Kalashnikova» Relatostitle_li=Series » Enthris. Capítulo XI

Enthris. Capítulo XI

Por: Kalashnikova el September 13, 2014
capitulo 11

Ira furor brevis est.

Obtener la autorización de Nadia Mijailovic para acceder a la morgue y ver el cadáver encontrado por el equipo uno fue toda una proeza digna de perpetuarse como leyenda. Y eso solo había sido la mitad del trabajo, Cécile tuvo también que pedir un permiso especial al alcaide de la prisión. Fue un proceso largo y extenuante que llevó la mitad del día. Aún así, aunque bastaba con la presencia de Cécile en la morgue, Mijailovic requirió insistentemente la presencia del Capitán Walker.

Las paredes del laboratorio y el área donde las autopsias eran llevadas a cabo reflejaban la luz blanca del techo, un fuerte olor  a alcohol y antiséptico impregnaba el ambiente. Lorccan nunca antes había entrado a un lugar así. A pesar de que la muerte era una constante que rondaba su vida desde que había salido al combate, ver su brutalidad en directo y ver la siguiente fase, en una plancha de autopsias, eran dos cosas muy distintas.

—   Por favor, ¿Serían tan amables de colocarse la ropa desechable que se encuentra en los casilleros del laboratorio? Ah, y no olviden los guantes junto con los cubrebocas, oficiales — La doctora, preparada ya con dicho atuendo, les informó con diplomática cortesía.

Los dos capitanes acataron las reglas de la morgue rápidamente. Walker se ajustaba el cubrebocas y rió cuando observó a su compañera pelear contra la ropa de plástico. Nadia, quien estaba ya a un lado del refrigerador junto con otro doctor, les hizo una señal. Walker fue el primero en entrar, seguido por Lorccan.

El doctor que los acompañaba en la morgue sacó uno de los cajones del refrigerador, de una manera que a Cécile le pareció fría y sin emoción, como si abriera un refrigerador de su casa. Evidentemente, para el médico era un procedimiento de rutina, tal como para ella era desarmar y volver a armar una pistola.

El cuerpo en aquella fría plancha metálica estaba lívido, en la parte lateral del cuello  tenía unas marcas circulares purpúreas, desprovistas de piel con orillas dentadas. La garganta había sido cercenada rozando el hueso, posiblemente para desangrarlo, al menos eso agregó el forense. Pero lo que más llamó la atención de Cécile,  además de la evidente falta de la mitad del cuerpo, fue que los bordes de la cintura estaban cortados irregularmente, parecían serrados. En algunas partes del torso, la piel se le desprendía y ni hablar de los músculos, pues en algunas zonas eran casi inexistentes. Posiblemente algunos animales que merodeaban los alrededores de la isla buscando alimento, habían dejado los huesos limpios…

En el brazo izquierdo había un área violácea con algunas venas ensanchadas que lucían aún más protuberantes en la piel casi traslúcida del hombre. Justo en el centro había una punción. Cécile notó como el Forense, quien utilizaba un tono morbosamente animado explicaciones, y la estoica Mijailovic, pasaron por alto en su reporte la diminuta mancha púrpura que parecía un pequeño cráter infestado de líquido amarillento. Walker no hizo pregunta alguna y Cécile Lorccan decidió pasar de hacerlas pues ya sabía cómo se las gastaba la doctora Mijailovic , y si había descubierto algo, lo seguiría ocultando.

Durante toda la explicación, el color se esfumó del rostro de Charles Walker. Él, como Cécile,  también estaba acostumbrado a ver la guadaña de la muerte arremeter contra colegas y enemigos, pero si en alguna otra ocasión había entrado a una morgue, había sido por equivocación y no para ver un lívido cadáver a pocos centímetros de su rostro. El punzante olor a químicos entraba por sus fosas nasales mareándolo. Nadia Mijailovic y el médico forense prosiguieron a explicar, de manera detallada, los posibles últimos instantes de la vida del que alguna vez fuera parte de los guardias de Parabellum.

El forense regresó el cadáver al refrigerador empujando el cajón con tanta fuerza, que el sonido sonido hizo estremecer a la doctora Mijailovic. Lorccan salió de la morgue. Buscando desesperadamente el aire fresco, dejaba sus pulmones llenarse a su máxima capacidad para luego exhalar profusamente; Walker, pasó a su lado visiblemente perturbado, su rostro seguía pálido, pero prefería mil veces salir pitando por la puerta corrediza del laboratorio antes que voltear a ver a Cécile y que ella supiera que, a pesar de su experiencia, nunca había visto un cadáver expuesto tanto tiempo delante suyo.

Eran las mil seiscientas y tocaba inspección al patio de ejercicios, pero antes, tenía que hacer algunas anotaciones en su bitácora. Estaba conscient de que no tenía más que a sus compañeros de escuadrón apoyándole y no podía considerar al capitán Charles Walker como un camarada, sino como una obstrucción.

“Al demonio con ese, esto no debe influir en esta misión. Cuando descubra que hay detrás de esto, la Federación caerá como puño de hierro sobre estos cabrones”  pensaba camino a Domus II.

— ¡Cé! — los demás soldados voltearon a ver a Jenner, quien estaba saludando a la capitán Lorccan desde lo lejos.

La mujer acudió hacia el soldado León Jenner. Le miró con solemnidad y asintió con la cabeza.

— Es decir…¡Capitán! Ejem, solicito permiso para hablar

— Acompáñame — le respondió ella y continuaron su camino hacia Domus II.

Para ambos era molesto tener que dirigirse el uno al otro como Capitán y Soldado, habían sido amigos durante mucho tiempo desde que se conocieron como cadetes, después como soldados del ejército de la Federación. Allí continuaron juntos Jenner, Volpi y ella en la Legión de Operaciones Especiales. Pese a ello, como Operaciones Especiales se tomaba en serio el protocolo y la disciplina, en teoría Volpi y Jenner ya no debían ser amigos de Lorccan, sino fieles subordinados… en teoría.

— Debo actualizar mi bitácora

— ¿Información interesante? — Jenner se acomodó la boina mientras apuraba el paso para alcanzar a Cécile.

— Aparentemente no ha habido solamente un asesinato por aquí, acaban de matar a otro hombre, pero esta vez es un guardia y el sospechoso es otro de ellos. El cuerpo ya está en la morgue, no lo han preparado aún, sólo ha sido un examen rápido. — explicó ella

— Demonios… ¡yo ya no entiendo nada! ¿Qué aquí todos están locos?

— ¡Ja!, no lo descartaría. Evité hacer alguna pregunta al forense y a Nadia Mijailovic. No tiene sentido, no me dirán nada para no comprometerse. — lo miró a los ojos con determinación, su amigo asintió —¿Pero sabes qué? Si es necesario, yo misma voy a llevarlos ante la Federación.

— Vaya, vaya, esa va a ser una tarea difícil. Son huesos duros de roer.

—  También yo lo soy, amigo, también yo.

Ya en Domus II, ella entró a su habitación mientras que Jenner se quedó afuera. Cécile volvió a abrir la puerta y lo invitó a pasar. Al ver el cómodo tamaño de la pieza, León Jenner dejó escapar un silbido de asombro.

Una habitación privada, él tenía que compartir habitación con el impertinente Volpi,  carraspeó y bromeó con su colega sobre al enorme tamaño y el lujo de la pieza, Cécile sólo se encogió de hombros.  Cualquier cosa que no fuera una barraca o una tienda de campaña en el desierto era apreciada por León, aunque fuera una habitación compartida. Comparada con anteriores experiencias, era una suite de lujo.

— ¿Y? ¿Cómo fue la experiencia de la morgue? ¿Qué te dijo el muerto? — León tomó asiento en una silla del escritorio al lado de la cama.

Ella redactaba en su bitácora mientras Jenner, quien se encontraba ahora muy animado y de buen humor, tomaba entre sus manos los juguetitos que Parabellum Corp. le había puesto en la repisa de su habitación. La pluma óptica se movía ágil y rápidamente, sin siquiera despegarse del papel digital. El juguete que Jenner había tomado, resbaló de sus manos haciendo un sonido tintineante cuando tocó el suelo, ella perdió la concentración y lo miró.

—  Vi un tipo partido a la mitad en medio de una mesa de metal, mientras dos médicos señalaban cada una de sus heridas y nos explicaban algunos detalles…— Jenner hizo una mueca de disgusto y ella prosiguió — el doctor de la morgue…el forense, era un tipo extraño, sonaba demasiado emocionado con tener un muerto ahí tirado. Mijailovic estaba como siempre, sólo supervisando con su cara de aburrimiento y sus aires de noble.

—  Pongámoslo así, lo único tolerable en ella es su buena… ejem… presencia — rió Jenner, y Cécile rodó los ojos, aunque muy en el fondo le daba la razón a su amigo —Un momento, ¿dices que el muerto está a la mitad? —  su incredulidad fue disipada por el movimiento de cabeza que hizo su amiga para corroborar la información —  vaya, solo algo con mucha fuerza podría haber hecho eso, es decir, un accidente con máquinas o un animal muy grande.

—  Pues eso, tenía también varias heridas en el torso y en algunas partes le faltaban trozos grandes de carne. —  cerró los ojos con fuerza al recordar la expresión congelada en el tiempo del pobre diablo de la morgue, un grito eterno.

—  ¿animales salvajes?

—  Podría ser. Además, el forense dijo que, con seguridad, cuando el guardia fue partido a la mitad todavía se encontraba vivo. — Al tiempo que ella narraba, su colega se llevaba las manos al vientre, como sintiendo lo que aquel hombre cuando, lo que sea que hubiese sido, lo partió a la mitad como a un mondadientes y eviscerado como cerdo en matadero.

— ¿y es todo?

—¿te parece poco el sufrimiento del pobre diablo?

—No, digo, pregunto si eso es todo lo que concluyeron sobre el muerto.—León aclaró su pregunta.

— Así es… pero…

Jenner miró la expresión de su capitán. La misma expresión que tenía siempre que recordaba algo o se concentraba demasiado, frunciendo el entrecejo y tocándose el mentón con el pulgar.

— Creo que vi algo. Justo aquí, literalmente un hoyo amoratado y con venas saltonas que salían de él, parecía lleno de líquido. Repugnante — la capitán Lorccan señaló el interior de su propio brazo.  — Convenientemente, el forense salido ese y la directora del departamento de salud de Enthris, no lo habían mencionado.

— Un momento… ¿Cómo era el cadáver? ¿joven? ¿viejo?

— Joven, era joven, su cara era redonda, cejas pobladas, ojos verdes abiertos para siempre, mirándote de regreso. Dos dientes de oro, de los de enfrente. Por lo demás, era un tipo normal. ¿por qué?  — Cécile parpadeó

Jenner abrió los ojos como platos, abrió la boca para decir algo pero no emitió sonido alguno. Cécile también se quedó en silencio.

—Tengo una corazonada, pero…puede que uno de los guardias no haya regresado a su puesto la noche anterior. Tenemos que buscar al otro guardia, al que lo encontró, tal vez sepa algo — Sentenció, por fin .

A las mil ochocientas horas, un ruido de botas sobre el piso del pabellón tres se escuchó mientras los guardias y celadores veían a la capitán Lorccan y al soldado Jenner recorrer el pasillo. Con desconfianza y recelosos de su trabajo, les abrían paso, no sin antes echarles miradas hostiles, que si fueran cuchidos afilados, ya les hubieran rajado toda su humanidad.

Uno de esos guardias los siguió hasta llegar a la celda 305. Ahí, tres hombres más de la corporación Parabellum, trataban de meter a quien fuera su compañero, en la celda. Él se resistía y aferraba con todas sus fuerzas al marco de la puerta. Uno de los guardias, barbado y ceñudo, lo empujó con la suela de su bota.

— ¡Que no! yo no puedo estar aquí, soy uno de los suyos. ¡Merezco un juicio! ¡Yo solamente lo encontré! ¡nada más!

— Ese juicio ya lo tendrás después, entra ahora.

— ¡Esto es ilegal! ¿Y el alcaide? ¡quiero hablar con el alcaide!, por favor.

— ¡Eh!, déjenlo, en dado caso, nosotros lo llevaremos como prisionero, pero ustedes no tienen derecho de ponerle un dedo encima. — gritó Lorccan

—  No les conviene hacerla enfadar. No se tienta el corazón.   — sonrió León Jenner.

—¿¡Qué pasó aquí!? Otro de los suyos me ha informado que acaban de trasladar al guardia que encontró al muerto al pabellón tres…— Preguntó la legionaria mientras veía cómo dos guardias jaloneaban a otro que iba esposado. Debía tratarse de aquél hombre quien fue descubierto arrodillado junto al cuerpo.

— ¡Psst!, nada, hay que hacer el trabajo y meter a este criminal a la cárcel… Es temporal— gruñó el custorio de barba

—¡Me vas a escuchar! — Su voz se tornó autoritaria, su postura corporal y hasta su acento era diferente poco neutral, era el de su natal Cobrizonte, cuyos habitantes eran conocidos por su tono al hablar, como de alebrestamiento perpetuo.

“Ésta es la capitán, zoquetes” pensó el camarada de la legionaria y una sonrisa completa se estampó en su rostro.

— No me importa lo que les haya dicho el alcaide Eriksson, ni tampoco lo que crea Nadia Mijailovic, por mi esos dos engreídos pueden tomar su título de doctores, enrollarlo y metérselo por el culo. — nunca se había sentido tan enfadada, a pesar del color bronceado su piel, algunos tonos de un furibundo rojo se dejaron ver, mientras los músculos de su cuello y mandíbula entraron en tensión — este hombre, debería estar en custodia por la Federación, esa es mi misión y mi lealtad.

Mientras escupía esas palabras llenas de rabia, el joven prisionero con número 690 en la celda contigua veía con ojos bien abiertos al soldado Jenner, a los demás soldados de la Federación y a los custodios de Parabellum; pero en especial veía a Lorccan, quien hizo una pausa rápida y le devolvió una mirada tan cargada del fuego de aquella discusión que lo mandó de regreso a la litera.

—¡No! por favor, estoy muy asustado, no quiero ir a prisión, no quiero ir a ningún lado. Yo quiero estar libre, quiero tener un juicio—el que hace algunas horas, todavía era guardia en Enthris. — se arrojó al suelo y tomó su cabeza entre las manos. Gemía y gritaba.

— ¡Llamen a un médico! Tenemos una crisis —

Cuando los médicos llegaron en auxilio del prisionero, éste se puso de rodillas ante la legionaria, lo que detuvo el acribillamiento verbal que estaba teniendo lugar en aquel pabellón. Ella miró al hombre a sus pies. Notando la falta de reacción, como si estuviera petrificado en el suelo, extendió su mano para tratar de moverlo.

-¡Les dije que no había sido yo, oficial! ¡Les dije! ¿Y me hicieron caso?– el guardia, ahora prisionero, repentinamente se puso en pie y la tomó del rostro.

Miraba a Cécile a los ojos, con la desesperación brillando en ellos. Y justo fue allí cuando confirmó sus sospechas. Tratabase del prisionero que Walker y los otros habían encontrado junto con un cadáver; no importaba si era culpable o inocente, de cualquier manera, aquellos ojos desorbitados le helaron la sangre. Una mirada en blanco y borbotones de saliva espumosa empezaron a escurrir por la comisura de los labios del guardia acusado. Ella retrocedió unos pasos pero el hombre dejó caer todo su peso hacia adelante, empujándola hacia la pared transparente. Los otros prisioneros empezaron a gritar en sus celdas y a golpearlas, lo que ocasionó que aquél en su locura momentánea agarrara a Cécile por el cuello de la camisa y empezara a azotarla contra el cristal.

-¡Yo no he sido! ¡Les dije! ¡Estoy muerto! ¡Viene por mí!

– ¿De qué hablas? ¡Suéltame, maldita sea! – Cécile trataba de sacudírselo de encima, pero parecía como si el reo hubiera adquirido de repente una fuerza sobrenatural y no podía moverlo. Sus manos se encontraban fuertemente prendidas de su ropa, como las garras de un gato asustadizo.

Los soldados apuntaron con sus armas al reo, pero Cécile les ordenó que se apartaran. Si disparaban podrían complicar la situación, el hombre podría salir corriendo desquiciado hiriendo al personal de la prisión. Uno de los médicos que se encontraba ya en escena, se acercó rápidamente y clavó una jeringa en el cuello del prisionero. Los ojos que brillaban demenciales hace unos segundos de inmediato comenzaron a cerrarse, hasta que el pobre reo cayó al suelo sumergido en un profundo sueño.

– ¿Pero qué diablos sucedió?- Cécile respiró hondo mientras tallaba su cara con las manos.

– Disculpe, pero evidentemente el preso está muy mal de salud, habrá que revisarlo…- musitó el médico rápidamente pegando unas palabras con otras.

De nada valieron los gruñidos y protestas de Lorccan, la capitán terminó en la enfermería por recomendación del médico. Mientras estuviera en la isla Enthris, estaba sujeta a las políticas de Parabellum Security Corp, mismas que eran estrictas, y dictaban todos los pasos a seguir en una situación de emergencia e imprevistos, incluyendo chequeos médicos integrales. La firma debía asegurarse de no dejar huecos legales y otras situaciones por donde las demandas pudieran colarse e inundar el escritorio de sus abogados.

 

Tampoco se salvó de los comentarios que Walker, insatisfecho más por entrada a territorio ajeno que por el manejo de la situación en sí, le lanzaba con saña. Al menos el hombre era sincero y se los decía en la cara y no a sus espaldas. Esa noche, la cena en el comedor de Domus fue sumamente incómoda, ambos veían su reflejo en los ojos del que estaba al otro lado de la mesa.

Al final de su día,  se dirigió hacia el elevador recapitulando los eventos de hace unas horas… “Él viene por mí”. Esa frase, no parecía haber sido dicha en vano, realmente el tipo le tenía pavor a “Él”. ¿Y quién demonios será “Él”?… ¿qué clase de cosa, persona o animal infundía temor en guardias entrenados por facciones de la misma policía y ejército Federal?

El sonido musical de las puertas del elevador le indicaron el momento de subir al piso tres: el lugar donde se encontraba su dormitorio. Sabía que hoy, sus pensamientos no le dejarían en paz.