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Enthris. Capítulo XIV

Por: Kalashnikova el January 31, 2015
enthris capitulo XIV

Ad verbis ad verbera

La isla Enthris, ese pequeño trozo de tierra rodeado de agua de un azul intenso, poseía un clima voluble. Por la tarde todos los soldados y custodios sentían como si la suela de sus botas se pegara al suelo cual goma derretida; pero en la noche, si alguien tenía la mala suerte de estar a la intemperie sin un refugio para resguardarse de las copiosas y crueles lloviznas, podría morir de frío. Volpi, haciendo gala de su sentido del humor, llegó decir que tal vez Parabellum Security había encontrado la forma de controlar el clima como manejaba la concesión que tenía con la Federación: lo que decía, se hacía, todos los demás soldados se rieron de la disparatada conclusión, todos excepto Lorccan.

Para ella, era imperiosa la necesidad de terminar con la misión, ahora que había comprobado de qué lado estaban plantados de pie sus superiores. Si algo en verdad importaba para ella era el honor y que Walker le hubiera gritado en sus narices y de paso mostrara su falta de compromiso con la Patria, le había no entristecido, sino enfurecido de sobremanera.

Y no solo eso, Walker le había señalado como si fuera traidora y separatista, sólo porque el azar le había hecho la travesura de hacerla nacer en el pueblo de Cobrizonte. Una acusación imperdonable para a quien la misma nación le haya recibido en su seno al venir al mundo. Por su mente, jamás había pasado la idea de traicionar a su país, aquél que vio nacer a su pueblo, su ideal máximo siempre había sido salir a defenderlo junto otros colegas que habían dejado su cuerpo despedazado y su alma apesadumbrada en las trincheras.

Nunca había tenido tiempo de pensar el por qué combatir, y además por qué hacerlo al lado de elementos como el capitán Walker. ¿Quizá porque era la primera vez que tenía tiempo de pensar en otra cosa aparte de cómo seguir con vida?

“Al diablo con todo”, de la bolsa de cuero atada a su pierna, sacó una cantimplora y usó parte del agua para refrescarse la cara.  Quizá era hora de concentrarse únicamente en salir de la isla con la cabeza en alto. “Que hagan lo que quieran, a final de cuentas, quienes nos vamos a tener que tragar lo que resulte de esto somos nosotros y tendrán que rodar las cabezas que tengan que rodar… y si deciden que sea la mía, primero les daré buena pelea”.

Previo a poder continuar con los recorridos finales a través de cada corredor del penal, Volpi se presentó ante ella e hizo el saludo militar.

– Que dejes el protocolo, nadie ve ahora.

– Eso lo sé muy bien, pero míralo como la forma en que presento mi respeto hacia ti. Tus intenciones son lo más honorable y te han jugado chueco, no estoy para nada tranquilo. –  bramó — pero para confrontar a Walker como lo has hecho desde que te he conocido, hay que tener huevos… ejem…quiero decir…

— Agallas, dejémoslo en agallas — rio ella — en eso y en que Walker es un imbécil

—   Sí, aunque imbécil es una palabra demasiado suave — Aldo abrazó a su amiga por encima del hombro.

— Es un cabrón besaculos bueno para nada — soltó ella en un gruñido, con lo cual, Aldo dejó ir una enorme carcajada.

— ¿Verdad que se siente bien desahogarse?  — Volpi palmeó pesadamente el hombro a Cécile, esta, acostumbrada el tipo de trato rudo del soldado, sonrió con verdaderas ganas.

— ¡Los penúltimo y último pabellones fueron inspeccionados ya!  — informó Jenner.

— Pues sigamos con los otros — Lorccan se apartó de ellos y corrió hacia el pabellón tres.

Mientras los soldados inspeccionaban aquel nivel, dos guardias de Parabellum Corp. recorrían el pabellón dos. Observaban a los presos a través de cristales, pero estos los ignoraban, ya que estaban acostumbrados a la falta de privacidad. Sus barreras mentales eran más fuertes que las físicas.

— ¿Cuánto tiempo crees que se van a estar quedando en Domus? — preguntó el guardia a su colega.

— No sé con exactitud, pero a como he escuchado, tal vez hoy sean los últimos rondines. Ayer los soldados tuvieron su reunión— respondió ella bostezando profundamente.

— ¡Ja! Bien. No los soporto, se creen la gran cosa. En especial ese que es capitán, se la pasa rezongando al personal y jodiéndonos a nosotros como si fuéramos parte de su equipo.

— No he cruzado palabras con ella, pero no parece ser lo que tu dices…

— Hablaba del otro capitán, el que tiene cara de fantoche, la chica esa que dices sólo tiene toda la jeta de malcogida, pero nunca se ha quejado de nada.

— No estoy segura ya de esto. — dijo ella, y miró sobre su hombro hacia la entrada del pabellón para vigilar que no hubiera orejas inoportunas.

— ¿De qué hablas? Estamos juntos en esto. Sobre todo después de lo de la cuchara. Que haya caído uno, no detuvo el plan. Además — él se acercó a su oído para susurrarle — ambos estamos encharcados de mierda hasta el cuello.

— Tienes razón — se encogió de hombros — Ya no hay por dónde dar vueltas a esto. Nos la deben, hagamos justicia.

Los guardias se toparon con la puerta de emergencia, una puerta como cualquier otra que había al final de cada pabellón de confinamiento.

Al lado de la robustísima puerta de metal, estaba la última celda. Adentro, un hombre de taciturna apariencia les observaba fijamente. El guardia sonrió y colocándose frente a la cerradura, el dispositivo leyó su iris. Un clic se oyó, dejando la puerta sin candado alguno. El reo sonrió levemente.

— Bienvenidos. Mi casa es su casa.  Retirémonos hacia el fondo de la celda.

— La cámara no puede captar más allá si yo me quedo aquí, además, tengo que vigilar por si llegan los soldados.

— ¿Es esto lo que querías? — preguntó el otro guardia entregándole dos extraños artefactos. Uno parecía una especie de arma láser del tamaño de la palma de un hombre y los otros unos pequeños balines.

— ¡Sí!, ¡sí! — el reo se levantó de su cama

— ¡Epa! Enséñanos el ideon primero, ah y el chip —

— Cuánta desconfianza, hermanos. Pero yo no soy Parabellum. — El preso cruzó sus brazos sobre el pecho— ¡Seré estafador, defraudador y falsificador, pero no soy un Eriksson o un Mijailovic! — El preso sacó algo de entre sus ropas, una caja delgada y negra. — esto del ideon les está pegando duro…

— No consumimos esa porquería, la vendemos afuera —

— Claro, claro. Por eso se hicieron cargo de su compinche el dientes de oro, ¿no? Lo hicieron pedacitos, así pensarían que fue una bestia de la isla algo así. Son astutos, a pesar de ser sólo celadores comunes.

— No sé de qué hablas, el tipo se murió, pero no fue por nuestra mano.  — ella se puso a la defensiva.

— Ajá, de acuerdo, de acuerdo. Será nuestro secreto.

Los dos guardias tomaron la caja negra, la abrieron e hicieron un conteo de lo que dentro había. Así diez tubos fueron resguardados en los bolsillos del uniforme de él y también, diez fueron a parar a los de ella.

— ¿El compinche que les sobrevive ya está listo?— preguntó el preso cuyo uniforme tenía el número687.

— Afirmativo— musitó la joven

Los tres sonrieron discretamente, de la misma manera en que las transacciones dentro de Enthris eran manejadas de inicio a final.

Con un libro de laboriosa encuadernación entre las manos, Nadia mataba el tiempo. Esperaba una importante llamada por parte del vicepresidente Weber, probablemente relacionada con los últimos acontecimientos dentro de la penitenciaría: el reporte de los soldados y su despedida.

“Espero jamás volver a ver a ninguno de ellos…” sintió una punzada en la frente, lo más seguro es que fuera producto del estrés.

— De nuevo jaqueca — resopló

Dos golpes suaves sonaron en la puerta, Ernest Eriksson sin duda, era de los que siempre llamaban a la puerta antes de entrar. La doctora pulsó el interruptor oculto en su escritorio y los candados de la puerta automáticamente retrocedieron. Si, le gustaba estar completamente sola y en silencio en su oficina, casi recostada en su sillón rojo de piel. Observó a Eriksson esbozando una enorme sonrisa.

— Ahora si todo va marchando bien

— Me alegra, me alegra enormemente — respondió el alcaide

— Ya sabes, puedes tomar asiento. — Nadia emitió una risita.

— Pero no tienes ninguno para mí

La doctora le dio unas palmaditas al escritorio, Eriksson arrugó el entrecejo, pero de todas formas se sentó cerca de ella.

— Pues bien, ya podemos estar más tranquilos — Ernest respiró hondo y relamiendo sus labios, saboreó el sentimiento de victoria.

— Sí… por unos momentos sentí que todo había acabado. Pero ya sabes, hay a quienes tampoco les agrada la idea de ahondar mucho en detalles, cuando se puede estar haciendo cosas más interesantes. — Mijailovic abrió uno de los cajones de su escritorio y sacó una cigarrera. — ¿cigarrillo?

— No fumo dentro de las oficinas — el alcaide puso una mano encima de la cigarrera y la empujó levemente hacia la doctora Mijailovic.

— Pero si bebes dentro de las oficinas — colocó el cigarrillo entre sus labios y sacó su encendedor — ¿qué diferencia hace?

— Que no te deja un desagradable olor en la oficina —

— Pero es mi oficina — ella le dio una buena calada a su cigarrillo para después arrojarle el humo en la cara.

Él tosió y molesto, la miró, con sus ojos verdes brillando burlones y los labios muy rojos que se curvaban en una sonrisa descarada. No sabía qué era lo que más quería en ese instante para arrebatársela, si quitarle el cigarrillo y darle un bofetón o besarla y morderle los labios hasta saciar su furia.

Un timbre proveniente del perchero junto al escritorio, sobresaltó a ambos, y ella sacó del bolso que colgaba ahí un teléfono móvil. Aquel trozo de plástico y metal, que era una placa curveada con una pantalla que ocupaba la mayor parte del área total, apenas había sido presentado en una fastuosa ceremonia y ella, ni tarda ni perezosa ya se había hecho con el suyo.

— Atenderé esto afuera — avisó al doctor Eriksson, quien rodó los ojos, y abandonó su lugar rápidamente. Siempre hacía lo mismo, cuando la tensión entre ellos aumentaba, algo la rompía. Coincidencias infames.

“Estimado comité de pre campaña del CEO Covington, me complace recibir su correo, por supuesto que me interesaría apoyarlos en los próximos preparativos. Se que es muy temprano aún, pero entre mejor preparados estemos, nos aseguraremos la victoria.

Mijailovic”

La joven doctora leyó su mensaje, murmurando entre dientes y repitiendo varias veces cada enunciado. Convencida de la perfección de aquella construcción de palabras, dio clic en enviar y un sonido fue la confirmación de que sería bien recibido por el destinatario.

El taller de la isla Enthris era un edificio apartado del principal, opuesto a la orientación del complejo Domus aunque en el mismo territorio penitenciario. Se podía llegar hasta él cruzando un camino situado atrás del penal. No había día en que el taller no estuviese siendo ocupado por los prisioneros de cada nivel, con excepción del quinto, pues éstos estaban en confinamiento especial y sus actividades debían ser aisladas del resto de los prisioneros.

Jenner conocía alguno que otro detalle de cómo funcionaban las prisiones y no de primera mano, sino que uno de sus familiares lejanos había estado en una; por otra parte,  el tío favorito de Volpi había sido detective de la policía por treinta años y solía asustar a sus sobrinos sobre historias de prisión para “meterlos en cintura” y que nunca se atrevieran a seguir malos caminos, o que se les ocurriera robar siquiera un caramelo; pero Lorccan no conocía absolutamente nada de una prisión y le era difícil imaginar la clase de vida que se llevaba dentro de una.

Cuando conoció los talleres de Enthris, lo primero que llegó a su mente fueron las imágenes de las fábricas y líneas de ensamblaje en reportajes que solía dejar como ruido de fondo mientras se ocupaba en cualquier tarea doméstica.

Dentro de aquel recinto, con techo curvo como el de un hangar, y una altura considerablemente grande, había numerosas hileras de bancos. Cada uno contaba con herramientas que tenían un cable flexible al final cuyo propósito era mantenerlas en ese lugar para que no pudieran ser utilizadas fuera del taller.

Todos los prisioneros tenían grilletes electromagnéticos que les sujetaban en los lugares. Durante el tiempo que había estado en Enthris, Lorccan jamás había puesto atención al trabajo que hacían en los talleres. Cada hilera ensamblaba ciertos componentes, algunos semejantes a auriculares y soldaba partes diminutas y diversas. Al final, había un prisionero que tomaba cada una de esas miniaturas metálicas en un recipiente individual, y acomodaba en cajas con un sello de “FRÁGIL”.

Vistiendo el uniforme de combate y caminando entre los bancos y mesas, Lorccan sintió el calor agolpándose en su cuerpo. Ahora no le parecía tan descabellada la idea conspiranóica que tenían los soldados más jóvenes que ella, esa que enunciaba un extraño experimento por parte de Parabellum para no únicamente controlar a los prisioneros y celadores, sino también el clima.  La capitán se quitó el casco mientras vigilaba la penúltima hilera de prisioneros y sacudió su cabeza, odiaba que los cabellos empapados de sudor, le escurrieran la cara y la nuca.

A las 16:00 en punto las luces del taller comenzaron a parpaderar. Una de las lámparas estalló y las demás se apagaron. La energía eléctrica dejó de funcionar. Lorccan sintió el pelo en su nuca erizarse mientras que su mano apretaba con fuerza el radio. A los soldados más jóvenes que le acompañaban les dio la orden de hacer sonar la alarma y rodear a los prisioneros para que no hicieran el más mínimo intento por liberarse de los grilletes. Debía controlar la situación sin despertar el pánico, cualquier movimiento en falso podría costarle la vida a ella y a sus hombres.

Justo cuando su mano enguantada se posaba sobre su arma de cargo, uno de los reos se puso de pie y sacó una pistola. Lorccan jamás lo vio venir. El aullido de una sirena vibró dentro del recinto, algunos prisioneros nerviosamente colocaban sus manos sobre los oídos y otros estaban hechos ovillo, muertos del miedo. La oficial lanzó una alerta a sus hombres de confianza mediante el dispositivo de comunicación prendido en su uniforme: la situación ahora era una emergencia.

El reo armado portaba el número 605 en el pecho y en el rostro, el número de cuántas veces había jugado a las carrerillas con la vida y la muerte al mismo tiempo. Con la furia adueñándose de cada uno de los músculos de su rostro cual máscara de demonio le echó una mirada a uno de los jóvenes custodios de Parabellum, y al ver los ojos llorosos de él, le dieron aún más ganas de tomarlo como rehén. Así lo hizo y mientras lo atraía hacia sí de un jalón y le rodeaba el cuello con un brazo, con el otro apuntó al resto de soldados.

— Eres demasiado blando para este trabajo — le susurró a su rehén — y demasiado débil. No te vayas a mear del miedo porque si me mojas, te desollo vivo. Y tú, — le apuntó a otro que estaba parado a menos de dos metros de Lorccan— espero puedas conseguir tu “Ildeon” en el infierno— dijo el reo 687 antes de abatirlo a tiros para demostrar que iba en serio.

— Soborno…con drogas — murmuró la Oficial Lorccan — ¡Ni un paso más, desgraciado cabrón!

— ¿Estás hablando de mí? mírate ¡siendo la perra guardian de estos monstruos!— con un movimiento de su cabeza señaló con dedo acusador hacia un gran placa de metal con el con el símbolo del corporativo Parabellum.

— ¿Qué?

— ¡Atrás!, ¡o le vuelo la cabeza!, ya me viste matar a ese cabrón. No dudaré por un segundo en matar a este otro hijo de puta. – con fuerza cerró el candado que su brazo formaba alrededor del cuello de su rehén. La cara de éste se estaba tornando roja mientras lagrimones escurrían de sus ojos y sudor de su frente.

Lorccan tragó saliva y empezó a sudar frío. Los otros tres soldados que le acompañaban en los talleres estaban en la misma posición que ella, sin embargo estaba aproximadamente a casi tres metros del reo. Su equipo y el parte del de Walker miraban impotentes la escena a través de las puertas de cristal blindado.

El prisionero 687 disparó a los grilletes de otro prisionero y éste sacó un aparato de entre sus ropas.

El 687, sin quitarle la pistola de la cabeza a su rehén y la vista a los legionarios, caminó hasta una caja de controles en la pared, seguido por el recién liberado.

— Eh, échale un ojo a los perros de la Federación mientras me encargo de esto — le gritó a un reo que sólo se encogió de hombros y asintió miedoso.

Mientras 687 tomaba el control de la situación, el prisionero 480 abrió la puerta de la caja de controles y desconectó algunos cables para colocar el aparato que traía en sus manos y volver a conectar el cablerío de la pared.

— Hazlo rápido— gruño 687.

— Eso hago — contestó el 480 con fastidio.

Por fin, 480 golpeó con su puño un botón del aparato que había conectado en el sistema dentro de la caja, saltaron algunas chispas y los reos tuvieron que cubrirse para no quemarse. En segundos, cada uno de los grilletes electromagnéticos se abrió automáticamente. El extraño aparato colocado en la intrincada maraña de cables de la pared había alimentado por unos segundos al sistema de grilletes, lo suficiente como para hacerlos abrirse de par en par quedando todos los demás prisioneros libres.

La mitad de los hombres corrieron hacia las paredes transparentes blindadas y tomaron lo que estuviera a la mano para aporrearla con furia. La otra mitad tomó todas las cajas de componentes ensamblados y las tiraron al suelo o las lanzaban hacia los soldados. Una de estas chácharas golpeó con tal fuerza el rostro de Cécile que le hizo una rajada profunda en el mentón.

— ¡Ahora!— gritó 480

El prisionero 687 sacó un extraño artefacto y lanzó a su rehén con fuerza hacia el suelo. Uno de los hombres de Lorccan apuntó con su pistola láser al prisionero, pero el número 480 lo miró amenazante.

— Ni te atrevas, mocoso imbécil. — el joven tragó en seco

El prisionero 687, con ayuda de otros dos más, volvió a ir tras el guardia que anteriormente habían tenido inmovilizado y colocaron el armatoste misterioso encima.

480 y otros reos instalaron piezas en forma de balines en las paredes, las únicas barreras que los separaban de su ansiada libertad.

Los guardias se lanzaron contra los reos y en la vorágine, varios hombres de la Federación entraron al combate. Ahora Cécile esquivaba golpes y armas de taller que le eran lanzadas a la cara. Planeaba llegar hasta los prisioneros 480 y 687, en el camino, se deshizo de varios prisioneros, no dudó en usar su arma de cargo contra ellos. Era ella o eran ellos y no estaba dispuesta a perecer en una isla, en una prisión habiendo sobrevivido a cruentas batallas en verdaderos campos de guerra.

Al llegar ante ellos, abrió los ojos como platos y se maldijo a sí misma, pues no había notado el temporizador en el aparato amarrado al cuello del guardia de Parabellum. Los explosivos eran los suficientes como para volar toda la pared del fondo. Los dos prisioneros lo movieron a empujones hasta quedar frente a la mesa de trabajo que quedaba justo al centro del taller y echaron a andar los grilletes electromagnéticos quitando el interruptor de la clavija.

— ¡Cúbranse!— gritó Cécile a un puñado de guardias, soldados y prisioneros enfrascados en una lucha encarnizada.

Walker, quien estaba afuera tratando de abrir las puertas pudo ver el extraño dispositivo en el cuello del guardia, captando los movimientos frenéticos de brazos de la capitán, dio la orden de retirada y todos los presentes a las afueras del recinto huyeron. Aldo Volpi, observó impotente la escena mientras era arrastrado por el pasillo por Charles Walker. Cuando salieron, el área fue cerrada por grandes y pesadas puertas de metal.

— ¡No se muevan, perros, no se atrevan!— El prisionero 687 apuntaba a los soldados y otros prisioneros que se resguardaron en una esquina. El y su compañero se alejaron rápidamente dejando al guardia de Parabellum sólo.  El pobre diablo lloraba pidiendo ayuda mientras el temporizador corría en cuenta regresiva.

En diez segundos, el guardia dejó de existir, su cuerpo estalló junto con la bomba principal, y de inmediato, como un acto reflejo, los balines estallaron en la pared. La explosión alcanzó a un soldado de la Federación y a Lorccan y después una marabunta de escombros los engulló. Los cristales de la venta a se expandieron y se curvaron en centésimas de segundos, luego estallaron en mil pedazos. Algunos trozos apuñalaron a prisioneros o a soldados.

Cécile Lorccan sintió el crujir de sus propios huesos, y su cabeza rebotó contra las lajas y escombros.  Todavía con los ojos cerrados y tosiendo polvo, movió su dolorida cabeza y sintió pánico cuando cayó en cuenta de que no podía oír absolutamente nada. Trató de levantarse pero sólo era capaz de mover su cabeza, parpadeó dos veces tratando de despejar su vista, y vio la parte inferior de su cuerpo atrapado entre varios trozos de pared de donde sobresalían metales retorcidos. No podía ver su brazo con claridad, pero su visión periférica le permitió distinguir el piso encharcado de sangre a su derecha y restos de afilados cristales cerca del charco. Cerró con fuerza sus ojos, los volvió a abrir justo para ver la estampida de presos empujándose, no importando si había heridos en el suelo, pasando por encima de ellos.

Los pisoteados parecían muñecos de trapo cubiertos de sangre y muy probablemente con sus entrañas reventadas. Alzó la vista y uno de los convictos le devolvió una mirada compasiva, no rompió el contacto visual hasta que salió de ahí al oír que le llamaban. Su número: 690.

“690”.

Fueron los últimos tres dígitos que Cécile vio antes de sumergirse en la total oscuridad, a la cual sus ojos tardaron en adecuarse. Dos cabezas de un dragón rojo bicéfalo peleaban entre sí y ella trató de levantarse, pero no podía hacerlo. Su cuerpo era demasiado pesado, era como si sus piernas fueran de metal, derritiéndose poco a poco para fusionarse con el suelo. Volvió a sentir lo que no había sentido desde que era pequeña, aquello que sentía al cruzar el pasillo hasta la habitación de sus padres en medio de la noche: El miedo, el terror, la sensación de que no se puede ni inhalar ni exhalar; esa sensación de que el corazón se va a detener en cualquier momento. Las cabezas del dragón dejaron de pelear entre sí, le miraron y al unísono, con voz ininteligible le dijeron: Todo estará bien, Capitán.