un universo diferente donde hay muchas realidades y la realidad de un soldado como yo es jodida, pero es más jodida la realidad de quien está prisionero en Enthris.

Pasan cinco minutos en el cronómetro del holograma de dictado y el timbre suena una vez más, ahora los dos nos hemos quedado mudos.

                                                        

Fin del capítulo IV