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Enthris: Capítulo XIII

Por: Kalashnikova el January 6, 2015
amor patriae entrhis 13

Ámor Patriae

Dentro unos pocos días más, la Federación daría por finalizada la inspección en Enthris. El protocolo designaba a los responsables de la misión, a hacer un reporte preliminar días antes de concluir la misión y al poco tiempo de haber regresado a los cuarteles, hacer uno a mayor detalle para poder ser procesado por la Federación. Si Cécile quería levantar una alerta por la sospecha de obstrucción y la opacidad de procedimientos por parte de Parabellum, el momento de hacerlo era ahora; aunque ahora con la cabeza fría, se debatía entre lo que consideraba su deber y aquella conversación con el Capitán Walker.

Los legionarios de Operaciones Especiales se encontraban reunidos en la sala de juntas de Domus I. Los cristales ahumados y esas fastidiosas luces fluorescentes le resultaban ahora tan familiares como las canciones que el trío de “lobos” solía cantar para aminorar la melancolía de una estancia en tierra de nadie.

El equipo dos, el suyo, estaba en la parte izquierda de la sala; mientras que el de Charles Walker ocupaba el ala derecha. Ambos capitanes estaban al centro de la pieza, separados por la gran mesa. Aldo Volpi, quien estaba sentado a la derecha de Lorccan, le miró y le hizo una señal con los dos pulgares hacia arriba.

Cécile desconocía la situación que hizo a superiores designar dos capitanes a cargo de la misión y al momento de ser notificada de esto, no le fue difícil darse cuenta que, durante su relativamente corta carrera militar, esta era la primer ocasión en que una operación contaba con dos responsables; uno encargándose del perímetro y otro como auditor e implacable inspector de los procedimientos en la prisión.  Sin embargo, de ambos era el deber de notificar cualquier detalle irregular durante su estancia en la isla y sólo uno de ellos parecía estar reticente a ésto.

Las luces se tornaron tenues, la pieza quedó a oscuras y en la pantalla negra colocada en la enorme pared del fondo, apareció gradualmente una barra de progreso en la que claramente podía leerse el tiempo de espera para contactar al cuartel general en la Federación.

Segundos después, en la pantalla, un hombre de aspecto duro y mirada desafiante les saludaba haciendo el saludo militar de la mano sobre el pecho y luego llevando esa mano hacia la visera del kepí.

Todos los legionarios, sin excepción, se pusieron de pie e hicieron el mismo saludo. Aquel hombre, que obviamente por sus condecoraciones en el uniforme, se trataba de un militar de alto rango, les dio la orden de descanso. Una vez sentados en su lugar, la junta dio inicio.

— Legionarios, como bien han de saber, esta llamada es parte del protocolo a seguir en casos como este, que prácticamente son auditorías federales. En general, creo que han hecho un gran trabajo, y estoy seguro que nuestra patria amada podrá tener la seguridad de confiar en los servicios de Parabellum

Charles Gideon Walker asintió, el hombre en la pantalla, el Coronel Fausto Robledo presionó un botón el tablero de su computador, en seguida la pantalla se dividió a la mitad.

— En esta tabla podemos ver, a grandes rasgos, los hallazgos de esta misión, proporcionados puntualmente por el Capitán Walker. Cada uno de los sectores que habían sido considerados críticos, antes de comenzar la misión, ahora parpadeaban en color verde con el letrero de “cubierto” al lado.

Aldo Volpi miró interrogante a Cécile, quien le devolvió la mirada, cabeceando para mostrar aprobación. La joven capitán cerró los ojos y respiró lentamente para aplacar su creciente furia. Aquella conversación sin palabras le confirmó a Aldo Volpi sus sospechas.

La tabla de evaluaciones en la pantalla obviaba detalles como los incidentes violentos y muertes de prisioneros, como era de esperarse tampoco figuraban los intentos de obstrucción de la directora de salud y el alcaide de la prisión. Según el reporte, todo parecía estar en orden, un reporte que debió haber firmado Cécile, pero que jamás pasó por sus manos, y directamente pasaron a las del coronel Robledo.

— Esta es la última que me hace… — murmuró Cécile, ganando la atención de Jenner.

Lorccan nunca pudo hacer la intervención que tenía planeada, sus palabras quedaron escaldándole la garganta, sintiendo el sabor de la amarga impotencia en la boca. Mientras Fausto Robledo destacaba cada una de las noticias positivas que aparecían en él, sus palabras se deformaban en un sonido ininteligible cuando llegaban a los oídos de la capitán Lorccan. No podía seguir escuchando la retahíla de áreas de la prisión aprobadas y certificadas por la Legión a sabiendas que el reporte había sido prácticamente cortado y vuelto a pegar. Las omisiones, eran consideradas igual de obscenas que las propias mentiras y las mentiras, como tal, esas puras y viles mentiras eran una de las más grandes ofensas en su código de honor personal.

— Pues bien, creo que la Federación estará satisfecha con esta misión. — cada una de sus condecoraciones en el uniforme del coronel resplandecían reflejando la luz de su lámpara de escritorio. Eran como pequeñas estrellas prendidas de su pecho.

— Gracias, coronel. Ha sido un gran honor — respondió Walker.

— Legionarios, nuestra patria está orgullosa de ustedes. ¡Honoris et Gloriae vel Mors! — dijo Robledo, haciendo el saludo militar de los Operaciones Especiales antes de terminar la comunicación con los equipos uno y dos.

Los dos capitanes dieron la orden de despejar la sala de juntas, al salir, Volpi y Jenner miraron a Lorccan, quien, con un gesto de la mano les indicó que necesitaba estar a solas con él capitán Walker.

— Vas a decir algo, ¿cierto? Tienes cara de que quieres decir algo— Charles se sentó sobre la mesa de juntas.

— Por supuesto que voy a decir algo, ¿Qué clase de omisión más grande fue esa? Tú sabes que ese reporte está incompleto. ¿Cómo puedes engañar así a la Federación, al coronel?

— Si mal no lo recuerdo, creo que te lo dije muy claro. No voy a dejar que acusaciones sin pruebas enturbien el objetivo de esta misión… — el capitán del equipo uno dejó su asiento y caminó hacia Cécile.

— El que está enturbiando la misión es Parabellum. En el reporte no vi nada acerca del incidente de la cuchara, ni de aquel prisionero lunático y mucho menos del cuerpo que encontraste. ¿Cómo que no hay ninguna prueba? Si tenemos un muerto congelado en el sótano. Esto es traición.

Walker, al escuchar aquellas palabras dichas en un tono agresivo y con algunos sonidos faltantes, propias del acento del pueblo de Cobrizonte, se molestó. Más por el acento que por las palabras en sí mismas.

— No sé cómo lo hagan de donde vengas, en ese pueblo lleno de traidores separatistas. Pero en nuestra Patria actuamos por el bien. — Erguido y con la barbilla hacia arriba miró a la capitán del segundo equipo — No voy a dejar que surja un posible escándalo federal por culpa de unas declaraciones irresponsables de alguien que viene de un pueblo sin Patria. Una vez más, te lo vuelvo a mencionar y lo haré hasta el cansancio.

El orgulloso capitán Walker invadió el espacio personal de su camarada esperando que ésta retrocediera, sin embargo, ella no lo hizo.

— ¡Un momento! ¡Nada tiene que ver mi pueblo en esto! Mi pueblo nunca ha sido traidor de nada, ha resistido incontables invasiones y eso cualquiera que haya ido a la escuela lo sabe. — respiró hondo. Walker sí que sabía cómo encender una hoguera de rabia. — No sé por qué te he dicho eso, pero ya que al parecer esto es personal sólo diré que la única mano dura que hace falta en la Federación es la de tu padre dándote los azotes en el culo que no te dio de niño.

Charles Walker perdió el control y tomó a Lorccan de su uniforme; los dedos de ella se cerraron fuertemente en el cuello del uniforme del capitán y lo miró a los ojos. Ambos estaban tan fuertemente sujetos por el otro, que si uno decidía derribar al otro, los dos caerían irremediablemente.

— Será mejor que nos calmemos, porque yo estoy lista para derribarte y propinarte una paliza que recordarás el resto de tu vida — Lorccan lo soltó, Walker hizo lo mismo.

— No pienses que me voy a disculpar. Te he ahorrado varios procesos y audiencias, deberías agradecerlo. Mantengo mi punto de vista — Charles, quien sacudió su uniforme, respiraba agitadamente y con los ojos claros centellando de ira en su roja cara, miró sorprendido las marcas de dedos en su brazo, parecían garras cerrándose, cual brazalete, sobre él.

— Y yo el mío, Walker. — Cécile trató de alisar las solapas de su uniforme y enderezar las condecoraciones.

El capitán del equipo uno fue el primero en abandonar la pieza, acto seguido Cécile se desplomó en una de las sillas que se encontraba a su espalda.

— Maldita sea… — Lorccan emitió un suspiro desesperanzado. Con la mirada perdida en el techo de la sala, sintió de pronto como el peso del mundo caía en sus hombros.  Ahora no sólo temía por la Federación, sino por su propio destino.

Detrás de las paredes de cristal, un par de ojos escrutadores contemplaban con complacencia la penosa escena de derrota. Ernest Eriksson, quien tenía la costumbre de tomarse exactamente quince minutos diarios a la misma hora para pasearse por el complejo Domus y caminar sin rumbo específico, se alejó sin ser notado. No volvería a dudar de la efectividad y lealtad de Nadia… al menos durante un largo tiempo.

Dos golpes fuertes en la puerta de su despacho hicieron a la Doctora Mijailovic apartar la vista del teclado de su computadora. Esa condenada puerta era, aparte de aquellas en las áreas de experimentación y de armamento, de las pocas que no se abría automáticamente. El visitante tenía que anunciar su presencia tocando un timbre al lado del lector de irises, a Nadia le irritaba hasta el punto rabiar, que golpearan con rudeza la puerta de su despacho.

— ¿No saben leer? — presionó un botón en su escritorio que quitó el cerrojo de la puerta, la cual se deslizó suavemente hacia el lado derecho.

Cruzando el umbral, el capitán Walker levantó su mano para saludarla, ella cerró su computadora portátil y esbozó su amplia y blanca sonrisa.

— Me alegra verlo capitán, pero, creo que el anuncio de la puerta está muy claro, hay un timbre al lado, ¿sabe?

Walker sonrió y sin más, sacó una silla para sentarse. Ante tal acto la joven médico no pudo hacer nada más que seguir con la sonrisa forzada plasmada en su rostro, le gustaban los uniformes, pero no las personas que entraban a su oficina como sin nada, creyéndose dueños de su espacio; a pesar de que era lo mismo que hacía ella en la oficina de Eriksson, sólo había un pequeñísimo detalle: Eriksson y ella eran amigos, o un poco más que amigos, se conocían desde hace muchos años.

— La reunión ha ido bastante bien, sin contratiempos. Así como empezó, así acabó — dijo directamente y sin rodeos, como prefería hacerlo siempre.

— ¿Ah sí?, vaya, pues es agradable saberlo. — olvidó la falta de tacto del militar para apreciar su franqueza.

— Así es, después de todo, usted me dijo que para la Federación sería más importante seguir la alianza con Parabellum y así, poder continuar con esa cosa de ciencia que tanto dice. Lo que es bueno para la Federación es bueno para todos. — el hombre se recargó en el respaldo de su asiento y relajándose, extendió las piernas. Nadia se encogió de hombros.

— Se lo agradezco, capitán. Usted sabe que podrá contar conmigo y con el alcaide Eriksson, sobre todo con el Alcaide, quien es un cercano allegado al CEO Covington. —

— ¡Genial! Sobre… —

— Yo le diré, sé que estará agradecido con usted y sabrá pagar su deuda

Charles Walker miró a la médico, ella balanceó una pluma digital entre sus dedos. No sabía si se encontraba de mal humor el día de hoy o en cambio, el capitán del equipo uno era especialmente insoportable.

— Oiga ¿Tiene libre alguno de estos días fuera de Enthris? Me gustaría saber más de…ya sabe, ciencia.

Nadia apartó sus gafas y pinchó el puente de su nariz, el capitán Walker le parecía agradable…claro, hablando desde el punto de vista estético, pero había algo en él que simplemente no toleraba. Probablemente ese exceso de confianza que exudaba, esa desfachatez con la cual llamaba “esas cosas de ciencia” al trabajo intelectual por el cual estaba dispuesta a jugarse el pellejo. No había nadie en su vida con ese tipo de molesta personalidad, la cual consideraba una grave falta de profesionalidad. Simplemente era un impresentable.

Al menos la capitán Lorccan, aunque protocolista, áspera y con su perpetua expresión de fastidio no tenía la misma actitud despreciable en su trato.

— Tal vez, tal vez no. Ya veremos — respondió cortantemente y la sonrisa de Walker se esfumó de su cara.

Nadia reconsideró su gusto por los uniformes.