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Enthris. Capítulo X

Por: Kalashnikova el August 23, 2014
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Córpore Insepulto

Nadia Mijailovic tenía un año en el puesto de Jefe de Ciencias de la Salud en Enthris. Contaba con solamente treinta y dos años, pero una carrera que había comenzado desde antes de graduarse de la Universidad. Empezó a tomar experiencia tan pronto como pudo hacer prácticas en el área médica y desde entonces no había tomado ni un respiro en su vertiginoso ascenso al éxito. Los profesores de su Alma Mater, la Antigua Universidad de Northbrook, le auguraban un futuro brillante y para cuando estaba haciendo su residencia médica, Nadia ya contaba con credenciales envidiables dentro de su currículum.

A decir verdad, Mijailovic era un apellido que habitualmente se escuchaba en las cenas de negocios y eventos de caridad. Era un apellido envuelto en escándalos que el vulgo podía ver en los sitios web de espectáculos; pero también era un apellido que figuraba en las revistas de ciencia más importantes dentro de la Federación.

Gracias a esto, encontrar un puesto a su altura fue cuestión de contactar a la gente adecuada, después de todo lo único que le hacía falta era ver algunas caras, estrechar algunas manos y sonreír a otros tantos. Y pensar que si no hubiese asistido aquél día del mes de octubre a la conferencia “Nuevos avances y propuestas para la reeducación, rehabilitación y reintegración de criminales”, no hubiera conocido a Eriksson, y por tanto, no tendría a su cargo el primer proyecto penitenciario privado y uno de los más importantes de Parabellum Corp.

Así pues, Nadia solamente tuvo que ponerse de pie sobre hombros de gigantes para catapultarse hasta el sillón de la Jefatura de Ciencias de la Salud de la penitenciaría en la Isla Enthris. De no haber hecho esto, el talento no le hubiera bastado más que para un puesto directivo del departamento de investigación de un hospital privado común y corriente.

Se reclinó en su sillón mientras releía uno de sus libros favoritos, no llevaba ni veinte páginas cuando de un movimiento brusco cerró el libro, se acomodó sus gafas de lectura y apartó los insistentes mechones de cabello rojo que le cubrían la frente.

— No entiendo por qué el Vicepresidente le insistió tanto al Señor Covington para dejar que los Operaciones Especiales vinieran aquí a olfatearnos cuales perros de presa.

— Ya sabes cómo es Weber, mira — suspiró Eriksson — Weber, es un viejo inseguro. Cree que no podemos manejar esto internamente porque somos, en sus palabras, “demasiado jóvenes”. Así que a la menor provocación, entra en pánico. Quiere que todo esté “perfecto”. Parabellum no debe perder la concesión con la Federación.

— Y no la perderá. ¿Sabes cuánto nos está costando en términos de tiempo y esfuerzo tener a esta gente aquí? Más de lo que valen en impuestos.

— Venga, ya. Pronto pasará y podremos volver a nuestra investigación. Cuando presentemos nuestros hallazgos ante Covington, estaremos en todos lados. Sólo imagina… innovación, mejorar la calidad de vida, la longevidad, la erradicación de las enfermedades genéticas. El futuro ahora ¿para qué esperar? — Eriksson tenía una mirada de ensoñación mientras veía a su compañera. Ella sonrió

— Siempre has tenido ese don para la expresión, para la palabra. Sólo espero que eso no vaya a ser como aquél experimento que nos dio tantos dolores de cabeza — Nadia se quitó las gafas

— ¿alguna vez pensaste en dedicarte a la actuación?

Él hizo una mueca, ella sonrió.

— Bien, ¿y qué hay con los soldados? — preguntó Nadia

— ¿Qué hay que hacer? sólo mantenlos a raya. Ellos creen que vienen aquí a sofocar “revueltas” y esa clase de cosas. Aquí no hay nada de eso, todos los días muere gente en las cárceles de la Federación ¿y quién dice algo? nadie, lo arreglan ahí adentro, mueven presos de las celdas, les dan más tiempo en prisión. ¿y? — Ericksson elevó el tono de su voz, algo que desconcertó a su compañera, quien nunca había oído su voz de esa manera, más aguda de lo normal, punzante, con apuro por acabar las frases — Weber es quien tiene la culpa. — Si encuentran algo, lo que sea, y por culpa de eso, los Legionarios exageran sus hallazgos causando conmoción, no garantizo que salgamos ilesos.

— Se está más seguro en este tipo de penitenciarías que en las Estatales — suspiró ella — pero los legionarios jamás entenderán. No son libres, están sujetos a la Federación…

Eriksson tomó asiento en el escritorio de Nadia. Cerró los ojos y masajeó sus sienes. Situaciones así le parecían intolerables. Sobre todo extender la diplomacia hacia gente como los legionarios de Operaciones Especiales. Eran directos, rudos, sin contemplaciones, altamente emocionales. Eriksson los conocía, durante algún tiempo trabajó rehabilitándolos y eran un caso perdido, con las emociones tocando la superficie de su personalidad, a flor de piel.

— Lorccan — dijo Nadia acompañando el nombre con el chasquido de sus dedos.

— ¿Lorccan? — un momento, ¿es el capitán del equipo uno ?¿debería estar celoso? o ¿por qué su nombre viene a tu mente en este preciso momento?

— Tonto — Nadia rodó los ojos — A mí no me gustan las bromitas…Lorccan es Capitán del equipo dos. No hay mucho problema con el equipo uno, el Capitán Walker, comprende nuestra situación, él tampoco quiere problemas, ¿pero Lorccan? no. Es una sombra, es insistente, es como un predador que no suelta un trozo de hueso porque todavía tiene pellejos alrededor. Se rehúsa a dejar los asuntos en paz.

— No entiende cómo hacemos las cosas aquí, tenemos un protocolo. — Eriksson cruzó los brazos mientras veía a Nadia y juró ver aquella cabellera roja alborotarse como si fueran llamas siendo avivadas por cada palabra que salía de sus furibundos labios— a mí sólo me preocupa el tiempo que estamos perdiendo. Admito que hemos tenido alguna que otra contingencia, en especial con los voluntarios, pero está resuelto, de eso me encargué yo, cuando tú estabas de vacaciones en Riviere Paradise.

De un gabinete de preciosa madera rosácea, Nadia sacó dos vasos de cristal cortado y una botella de licor. El joven alcaide Eriksson sonrió. La médico llenó las dos copas y le extendió una, él la tomó y antes de dar un trago al líquido, lo olisqueó sin pena alguna. Ella soltó una risita.

— Bien, confío en ti, eres mi persona favorita en este mundo, ya sabes eso. — Nadia Mijailovic se bebió su vaso de fuerte licor de un solo golpe. Eriksson, sólo trató de disimular su cara de sorpresa al ver aquella audacia. A él, el licor de un fuerte color ámbar, le había quemado la garganta con el primer trago.

El cielo parecía una acuarela de tintes violáceos y anaranjados que esparcían su viveza por doquier. El Capitán Walker miró el termómetro en su vehículo, aún no podía creer que, aunque el sol estuviera por ocultarse, todavía sentía sus rayos quemándole la cara. Tomó su cantimplora y la llevó hasta sus labios, el agua, que se había conservado fresca en el compartimiento de refrigeración del vehículo, le supo a un manjar de dioses.

El vehículo de Walker tenía llantas y corría a media velocidad en el perímetro de la prisión, aplastando ramas y destruyendo las plantas en su camino. Los vehículos de llantas eran más lentos que los flotantes, pero el desempeño era mejor, puesto que la altura a la cual podían flotar los otros, era limitada y las rocas y ramas podrían atascarse en el mecanismo de flote causando así accidentes terribles.

— ¡Capitán! — uno de sus soldados venía de regreso corriendo.

— ¡Qué pasa! — Charly Walker frenó en seco y sin bajar del vehículo gritó.

— ¡Venga! — el soldado se adelantó y Walker encendió de nueva cuenta su vehículo para ir tras él.

Llegaron a un lugar más o menos despejado, cuál fue su sorpresa al ver que tres de sus soldados sostenían de pies y manos a un hombre robusto de cuerpo y lo trataban de apartar de un bulto que estaba tirado frente a ellos.

— ¡Eh! ¿Qué se supone que es esto?

— ¡Capitán! ¡Hemos encontrado a este hombre aquí tratando de ocultar eso! — una joven soldado señaló un bulto que tenía una sábana negra encima.

Walker bajó del vehículo y con sus pasos firmes característicos de él, se dirigió hacia el lugar señalado. Los ojos de sus soldados estaban posados sobre él, no quiso defraudarse a sí mismo y mucho menos mostrar debilidad ante ellos, pero no estaba seguro de qué podría encontrarse debajo de la sábana. De todos modos, estaba preparado para lo peor, así había estado entrenado en la Academia y desde mucho antes. Sin más, en cuclillas frente aquella cosa tirada en el suelo, su mano vaciló un poco, sus dedos sintieron la textura rugosa de la sábana y de un tirón la mandó a volar por los aires.

— La puta que te parió…

Bajo la sábana negra estaba lo que parecía ser un torso humano, o más bien, la mitad de lo que en vida fuera un hombre. Algunas de sus vísceras aún estaban esparcidas por el lugar. Charles Walker no era dado a sentir miedo, o eso creía él, y aun así, sintió la adrenalina correr por sus venas, y eso sólo podía deberse a que su corazón latió más rápido… por causa del miedo.

— ¡Qué se supone que es esto! ¡Oye, tú! ¿¡Tú hiciste esto!? — una mirada mezquina se dirigió hacia el hombre que estaba siendo retenido por los Operaciones Especiales.

— Yo, ¡no, yo no!…

— Capitán, a éste lo encontramos arrodillado frente a ese… cadáver. o lo que queda de él —

Charles se puso de pie y caminó hacia donde estaban sus soldados y aquél guardia arrodillado en el suelo. Uno de los soldados tenía un pie en la espalda del hombre y otro le apuntaba con el arma directo entre las cejas. El Capitán se detuvo frente a ellos, tomó del cuello de la camisa al que estaba de rodillas y lo alzó al aire.

— Creo que tendrá que acompañarnos a la prisión de Enthris señor… — buscó en el uniforme la identificación — Paulos

— ¡Esperen! aún no he dado mi versión, déjeme hablar

— Hablaremos allá — Walker soltó a Paulos, quien cayó de sentón en el suelo.

— ¡Capitán! ¿Cómo lo vamos a llevar? No hay espacio para tres en el, vehículo.

Aldo Volpi se dirigía de Domus II al lobby del edificio principal, donde el Vicepresidente de Enthris los había recibido junto con su séquito de seguidores. Quedaba poca luz natural, y el clima ya empezaba a refrescar. Bostezó, aunque agradecía el hecho de que no estaban en combate sabe en qué lugar protegiéndose de una lluvia de balas, no había terminado de sentir esa sensación de inutilidad y aburrimiento que proporcionaba la relativa tranquilidad isleña. ¿Quizá debería hacer lo que Jenner y relajarse un poco? Tal vez, puesto que tampoco le agradaba la incertidumbre de si volvería a su casa en una sola pieza o no. Pasó su mano izquierda por su cara y su boca cambió a una mueca de insatisfacción. Tendría que afeitarse, de lo contrario estaría violando el estúpido protocolo de imagen de los Operaciones Especiales.

— ¡Oye Volpi!, mira hacia allá con el prismático a ver si puedes ver lo mismo que yo veo — gritó un soldado.

Volpi lo hizo. Pudo ver dos vehículos de cuatro ruedas aproximándose a gran velocidad. Uno de los vehículos iba piloteado por Walker, en él había un hombre maniatado al asiento. Sorprendido, guardó el prismático en su pernera y sacó su radio.

— Sirius a Amarok, aquí desde el lobby, ¿me copias?, cambio.

— Amarok, te copio. Informa. — la voz de Cécile envuelta en ruido blanco, salió del radio.

— El capitán Walker se aproxima con un prisionero, ven hacia acá.

— Entendido. Amarok, fuera.

Cécile salió del pabellón cuatro corriendo lo más rápido que podía con el fusil echado a la espalda. Al llegar al lobby la imagen que le recibió fue la de un furioso Charles Walker llevando casi a rastras a un hombre maniatado y por tanto, evidentemente desarmado. Los observó con desaprobación y siguió su camino hasta llegar a ellos.

— Aquí vienen — Volpi señaló a los hombres que entraban por la puerta principal. Algunos guardas de Parabellum también estaban allí.

— ¡Camina! — El Oficial Walker gruñía al tiempo que el guardia Paulos caía de rodillas. Su ropa estaba manchada de tierra y las muñecas parecían atadas con mucha fuerza. Detrás de él iban dos soldados de la Legión y a otros dos adelante que se les unieron en el camino, uno a cada lado del recluso.

— ¡No! ¡Yo no lo hice! ¡Yo no lo hice!— Paulos lloraba y se arrastraba en el suelo— Por favor, por favor.

— ¡Que camines!— gritó Walker, luego miró a un corpulento soldado, quien hizo un movimiento de cabeza casi imperceptible y le dio un culatazo en la nuca que dejó al pobre hombre inconsciente

— ¿Qué demonios, Walker? ¡Todo lo que tenías que haber hecho era escoltarlo a la torre de vigilancia su celda, no golpearlo así!— Lorccan caminó con zancadas largas y apresuradas hacia cinco soldados que ahora estaban junto al hombre inconsciente.

— Yo no hice nada, ¿ves?— Walker caminó hacia Lorccan extendiendo sus brazos a los lados.

— ¿Cómo nada? Tienes a un hombre desarmado inconsciente al lado de tus pies ¿cómo nada?.

— Lorccan, métete en tus asuntos. ¡Preocúpate por tu propio trabajo, por inspeccionar este lugar y encontrar qué demonios se traen entre garras todos estos prisioneros! Para tu información este es un asesino y criminal. – Gideon Walker se volvió hacia sus compañeros

— Oficial Walker, usted más que nadie debe saber que así no es el proceso que tenemos que seguir al tratar con un sospechoso – Cécile tomó a Walker del uniforme y le dio la vuelta. Estaban centímetros de darse de topes con la frente. – No lo tocamos, por ningún motivo, sólo si está armado y presenta actitud agresiva que ponga en peligro el bienestar de los presentes. ¿Tengo que recordarle esto a un oficial condecorado y que viene de una familia con larga tradición militar?

Algo en Charly Walker fue detonado en ese instante que aquellas palabras pronunciadas con un dejo irónico llegaron hasta sus oídos. Walker le miró directo a los ojos, con la cara roja de furia. Los soldados de su equipo y otros guardias se habían percatado del alboroto, así que, varios pares de ojos los miraban. Algunos sorprendidos, y otros compungidos, no importaba la expresión de sus rostros, era su mirada la que incomodaba al capitán legionario. Y era el tono de voz de Lorccan lo que lo que agotó su paciencia.

— ¡Cierra la boca, Lorccan! Para tu información, encontramos a este despojo asqueroso tirado sobre un cadáver, al cadáver, que ya fue trasladado a la morgue, está partido a la mitad.

Lorccan frunció el ceño, ¿Lo encontraron? ¿Qué Enthris no era el lugar más seguro, hasta ahora conocido, dentro de la Federación? ¿Seguirán ocultando información después de esto? distraída en sus pensamientos no se percató del momento en que disminuyó la fuerza que su mano aplicaba para constreñir la cazadora de Walker. Con su mano izquierda, el capitán tomó la muñeca de Lorccan y la apretó hasta que la mujer aulló de dolor, luego la apartó violentamente.

— ¡No vuelvas a intentar tocarme! ¡No reportaré este incidente de obstrucción a esta misión, deberías agradecerme por ello, idiota! ¡Mejor vuelve a Domus II y échate a dormir, luego regrésate a tu pueblo Cobrizonte! – Los hombres se alejaron llevando al recluso a rastras.

— ¡Pero qué cabrón! — Volpi miró a su alrededor y despejó el lobby — Cé, ¿estás bien?

— No debí haber hecho eso, perdí la compostura.

— ¡La compostura la perdió el primero al usar fuerza excesiva contra ese guardia! Tú solo querías seguir las reglas y le recordaste que estaba siendo un grandísimo cabrón— gruñó Aldo

— Siempre habla de camaradería hasta que le recuerdan que no sigue las reglas.

— Me voy a la enfermería— dijo secamente ella.

Al salir de la enfermería. Después de tomar unas píldoras para el dolor y enfriar su muñeca para evitar la inflamación, tomó el ascensor para dar una visita a la morgue en el sótano. Al llegar allí pidió ver el cadáver, lo que quedaba de un ser humano. Como era de esperarse, la burocracia de Enthris hizo su aparición y mientras esperaba la autorización por parte de Mijailovic a su mente regresaron las palabras del Oficial Walker: habían encontrado al guardia arrodillado junto al cadáver…