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Enthris. Capítulo VIII

Por: Kalashnikova el April 25, 2014
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Lealtades

“Aún falta mucho tiempo para las elecciones presidenciales de la Federación y varios nombres ya resuenan dentro del ambiente político. Hablamos de importantes nombres, como el del abogado y alcalde de Ciudad Federal, Roberto Fonseca, del partido Unión Cívica; por el partido Regeneración Nacional, el ya anteriormente derrotado Julian McClein, sin embargo estos pesos pesados no pueden cantar victoria todavía ya que peligrosamente cerca de ellos está el actual senador y también director de Parabellum Security Corp, la principal prestadora de servicios de seguridad y fabricante de tecnología bélica en toda la Federación. Parece que Wilhem Ryan Covington padre va ganando terreno dentro del aún joven Partido Liberalista”

— Eh ¿Escucharon eso? miren, por fin le veo la jeta al presidente de la corporación — dijo Volpi mirando hacia la pantalla de una televisión enorme colocada en la pared del gimnasio de Enthris.

La cámara del noticiero mostraba un hombre que aparentaba unos 70 años y algunas manchas de la edad en su cabeza disimuladas por los escasos mechones de cabello, las arrugas hacían surcos profundos en la piel como ríos secos. Lo que parecería un aspecto ordinario, no lo era tanto pues el señor estaba enfundado en un traje elegante color negro. De su sobrio atuendo destacaba una corbata de seda color amarilla.

Volpi sonrió de medio lado y luego rodó los ojos: eran los mismos colores que los de Parabellum Corp. En sí mismo, el Director de la corporación parecía un hombre sencillo y lo único ostentoso de su vestimenta era, el alfiler en su corbata y un enorme reloj de oro en la muñeca derecha que resplandecía mientras sus manos se movían con destreza para apuntalar cada una de las palabras que salían de su boca.

— ¡Cuidado!

Una fuerte patada cruzó los aires y por poco y le cruzaba la cara. De no haberla esquivado, la patada pudo haber sido lo suficientemente fuerte como para haberlo dejado tirado un buen tiempo en la colchoneta, sin embargo, por fortuna el legionario era un hombre habilidoso y rápido. Jenner, quien veía el entrenamiento sentado en la banca, estalló a carcajadas.

— ¡Eres un completo imbécil! — gritó desde su asiento.

— Oye, por poco y te arranco la cara, ¿Quieres sostener esas manoplas como se debe?— le dijo Cécile, quien se ajustaba las guantaletas mientras caminaba hacia él.

— ¡Eh! ¿Qué no vieron eso? El tipo que construyó este lugar apareció en la tele. Dicen los chismorreos entre políticos que él quiere ser presidente. — Volpi empezó a hacer boxeo de sombra

— No me extrañaría. Después de todo, es el único poder que le falta tener — Jenner se estiró perezosamente y dejó su cuerpo relajarse en la banca.

— ¿Por qué no vienes a entrenar, Jenner?— preguntó Lorccan

— Porque siempre que entrenamos, la colchoneta termina con gotas de sudor por doquier y mis pies desnudos tocan eso, me da asco — les lanzó a cada uno una toalla amarilla con el logotipo de Parabellum — Vayan al médico a ver si les da algo para que dejen de parecer aspersores.

— Eh, no es mi culpa, de hecho la mayoría de esto— señaló la colchoneta y las numerosas gotas de sudor en ella — salen de este pimpollo, siempre temo que vaya a deshidratarse.

— ¡Oye!, estoy aquí, ahora regresa y sostén bien las manoplas, que si te descuidas voy a voltearte la cara de un solo golpe. Que hayas esquivado la patada fue pura suerte.

Jenner volvió a reír. Usualmente Lorccan no dejaba que su cabeza se calentara. Solamente cuando tenían un combate amistoso, dejaba de contenerse. Le gustaba ver a sus dos amigos, más jóvenes que él, darse de golpes. A decir verdad, el combate era muy parejo. Lo que Lorccan no tenía en fuerza, lo compensaba con agilidad y lucha de piso, pero tenía que cuidarse de los golpes de boxeo de su compañero, Aldo Volpi.

“En otras noticias, la ley Transferencia, complementaria al apartado 2 en el artículo 125 de la Constitución ha sido aprobada”

Los tres voltearon a ver la pantalla. En el aparecían montajes de las diferentes divisiones del ejército con los que contaba la Federación.

“Dicha ley permite a miembros del ejército servir en misiones especiales, con la previa autorización de la división a la que pertenecen. Una especie de contrato a discreción de ambas partes, que puede ser propuesto por quien pueda permitirse el cubrir los gastos de tal compromiso”

— ¡¿Pero qué demonios?! — Aldo escupió el agua que bebía— ¡Somos soldados, no alguna clase de deportistas! ¡soldados de élite! —

— ¡Eh! ¡tus gérmenes me alcanzaron, idiota! — gruñó Jenner

— ¿Pero qué jodidos? ¡No me esperaba esto! — masculló Lorccan

— ¡Bueno! no podemos hacer nada ¿verdad? — colocó su mano en el hombro de Cécile — no aquí al menos, en esta isla.

— Lo sé, Jenner, pero…— suspiró sonoramente y terminó de secarse la cara con la toalla — supongo que tienes razón, ya habrá tiempo para indignarnos

Después de pasar por las duchas del gimnasio de Domus I, salieron a sus respectivas habitaciones, Cécile se sentó en la orilla de la cama y de la mesita al lado de la cabecera sacó un aparato.

Eran dos cilindros cromados, con una luz roja que parpadeaba en el que estaba arriba. Despegó los dos cilindros uno del otro y una placa de un material transparente y suave apareció, un tirón más y la placa se tensó lo suficiente como para parecer sólida. Una interfaz de computador le dio la bienvenida. Cécile presionó un botón en el cilindro inferior y de él salió una pluma óptica.

Junto con Walker, había entregado al General un conciso aunque corto reporte sobre el progreso de Operaciones Especiales en Enthris, tan pronto el fracasado interrogatorio de hace dìas había llegado a su fin. Enviarlo fue un proceso frustrante ya que, las conexiones y accesos a Internet, estaban siendo cuidadosamente controlados por Parabellum. Además, estaban siendo reparados y por lo tanto la red era intermitente. Pero eso no debía detenerlos, cumplir su misión era primordial, al menos eso les había sido recordado, o más bien, advertido por el General, quien se encontraba en la Base militar de la Federación.

Por el lapso de media hora, Cécile, estuvo pasando esa pluma por el papel digital, escribiendo un reporte paralelo al oficial, su propia bitácora que difería en pocas cosas del reporte, la más remarcable de ellas, era que en su reporte personal, Cécile se olvidaba de la formalidad, garabateaba y escribía como le viniera en gana.

 “Parabellum dice tener el control de la isla, no me queda del todo claro, ¿cómo pueden tener el control si los presos se rajan la garganta entre ellos? ¿cómo dicen tener el control si uno de ellos sólo dice incoherencias cuando se le interroga? Mijailovic insiste en que la gente está bien, que el castigo es ejemplar y se están “enderezando” y Eriksson le sigue el juego.

 Mierda van a controlar.

 Mijailovic y Eriksson, pero sobre todo Mijailovic… Son unos obstruccionistas, pusieron muchos peros para hablarme del rajacuellos… al final, cuando pude hablar con él, se montó toda una película delante de Walker y mío.

 Charly Walker, el que normalmente es un soldado enérgico pero que posee autocontrol en sus misiones, casi lo pierde con este preso. El rajacuellos terminó azotándose contra la mesa, no sé cómo se encuentra ahora, Eriksson dice que está bien, y Mijailovic, bueno, ella lo confirma.

 A los traidores se les mata”

Llamaron a su puerta, tres golpes fuertes y rápidos. Antes de acudir, encerró en un círculo la última frase escrita, aquella que salió de los labios del preso. Aún recordaba aquella cabeza rajada y la sangre maquillándole la cara de rojo escarlata.

— ¿Quién?

— Responsable de la Unidad 1, Capitán Charles Gideon Walker

Lorccan volvió a juntar los cilindros y guardó nuevamente el aparato en la mesa de noche, bajo llave. Después, se dirigió a la puerta y la abrió. Walker hizo el saludo militar, con la mano sobre el pecho. Lorccan hizo lo mismo.

— Lo diré directamente. Hablemos de lo de hace tres días, del prisionero, del interrogatorio. — El rostro de Charles Walker no reflejaba otra emoción que no fuera molestia.

— Primeramente ¿aún no tenemos nada?

— Nada, absolutamente nada — bufó el soldado — Parabellum Security no quiere darnos acceso ya los interrogatorios.

— Y seguro tampoco al perfil del prisionero — Cécile miró hacia el suelo tratando de concentrarse. Cruzó los brazos y miró a Waker, quien movió la cabeza en sentido de afirmación.

— Walker, creo que están obstruyéndonos a propósito

— ¿Sabes que decir eso así como así puede traernos problemas? — dijo Walker limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano — Recuerda que representamos a la Federación y la Federación no puede darse el lujo de hacer acusaciones a la ligera.

— Precisamente porque representamos a la Federación no podemos dejar que un par de mocosos nos estorben. — Cécile elevó el tono de su voz, Walker frunció el ceño, tanto así que sus cejas parecían juntarse — ¿Te parece poca razón que hicieran hasta lo imposible por no llevarnos a interrogar al prisionero?

— Parabellum tiene su protocolo, la Federación el suyo. A lo que vine — carraspeó y balanceó el peso de su cuerpo a un lado — ¿qué te dijo el rajacuellos?

— Entendí poco, pero lo hice. Lo que dijo fue “a los enemigos se les respeta, a los traidores se les mata”.

— Vaya, sería una gran frase si no viniera de un completo demente — riendo, dio un aplauso que sonó como un trueno en el pasillo vacío — ¡Ajuste de cuentas!

— ¿Así tal cual? — el rostro de Cécile reflejó sorpresa, ojos como platos, y boca entreabierta. Walker solo asintió.

— Así es, tal vez es por eso que no nos dejan ir más allá. Es sólo un simple ajuste de cuentas, no tiene sentido — se encogió de hombros — A veces estar tanto tiempo encerrados los pone agresivos, se forman hermandades, es inevitable. También es inevitable que se quieran matar unos a otros, está en nuestra naturaleza, el matar.

Cécile meditó las palabras de Walker, “está en nuestra propia naturaleza el matar”… pero cualquiera que mata tiene un motivo, callar a alguien, ocualtar algo, sobrevivir, comer…

El otro capitán se despidió no sin antes hacer la advertencia de que por ningún motivo emitiera información que no pudiera ser respaldada con pruebas o buenos argumentos. La capitán Lorccan no pudo hacer otra cosa que prometer que no lo haría. Cuando Walker bajó por el ascensor, Jenner llegó caminando por el pasillo.

— ¿Ese era Walker? ¿Qué quería? — preguntó secamente.

— Dice que no va a permitir que hablemos a la Federación sobre nuestras sospechas de obstrucción por parte de Parabellum.

— ¡Demonios con ese que se dice Capitán! ¿qué no es suficiente que ese tal Eriksson y Mijailovic nos hayan hecho perder el tiempo de esa manera? — gruñó el soldado Jenner.

— Es lo que le dije, pero se opone totalmente a presentar un reporte así ante el Coronel, el General y la Federación. — Se pellizcó el puente de la nariz y emitió un quejido.

— Claro, tiene miedo de que su padre le de unas nalgadas. — rio Jenner con cinismo — sólo quiere salvar su pellejo, Cé. Maldito.

— Bueno, pues parece que el buen Charly no ha cambiado tanto como pensábamos

— Puede que Charles sea un imbécil, pero…— él hizo una pausa colmada de nerviosismo — creo que tengo algunas sospechas también… verás, cuando hacía el rondín del pabellón uno, la noche de ayer vi a un guardia saliendo de una celda, luego antes de irse, miró a ambos lados del pasillo. Yo, por supuesto, estaba escondido en la esquina.

— Pero… es normal que los guardias entren a inspeccionar las celdas si notan algo extraño.

— Exacto.

Ambos sonrieron decididos, luego se tornaron serios. Algo más estaba sucediendo en Parabellum. Y Lorccan juró por su uniforme y sus tres condecoraciones prendidas de él, que iba a descubrir de que se trataba, con Parabellum o sin Parabellum de por medio.

 Fin del Capítulo VIII