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Enthris. Capítulo XII

Por: Kalashnikova el October 18, 2014
Entrhis Capítulo 12 fiat justitia

Fiat justitia

Encorvado sobre un escritorio hecho de una sola pieza de madera se encontraba Ernest Eriksson, con los ojos pegados al monitor, golpeteaba con sus dedos el teclado de su computadora. A su mano izquierda se encontraban algunos libros, que por su tamaño, cualquiera diría que serían peligrosos si cayeran sobre la cabeza de alguien. A la derecha de éstos, estaba un gran tarro de café, cuyo vapor se elevaba hasta perderse en la habitación. Eriksson dejó el teclado en paz, se recargó en su sillón de cuero negro y quitándose sus anteojos emitió un suspiro de hastío.

Un timbre melodioso salió de los parlantes del portátil. Eriksson volvió a colocarse sus anteojos y entró a su bandeja de correo electrónico. Volvió a leer el mensaje una y otra vez, hasta que se convenció a sí mismo, de que aquello no era una broma por parte de algún empleado tan ambicioso como él.

“Vaya, ya venía siendo hora de recibir esta clase de noticias, de las buenas.”

En realidad, un mensaje así era lo que estaba esperando, directamente desde las oficinas de uno de los colegas de su padre, allegado al Presidente de la corporación Parabellum. Una de las razones por las que Eriksson trabajaba incansablemente al lado de la doctora Nadia Mijailovic en nuevas terapias y procesos para tratar a los prisioneros peligrosos de Enthris, era justamente, para que sus esfuerzos fueran reconocidos y, por supuesto, recompensados.

Enthris, para él, era sólo un escalón más que debía subir para llegar hasta la cima y conquistar su meta de trabajar en la compañía matriz, no estaba dispuesto a conformarse con ser la autoridad de seguridad en Enthris. Si entrando de lleno a la campaña política del señor Covington, fundador de Parabellum Security, le acercaba más a un puesto de directivo y a su meta, seguro se arriesgaría a participar en ella. Sólo esperaba que el caso del cadáver de uno de los guardias en el bosque, no trascendiera las fronteras de la prisión…contaba con Nadia para ello. Esa mujer, para la cual únicamente tenía palabras de admiración, pues, tenían en común la personalidad ambiciosa y esa tenacidad que les hacía pasar la noche en vela reescribiendo hipótesis y recreando experimentos.

Tocó el botón que decía “responder”, se puso sus gafas y empezó a escribir una respuesta lo suficientemente entusiasta, cuidando de no parecer desesperado. Tuvo que presionar varias veces la tecla de “borrar” y rehacer su mensaje otras tantas. Finalmente,satisfecho, pulsó el botón de enviar y vio su mensaje desaparecer del monitor.

“Maldición, todo este asunto…está siendo el desafío definitivo para mí” se quitó las gafas de nuevo y talló sus ojos cerrados con las manos. Las puertas de su oficina se deslizaron, apoyada en el marco estaba Nadia. En un acto reflejo Ernest cerró rápidamente el portátil y se levantó de su asiento, cosa que no pasó desapercibido para la perspicaz doctora Mijailovic.

— Hola Ernest ¿Qué tal va todo? — preguntó con una sonrisa en su cara que mostraba atisbos de picardía.

— Podría decir que todo va viento en popa, pero te estaría mintiendo y tú lo sabrías.

— Tienes razón, además, no tiene caso pensar que no voy a detectar mentiras — la doctora tomó asiento, sin que Ernest se lo ofreciera

— He estado pensando

— En lo de…

— Así es, es algo con lo que no contaba. Es decir, pensé que ya estaba todo solucionado, que ya habíamos resuelto ese problema cuando nuestro equipo peinó toda la zona hace medio año. — un consternado Ernest aflojó el nudo de su sedosa corbata.

— Exactamente, nuestro equipo no encontró nada aquella vez y tú sabes que en Parabellum tenemos la más avanzada tecnología de rastreo, prototipos que la Federación ni siquiera tiene. — la pelirroja apoyó sus brazos en el escritorio del doctor Eriksson y su mirada entró en contacto con la de él. Ernest sintió una corriente eléctrica recorriéndole la espalda.

— Nadia, escucha, si queremos ser tomados en cuenta, si no queremos ser humillados frente a Covington, como todos los demás…— se detuvo para pensar unos segundos y soltó el resto de su frase como aguantando la respiración — tendremos que controlar esto, que la información no salga de la isla.

— Si, ajá, ¿y cómo vamos a lograr eso? — la voz de la doctora tomó un tono sarcástico que tanto gustaba a Eriksson como le crispaba los nervios.

— No lo sé, Nadia, pero no podría tolerar que todo el tiempo que hemos invertido en nuestros experimentos tecnológicos se vaya al infierno por culpa de un incidente cualquiera. — el joven alcaide se echó paratrás tratando de ponerse cómodo en el sillón de cuero — ¿Cuántas posibilidades hay? pudo haber sido un ataque por animales, que sé yo. Si la Federación llega a meter sus narices más de lo debido…

— Parece que ya hemos tenido esta conversación antes, Ernest — suspiró ella, cuando la voz de Ernest, normalmente del tono de un barítono, se tornaba exasperada, le ponía molesta, porque se convertía en un chirrido que parecía una queja inagotable, como un violín tocado por el peor violinista del universo — El capitán Walker está de nuestro lado, él no quiere ningún problema con Parabellum ni con el señor Covington. No es nada tonto, digamos que sabe cómo jugar el juego. Pero…

— ¿Pero? — Ernest sacó una llave del bolsillo de su camisa y abrió uno de los cajones de su escritorio. Con un sonido sordo, una botella de whisky fue posada en el escritorio de robusta madera.

Nadia, sonriendo de medio lado, rodó los ojos y apartó un mechón de cabello rojo de su rostro, le desagradaba de sobremanera retomar temas de los que ya antes habían hablado. La doctora Mijailovic tomó la botella de whisky, se sirvió un trago y tomó el vaso entre sus dedos.

— Nos hemos equivocado varias veces y hemos enmendado cada uno de estos errores, pero eso no quiere decir que hayan desaparecido, no podemos encubrirlos para siempre. Si la Federación quisiera, podría indagar en cada uno de nuestros archivos y hacer una auditoría. El resultado de nuestros experimentos sería nuestra póliza de seguros, pero tenemos que tener conclusiones favorables y para eso necesitamos tiempo.

Eriksson suspiró, la incertidumbre se dejaba entrever en las palabras de Mijailovic. Él volvió a servirse otro trago y golpeó el escritorio con su vaso whiskero.

— Escucha, todos esos legionarios tienen un precio. Literalmente tienen un precio, y se lo debemos a Covington precisamente.

— Estás sugiriendo… — interrumpió ella, completando la frase en su cabeza.

— No me digas que te estás acobardando…sabes perfectamente que con que sólo uno de los capitanes se abstenga de indagar más, no basta— él se cruzó de brazos y volvió a aflojar su corbata. “Es un tic” pensó ella.

— No, pero ese plan tiene más fallas que virtudes, en primer lugar, porque la capitán del equipo dos es totalmente leal a la Federación — Nadia dejó su vaso en el escritorio de Ernest y se levantó del asiento

— Esos soldados… a veces los compadezco, pero luego recuerdo que son unos títeres simplones. Pues bien, encárgate de los soldados, y yo me encargo del papeleo — Eriksson ajustó su corbata por enésima ocasión.

— De acuerdo, pero yo no te puedo prometer nada, soy mejor que tú con las palabras, pero mucho depende de los oídos del otro. Solo hago esto porque, a diferencia tuya, a mí sí me gustan los uniformes. — La última frase fue seguida de una risa con resonancia gutural.  Esa arrogancia nunca le había terminado de agradar a Eriksson, sin embargo ¿quién era él para considerar arrogante a otra persona si la arrogancia era una característica de su propia personalidad?

— Ah, y sé que tu más grande deseo es llamar la atención de Covington — aseveró Mijailovic — pero espero que no sea necesario recordarte con insistencia cuán importante es que estemos enfocados en una cosa: nuestro trabajo, nuestro proyecto.

Nadia dio media vuelta y antes de salir de la habitación volvió la cabeza y sonrió de medio lado. Ernest Eriksson suspiró: era imposible tratar de ocultarle alguna clase de información a esa mujer.

Cécile releía con cuidado cada una de las líneas que había escrito en su bitácora personal, volvió a enrollar el artefacto de escritura y lo metió dentro del cajón en la mesita de noche. Cerrando los ojos y sobando sus sienes, bufó como un animal furioso. Cada que le daba un vistazo a sus notas era lo mismo, le dejaban un sentimiento de impotencia y enojo.

Un día todo parecía normal en esa isla, al otro se enteran de un incidente que culmina en asesinato, otro día parece rutinario, pero al contiguo se encuentran a un muerto… y el espectro manipulador de la duda se asomaba en su mente para desordenar todos y cada uno de sus pensamientos.

“¿Valdrá la pena acusar a Parabellum de obstrucción?” meditó, “¿Estaré actuando sin pensarme bien las cosas?” “¿Qué hará la Federación con el guardia que encontraron al lado del muerto?”

— Cobarde…— murmuró para sí misma, sobre ella misma. De golpe, como un látigo, se levantó de su silla y salió de su habitación, faltaban cinco minutos para la última inspección de pabellones y su propio código no le permitía el retardo.

Con sus pasos largos y rápidos cruzaba la puerta de Domus II cuando de repente la vio. La persona que estaba siendo como un cardo en la planta del pie, aquella que tenía la manía de mirar por encima del hombro los soldados de la Federación y a los guardias de Enthris. Lorccan no quería tener ninguna clase de problema y trató de pasar inadvertida, sin embargo y para su desgracia, la mujer avanzó hacia ella con la cadencia de un felino en cuanto advirtió su presencia.

— Capitán, ¿podría intercambiar algunas palabras con usted? — la voz de Nadia Mijailovic, una voz de timbre medio y cálido, aunque pausada como si le faltara de aliento, atravesó la tensa atmósfera cual certera daga.

Cécile no pudo esconder su desagrado hacia la doctora, frunciendo el ceño sólo asintió con la cabeza sin decir palabra alguna. Nadia entonces le puso una de sus manos sobre el hombro, y la legionaria carraspeó ante la transgresión del espacio personal al tiempo que observaba, en la mano de la otra mujer, un anillo con una piedra tornasolada tan grande como la desfachatez de la joven médico.

— Acompáñeme por favor a una de las oficinas multiusos de Domus II  — Nadia se alejó unos pasos dirigiéndose hacia el edificio. Cécile iba detrás de ella.

Ambas entraron a una habitación al fondo del primer nivel. La oficina multiusos, espaciosa y cómoda estaba provista de un escritorio, varias sillas y otros artículos propios de un lugar de trabajo, ciento por ciento corporativo y sin alguna señal de calidez. Nadia tomó asiento en una enorme y acolchada silla de cuero.

— Siéntese, por favor

— Preferiría no hacerlo, no planeo estar mucho tiempo en esta habitación, son las 22:00 horas, ya es hora de la inspección nocturna.

— Capitán, estoy segura de que tiene un gran equipo a su mando y que está lo suficientemente instruido como para llevar a cabo esas importantes tareas sin tener a su líder a cargo… ¿o me equivoco?  — sonrió la médico, apoyando su rostro entre sus manos.

Cécile sonrió de vuelta, una sonrisa forzada que no pasó inadvertida por la otra mujer.

— ¿Qué ocurre, doctora? ¿qué es tan importante como para interrumpir la inspección? ¿algo nuevo sobre el caso del guardia muerto?  — de pie, frente al escritorio observó expectante a Mijailovic en busca de una respuesta

— No precisamente, Capitán… ¿Cuál es su nombre de pila?

— Capitán está bien. Capitán Lorccan

— De acuerdo Capitán Lorccan, muy bien. Quisiera ser muy breve, para que así pueda reasumir su puesto en la inspección, usted sabe que Parabellum es el proveedor número uno de tecnología bélica de este país, ¿cierto?

— Es correcto

— Entonces también sabe que este centro penitenciario ha sido creado para la correcta rehabilitación y aislamiento de delincuentes. Parabellum cuenta con la tecnología y la investigación del comportamiento humano más avanzados. ¿Sabía usted eso?

— No, pero puedo imaginarlo. — aclaró su garganta. El tono en que la doctora Mijailovic se dirigía a ella le remontó a su infancia, cuando se metía en problemas y la profesora tenía que hablar cinco minutos con ella para hacerle entender que estarse quieta y en su lugar era la correcta forma de comportarse dentro del aula.

— Puede imaginarlo… ¿y también puede imaginar cuánto cuesta desarrollar una estrategia así? y no hablo de costo monetario, sino en horas de trabajo humano. ¿no es mejor dejar que el progreso siga su curso?

— Quizá… — respondió parcamente.

— Si, quizá. ¿Sabe qué pasaría si por un malentendido La Federación cierra este lugar? no habría rehabilitación de presos. Todas nuestras horas de trabajo se irían a la basura. ¿O no?

— Por un malentendido, eso sí que sería una tragedia, claro…  — parpadeó, un movimiento rápido, pero que no fue pasado por alto por Nadia.

Ambas evitaron emitir palabra o ruido alguno durante un corto tiempo. Un par de ojos verdes y glaciales se fijaron, inquisidores, en una mirada oscura como el color de la tierra mojada. Entraron pues, en un duelo silencioso donde no habría ganadores, porque ninguna de las dos estaría dispuesta a ceder.

— Capitán, escuche por favor — la voz de la doctora Mijailovic aún era calma, sin embargo había estrés al final de sus frases, su voz se tornaba falta de aliento — Sé que no somos de su agrado, quizá porque nuestra eficiencia es mayor a la de la Federación en mantener a los criminales alejados de la gente de bien; pero capitán, la sociedad nos necesita a nosotros, los que tenemos la tecnología tanto como los necesita a ustedes, nuestros héroes.

Perpleja, Cécile parpadeó un par de segundos, Nadia se inclinó sobre su escritorio mientras le miraba con la intensidad que imprimía en su discurso.

— Así que Capitán, por el bien de todos, de los trabajadores de Parabellum y de nuestros dedicados especialistas tecnológicos y científicos, déjenos continuar, arreglemos esto de manera discreta

— Arreglar de manera discreta, ¿qué quiere decir con eso, doctora?— La capitán elevó el tono de su voz. Con firmeza colocó una de sus manos en la orilla del escritorio.

— Déjeme preguntarle algo antes de responder a su pregunta. ¿Para que se unió al ejército? ¿buscaba emociones?

— No creo que esa pregunta tenga algo que ver con las cosas que han sucedido en esta prisión, doctora. Con todo respeto. —

El acento de su pueblo de origen se hizo presente, ese tono del que los habitantes de la gran capital, gustan burlarse calificándolo de cacofónico y primitivo, un acento que fusionaba sonidos y desaparecía otros.

Cécile no apartaba la mirada de los ojos de Nadia, ella se removió incómoda en el sillón.

— ¿Cómo ha sido su estancia en Enthris?

— ¿Es esto la encuesta de calidad de Parabellum Corp?

— Escuche — sonrió la doctora — estoy plenamente consciente de que cada una de esas medallas en su camisa no son una broma, le han costado, seguramente ha pagado un precio muy alto por ellas. Casi con seguridad puedo afirmar que ha hecho un esfuerzo sobrehumano y ha derramado su propia sangre en el campo de batalla.  — Capitán, como le dije anteriormente, tenemos la mejor inteligencia y tecnología de Federación entera…

Cécile frunció el ceño y ladeó la cabeza, como cachorro confundido, la doctora entrecerró los ojos y le observó. “¿Hacia dónde iba todo esto?”, pensó. Decidió dejar de protestar y en su lugar, escuchar a la doctora Mijailovic con atención.

— Necesitamos gente como usted. Gente temeraria, que no se deja vencer. Parabellum está en busca de talento, siempre. Es por eso que estoy en este proyecto, porque creo en él. Como dice nuestro slogan “no hay nada imposible para la humanidad”.

— ¿Se refiere a Enthris?

—Déjenos seguir, por el bien de la Federación, denos su apoyo. Tal vez a usted le parezca mejor unir fuerzas con nosotros y esto puede ser una gran oportunidad. Sólo bastaría una llamada de nuestro alcaide, Ernest Eriksson, quien conoce al Vicepresidente Weber. Podría ser capitán, en Parabellum, en Enthris. En un puesto correspondencia a su rango. Imagine un par de estrellas más prendidas de su chaqueta de gala.

Cécile sonrió y al ver esto, Nadia hizo lo mismo. Unos segundos después, la capitán Lorccan estallaba en carcajadas hasta las lágrimas ante la mirada desconcertada de Mijailovic. La joven militar se limpió las lágrimas con las manos enguantadas y entrecerrando los ojos miró a su interlocutora, las mejillas de la susodicha pálidas como porcelana, se tornaron del color de su cabellera a causa de la furia contenida.

— Escuche… si usted piensa que soy de esa casta de militares a los que puede comprar con promesas de un techo, una cama afelpada y un cofrecito lleno de dinero, está usted completamente equivocada  — las palabra salían de su boca como disparadas por un arma automática. Su acento ahora casi inteligible dejó a Mijailovic mas confundida que antes. Con voz más clara, Lorccan continuó — Yo busco el bien de la Federación, doctora Mijailovic; proteger a todos los ciudadanos, ese es mi deber. Lo que me pueda ofrecer no significa nada para mí, estoy preparada para morir por la Federación, quizá esté más que acostumbrada a comprar a otros, pero no a mí.

La joven capitán salió de la habitación; Nadia, por su parte, golpeaba el escritorio con la yema de los dedos. Ernest Eriksson no iba a estar muy contento… si se enteraba. Cécile Lorccan se dirigió hacia el pabellón que le tocaba recorrer.

Veinte minutos, había perdido veinte minutos escuchando todo un comercial de Parabellum Corp a cargo de su directora de salud. Una bola de fuego se gestaba en el estómago de Cécile y subió poco a poco por su esófago quedándose atorada ahí.

“Al diablo con Parabellum”

— ¡Jenner! ¡Volpi!  — Llamó a sus dos inseparables compañeros por la radio al momento de llegar al área central de la prisión— ¡En el monumento del dragón de dos cabezas! ¡a las 2330 horas!

—Enterado, capitán— contestó Volpi

—Afirmativo— secundó Jenner.

La legionaria atravesó el camino al pabellón cuatro para dar el último tirón del día aunque después de que los soldados subordinados hubiesen hecho el suyo, no había mucho que hacer al recorrer el pabellón. Ser capitán implicaba tener que ser la primera en llegar y la última en irse, o al menos eso era lo que la Legión decía esperar de sus oficiales de mayor rango al momento de hacer vigilancia y rondines de inspección.

De pie, frente a la estatua del dragón bicéfalo estaban León Jenner y Aldo Volpi. Como hombres de confianza de la Capitán Cécile Lorccan ya imaginaban que ella tenía algo relevante que informarles. En muy raras ocasiones su superior y colega les hacía pausar la rutina para tratar algún tema referente a una operación, y aún más, sin revelarlo al resto del escuadrón. Volpi sacó un cigarrillo de uno de sus bolsillos, se lo llevó a la boca y lo encendió.

El clima parecía más cruento que de costumbre, cuando el sol se ocultaba y la luna reinaba en el manto nocturno, la temperatura en la Isla Enthris bajaba varios grados y la fuerza del viento hacía a la vegetación bambolearse de un lado a otro.

— ¿No extrañas aquellos viejos días donde todo lo que teníamos que hacer en una misión era meterle una bala o un disparo láser en medio de las cejas a un fulano? — preguntó echando una fumarola con una sonrisa de satisfacción, desde hace dos días que no se fumaba un cigarrillo, no había tenido tiempo.

— Al menos no había tanto misterio y sabías cuando se iba a terminar todo el embrollo: o cuando terminaría tu servicio, o que te irías a tu casa cuando te metieran un disparo en alguna parte del cuerpo — rió Jenner

— Hombre, que buenos tiempos, recién entrados en el ejército, abandonados en un país que no conocíamos, durmiendo en cuevas.

— Sí, lo que sea con tal de salir del pueblucho donde vivía, el pueblucho que está a dos pasos del de Cécé. Donde sólo hay polvo y fierro viejo…— Jenner, estiró los brazos hacia arriba, sus articulaciones crujieron. Al hacerlo, parecía aún más alto de lo que ya era — Pero no le digas que dije eso, ella le tiene un cariño enorme al terruño. Ah, esa Cécile, nadie como ella para dar un susto al enemigo.  —

— Sí, yo los encontraba con mis binoculares y de repente… ¡pum! ¡muerto!, ¡pum! ¡tú también! Y tú, el que está meando en los arbustos ¡pum!, ¡muerto! — con una enorme sonrisa estampada en la cara, Volpi hizo el ademán de disparar un arma.

Caminando hacia ellos llegó Lorccan, los dos hombres hicieron de inmediato el saludo militar del puño sobre el corazón y luego ceremoniosamente llevaron su mano hacia la sien, dejando dos dedos, el índice y corazón, extendidos.

— Dejen esas poses para alguien a quien le gusten los besaculos — sonrió, sus camaradas rieron y tomaron una posición de descanso — quiero decirles algo

— ¿Si, qué?, ¿vas a dejarle la misión a Charlie Walker para irte de vacaciones?  — dijo riendo Aldo, pero su semblante volvió a la de seriedad absoluta cuando notó que Lorccan no reía como siempre lo hacía con sus bromas.

Jenner tomó asiento en el pedestal del monumento, a medio metro de las garras de aquel dragón de mármol. Aldo hizo lo mismo.

Se quedaron unos cuantos minutos en silencio hasta que Cécile los miró a ambos, con la mirada intensa de aquél que está decidido a saltar hacia lo desconocido, donde sólo le puede esperar una de dos cosas: la gloria o la muerte.

— He hecho algo que quizá sea jodidamente estúpido, tal vez las consecuencias sean realmente nefastas, al menos para mí.

Volpi y Jenner se miraron entre sí y luego la observaron.

— Al grano, tú siempre vas al grano, ¿qué cosa pasa? — preguntó Volpi, sus ojos abiertos, hasta donde su pequeño tamaño le permitía portar una expresión de extremo asombro.

— Me he rehusado a seguir el juego de Parabellum, he rechazado una… oferta — León y Aldo le miraban con el ceño fruncido, sin duda, el significado de la palabra “oferta” tenía otro en la mente de ambos, algo tan falto de dignidad para Lorccan que el uso del eufemismo había sido necesario. — Cuando todo esto empiece, y me refiero a las investigaciones sobre Parabellum y la auditoría. Seguramente ellos no serán los únicos afectados… — respiró hondo antes de continuar — posiblemente la mierda llegue a salpicarlos a ustedes. Trataré de evitar que eso pase… pero si no puedo, si no puedo mantener todo a raya…

— Alto ahí. Tienes mi palabra, tienes mi lealtad. — Jenner se levantó de su asiento — Somos un equipo, hemos estado cuidándonos las espaldas allá afuera en el campo de batalla, hemos sobrevivido los tres. Tienes la palabra de León Jenner.

— Sí, Aldo Volpi pone su honor en esto.

— Bien… pues se han echado los dados.

Podía ignorar el dolor de un disparo, podía hacer oídos sordos al sonido de las detonaciones y a las súplicas de piedad que le hacían los soldados enemigos, pero no podía ignorar las palpitaciones de su propio corazón, y el sudor frío en su rostro. No era el tipo de temor al que estaba acostumbrada, no lo era, porque ahora se sentía como aquel soldado del monumento a sus espaldas: enfrentando a un dragón bicéfalo dispuesto a hacerla trizas.