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Enthris. Capítulo VII

Por: Kalashnikova el April 6, 2014
interrogatorio enthris 7

Interrogatorio

Walker y Lorccan descendían por el pabellón cinco. A sus costados y a espaldas de ellos iba la escolta de Enthris, especialmente seleccionada por el alcaide Eriksson. Al lado derecho de los soldados caminaba Nadia Mijailovic. El sonido de sus zapatos de tacón color verde brillante, se destacaba entre los golpes de pesadas botas militares contra los azulejos. Su rojo cabello, ondulante como el fuego, se bamboleaba alegremente a cada paso que daba. La pelirroja aceleró el paso dejando atrás a los militares de la Federación, para evitar a toda costa, compartir el mismo espacio que ellos y especialmente con Cécile Lorccan.

Cuando llegaron a las celdas, notaron que había una pesada puerta metálica que resguardaba el área. Mijailovic sonrió al ver el ceño fruncido de los dos militares de la Federación.

— No íbamos a dejar al pabellón cinco desprotegido, es decir, aquí es el área que contiene a los internos más peligrosos de Enthris — hizo una breve pausa y continuó — así que es lógico que la seguridad sea más que reforzada, al igual que en nuestro perímetro isleño.

Uno de los guardias militares de Enthris abandonó la escolta para acercarse a una pequeña máquina al lado de la puerta, los soldados de la Federación se percataron de que aquella maquinita se trataba de un escáner. El guarda acercó su rostro a él y la máquina hizo su trabajo.

— Biométricos, reconocimiento de iris. El iris, al igual que el ADN, es único en cada persona. Por tanto, nadie lo puede replicar.

La puerta se abrió automáticamente de par en par, como pesadas cortinas de hierro y la comitiva entró a paso ligero. Gideon Walker observó las celdas, visiblemente sorprendido. Eran celdas más pequeñas que las de los niveles uno al cuatro. Por su parte, Cécile notó que los cristales, aunque eran transparentes, no parecían delatar su presencia a los presos. En vez de seguir su trayecto, la oficial Lorccan se detuvo unos segundos para inspeccionar una de las celdas que tenía a mano izquierda.

— No le oyen y tampoco le ven. Esto que ve aquí, es un cristal de doble cara. — caminando con paso, que Cécile opinaba, era como de modelo de pasarela, Mijailovic se apartó de la comitiva y se dirigió hacia ella, lo primero que notó fue el aroma cálido de vainilla e incienso en su perfume.

— Debe ser el orgullo de Parabellum, imagino —

— Pues, bueno, el diseño de este pabellón fue pensado en la seguridad de todos nosotros y de los reclusos. Así podemos tener un mejor control situacional. Podemos comprenderlos de una mejor manera, estudiar su comportamiento cotidiano, la evolución de su personalidad…

— Imagino que tendrán mucho que hacer aquí —

Lorccan, quien cargaba su fusil, apuntó con él hacia la celda, donde un prisionero estaba sentado, sin moverse, mirando hacia el pasillo. Aunque, en realidad, miraba hacia la nada.

— Créalo o no, Capitán. El bienestar de estas personas, a pesar de su terrible comportamiento, es una de nuestras prioridades. Aún aquellos del pabellón cinco.

— Habla a nombre de Parabellum o al propio, ¿doctora Mijailovic?

— Lo mejor para ellos, hacemos todo lo que está en nuestro por el bien de estos individuos, repito. Creo que debería centrarse en completar su misión aquí en la Isla, Capitán — la doctora siguió su camino, su paso se hizo más marcado y veloz.

— ¿Cuál es tu problema?  — preguntó secamente Walker

— Ninguno…aún —

Nadia Mijailovic dio una vuelta a la derecha, y unos metros más adelante, al lado contrario, los soldados y la escolta encontraron con una celda marcada con el número 590

— Aquí es, esto es lo que buscan

En la celda, que se encontraba limpia y en buenas condiciones, había un hombre sentado en medio de la pieza, encorvado y mirando en dirección a la puerta. Parecía tranquilo, aunque su rostro reflejaba aburrimiento y las grandes ojeras, que circundaban sus ojos, le daban el aspecto de tener varias edades encima.

— ¿Podemos interrogarlo ya?  —

— Tendrán que esperar en el cuarto de interrogación, es en la torre central. Oye — ña doctora llamó a un joven guardia — lleva a los legionarios al cuarto, yo los seguiré en un momento.

Los demás guardias flanquearon la entrada a la celda, el iris de Mijailovic fue escaneado por la máquina en la pared y se oyó un cliqueo. Ahora estaba abierta. Walker y Lorccan abandonaron el pasillo de las celdas rápidamente, delante de ellos iba el guardia designado. Cécile miró hacia atrás y vio como los celadores sacaban al preso esposado. Mijailovic se alejó de los celadores y siguió el camino de los legionarios.

La sala de interrogatorio consistía en una pieza de tamaño mediano situada en el último piso de la torre central. Desde esta torre, se veían las entradas de cada uno de los cinco pabellones y había un sistema de monitoreo de las áreas de Enthris como la de recreación, los talleres y el complejo Domus.

A un lado de la pieza había una pared de cristal que los legionarios imaginaban también era de espejo. Ahí se encontraban Mijailovic y el séquito de guardias, al igual que Lorccan y Walker. Del otro lado estaba el reo con las manos sobre una mesa de metal. Circundando sus muñecas tenía unas esposas que emitían una luz roja, parecían estar fuertemente pegadas al mueble.

Nadia carraspeó y los legionarios lo tomaron como la señal para entrar. Éstos abrieron la puerta con el mismo sistema que las del pabellón cinco y cualquier otra en el penal. Cécile Lorccan y Gideon Walker entraron. El prisionero, enjuto y algo encorvado no parecía sorprendido de verlos.

Al colocar los pies dentro de la sala, los legionarios sintieron esos grandes ojos hundidos mirándoles entre las rendijas que eran aquellos largos mechones de su grasienta cabellera.

— Por ustedes, que querían verme, me han sacado de la celda. ¿Gracias?

Walker y Lorccan lo miraron y se sentaron frente a él. El prisionero sonreía de oreja a oreja, dos de sus dientes estaban rotos y Cécile se preguntó si los había perdido en la pelea cuando le rajó la garganta al prisionero de nivel uno, o en cambio, los había perdido fuera de Enthrhis.

— ¿Y qué quieren?

— Simple, queremos hacer unas preguntas. ¿Para eso es este cuarto, no? — respondió Walker, al mismo tiempo que jalaba una silla para tomar asiento.

— ¿Ah sí? ¿Sobre qué? — el prisionero alzó una ceja

— La razón por la cual estás aquí, ¿Qué más?

— ¿Para qué preguntan si ya saben? ¿qué caso tiene que les cuente?

El prisionero se quedó sonriendo cerca de cinco minutos, en silencio, parecía más pequeño de lo que en realidad era. Encogido, tamborileando los dedos en la mesa en medio de ese cuarto. Las paredes claras hacían lucir la habitación más grande, aunque no lo fuera, lo único que les restaba monotonía, era un reloj digital que contaba hacia atrás. Ahora eran daban justo quince minutos desde que entraron.

El prisionero parecía en otro mundo, divagaba, volteaba al techo y luego observaba a sus interlocutores para ignorarlos después. Walker, sentado, movía su pierna derecha rápidamente, su desesperación estaba siendo demasiado obvia. El prisionero lo notó, rodó los ojos y volteó hacia el cristal de doble vista.

— Ya sé que están ahí escuchándome. Ya venía siendo hora de que me sacaran de ahí y déjenme decirles que su comida es una mierda pastosa, he probado el cartón y tiene un mejor sabor. — gritó el hombre

— Empecemos de nuevo — la oficial Lorccan golpeó la mesa con su palma abierta. El cuarto se volvió silencioso.

— Pero no se enoje, oficial. Acabamos de llegar aquí al cuarto, mire… no tengo ganas de volver a mi celda dentro de un tiempo, déjeme disfrutar un poquitín de libertad. ¡Libertad o muerte!

— Cállate ya criminal de mierda y cuenta que pasó en el patio de entrenamiento hace meses. Me fastidias, todo lo que haces es decir idioteces. Si deseas libertad, tienes que comportarte normal y cooperar — masculló Walker

— Qué grosero eres, todos los militares son unos malditos groseros — gritó escupiéndole a los legionarios — cómo se nota que sus madres no les lavaban la boca con jabón ni les daban nalgadas cuando eran chiquitines, ¿eh? ¡Si tan sólo no tuviera las manos atadas!

“Eviten la demora, hay que devolverlo a la celda” la voz de Mijailovic salía de unos altoparlantes redondos colocados en las aristas de la sala de interrogación.

— ¡Cállate! maldita, tu lugar es el infierno. Todos los prisioneros ya hemos tenido suficiente con su actitud, mocosa cagada.

“Terminen pronto con él”

Cécile carraspeó y el reo hizo silencio, luego, el hombre colocó su frente en la mesa y cerró los ojos.

— ¿Y díganme? ¿por qué se hicieron soldados? ¿les gusta ser el perro de alguien más? ¡guau! ¡guau! —

Desde esa misma posición, el prisionero 590 empezó a gruñir y a ladrar cada vez más fuerte, y así continuó por un buen rato. Walker, pasmado, miraba a Cécile. Ella negó con la cabeza y le hizo una señal para que esperara.

— Hace meses, a la hora de la gimnasia, unos reos de nivel tres, tú entre ellos, mataron a un reo de nivel uno — ¿Por qué? ¿por qué a un hombre nivel uno? — Cécile elevó su voz, aunque la tensión era evidente. Aunque estaba tratando de controlar su molestia, no quería cometer el mismo error que Walker.

— ¿Por qué les gusta ser perros? un militar no es más que el perro de otros. Eh, tú, el grandote — El reo inclinó su cuerpo hacia adelante, con sus ojos desorbitados miró a Charles Walker.  — ¿a usted le gusta ser perro, oficial? ¿sí? ¿ es porque así puede lamerse sus propias bolas?— rió mientras hilos de saliva caían sobre la mesa.

— ¡He tenido suficiente! Respeta mi autoridad, pedazo de mierda, ¡respeta a la Federación!

— ¡La Federación puede besarme el culo! ¡Por culpa de la Federación estamos así! ¡Ustedes los de la Federación no son más que perros entrenados!— una vena saltona apareció en el cuello de aquel hombre, los cabellos alborotados y su barba le daban un aspecto siniestro. El orgullo militar de Walker se vio herido y cuando Cécile pensó que perdería el control, y le atestaría un buen golpe al prisionero 590, el reo cerró los ojos y comenzó a temblar.

Sus extremidades se sacudían y se agarrotaban tanto que las esposas le rompieron la piel de las muñecas. El hombre se arqueaba y sus músculos se contraían, parecía que sus huesos iban de estado sólido a gelatinoso en segundos.

— ¡Perros!, ¡malditos!, ¡muéranse todos! — gritaba

“Vamos a sacarlo de ahí, esto se acabó, ha sido demasiado para el preso 590”

— ¡Pero aún no hemos terminado! ¿qué está pasando? —

“Me temo que como autoridad de salud en Enthris mi opinión está fundamentada en mayor medida que la suya, Capitán Lorccan, y como tal, es que el prisionero no es ni física ni mentalmente apto para seguir con el cuestionario”

— ¡No quiero volver, no quiero volver! ¡primero muerto! ¡sáquenme! ¡quítenmelo! — el reo, desesperado, arremetió contra la mesa estrellando su cara una y otra vez. Gotas de sangre volaron hasta alcanzar la cara de Charles Walker quien se limpió como pudo, más horrorizado porque la sangre le había manchado el rostro que por el comportamiento de aquel desdichado loco.

Los guardias y personal médico, Mijailovic entre ellos, entraron a la pieza aparatosamente pateando la puerta. La científica sacó una jeringa semejante a una pistola cuyo contenido era un líquido azul y la colocó en el cuello del prisionero. La pequeña pistola hizo un ruido, como si estuviera cargándose de energía, al presionar el gatillo un pequeño golpe se escuchó. El líquido ya no estaba ahí adentro.

— ¡E-espere!  — Cécile tomó al prisionero de la camisa, Mijailovic reaccionó agresivamente golpeándole las manos con la pistola-jeringuilla.

— ¡Suéltelo!

El recluso, con las pocas fuerzas que le quedaban, debido a que el fármaco tranquilizante estaba actuando de manera veloz, tomó a Cécile por su uniforme y acercó su rostro al de ella. Entrecerrando los ojos, a punto de dormir, el hombre abrió la boca. La cabeza le daba vueltas y se tironeaba hacia atrás. Fueron unas cuantas palabras, dichas con una voz pastosa, arrastrando las sílabas, una voz parecida al quejido de un animal moribundo, que no tardaría en silenciarse sumida en el letargo.

“A los enemigos se les respeta, oficial, pero los traidores, esos son diferentes, a esos se les mata”.