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Enthris. Capítulo IX

Por: Kalashnikova el July 5, 2014
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Sospechas

Pabellón número uno, 2200 horas, León Jenner miraba su reloj insistentemente. No debería tardar demasiado en llegar aquél guardia. De pie en una esquina, con la pared cubriéndole la espalda, miró a su alrededor. Cada uno de los presos parecía tranquilo, algunos estaban hechos un ovillo en su cama, otros solamente estaban mirando pensativos hacia el techo o la pared. Por un momento, sintió pena por ellos. ¿En qué pensaban aquellos hombres? ¿estaban conscientes de que tal vez en Enthris se encontraban mejor que allá afuera donde probablemente no tendrían ni comida ni techo asegurados?… aunque…el estar encerrado y constantemente vigilado en un espacio reducido se podría considerar una buena vida pero al menos comían.

De pronto, oyó unos pasos acercándose al pabellón, se asomó lo suficiente para poder ver sin ser detectado. En efecto, era el guardia que había entrado a la celda, sin embargo, nada pareció haber perturbado su usual rutina. Tan pronto como entró al pabellón uno, salió diez minutos después.

“Puede que las cámaras hayan notado que estoy aquí, pero no puede ser que el guardia también lo haya hecho”, pensó

Jenner siguió a aquél hombre, con la agilidad y el sigilo de un gato. Llegaron a donde la torre central y el guardia cruzó de manera diametral hasta llegar a la parte posterior. Frunció el ceño “¡diablos!, ¡se me escapó!, veré qué tanto puedo acercarme”. Al acercarse a la parte posterior de la torre, sintió un empujón que casi le tira al suelo. Era el guardia, que al precipitarse hacia la salida, se había dado de narices contra el legionario.

— ¡Discúlpeme! — chilló el joven, con sus labios temblorosos intentó esbozar una sonrisa plena, mostrando toda su dentadura incluidos dos dientes de oro, incisivos grandes como los de un roedor.

— Un momento…

A los pies del guardia había caído una pequeña pistola con un tubo ancho y transparente en el lugar donde cualquiera esperaría encontrar el cargador. El otro hombre, al percatarse de que había soltado el objeto, se agachó torpemente para recogerlo y después salió caminando a una velocidad endiablada, como si nada hubiese pasado.

“Vaya, sí que eres rápido, ¿eh? con que es esto lo que ocultabas, ¿sonrisitas?…” dijo para sí mismo. “Tengo que ver a Cécile”. De la bolsa de cuero que traía ajustada al muslo sacó un radio compacto, lo ajustó en el canal siete y llamó a su compañera.

— Fenrir a Amarok ¿me copias?

— Aquí Amarok, ¿novedades?

— Afirmativo

Un enorme dragón bicéfalo se erigía en la parte trasera del complejo Domus, justo al centro de arbustos de bayas y árboles frondosos que hacían de ese punto, con excepción de las áreas climatizadas, el lugar más fresco de todo Domus. Jenner estaba sentado al pie del monumento, en el pedestal junto a la placa. Al poco tiempo, llegó Cécile con el fusil láser en el tahalí atado a su espalda.

— ¡Eh! escupe esas buenas nuevas — sonriendo, la capitán del escuadrón dos saludó al soldado.

Jenner se levantó, tocando su rostro sin afeitar, avanzó hacia Cécile. Ésta se contagió de la seriedad del soldado, ese gesto era característico de su amigo cuando quería decir que algo andaba mal.

— Oye, Cé, creo que tienes razón, aquí hay algo raro. —

— ¿Cómo así?

— ¿Recuerdas aquél guardia? ¿el que entró a la celda?

— Sí, ¿qué con eso?

— Pues, esta vez lo seguí, pero para mi sorpresa no entró a ninguna…

Jenner y Cécile estuvieron hablando largo y tendido acerca de sus sospechas. Empezando por cómo Parabellum insiste en entrometerse en el camino de la Legión, primero obstaculizando el interrogatorio del “rajacuellos”, y después evitando cualquier pregunta acerca de la salud del preso. Segundo, el comportamiento extraño del guardia y la jeringuilla…

— Se supone que estamos aquí para monitorear la actividad, de manera general, ¿no?

— Positivamente, se supone que nosotros, como representantes de la Federación, hemos venido a investigar posibles brotes rebeldes, porque Parabellum tiene algunas sospechas de actividad ilícita.

— Actividad ilícita de los presos… — murmuró la legionaria

— Así es, de los presos, pero ese guardia me parece sospechoso. ¿Qué era esa jeringuilla? ¿drogas? si era droga, ¿por qué entró a la celda? ¿la droga la traía antes o después de entrar?

— Espera, ¿Pero qué Parabellum no les tiene que hacer una prueba anti dopaje?

— Se supone… — el legionario se encogió de hombros — y si hay algún resultado sobre algún empleado o ex empleado, debe estar en los expedientes del personal…

— Y para verlos, tendríamos que arrodillarnos ante Mijailovic y Eriksson — Cécile se quitó la gorra y revolvió su corta cabellera.

La legionaria se sentó al lado de León Jenner y miró hacia el cielo. Desde que había llegado a Parabellum no se le había cruzado por la mente admirar las estrellas, esos millones de puntitos luminosos colándose por pequeños agujeros de aquella tela oscura, que era el firmamento. ¡Qué hermosa noche!, hacía mucho tiempo que no había podido tener una noche lo suficientemente clara y tranquila como para ver hacia el cielo y asombrarse de las estrellas esparcidas en él, y ahora que podía hacerlo, su mente trabajaba en tratar de comprender las incoherencias de la gente de Parabellum Security. Frustrada, Cécile pasó los dedos entre su cabello.

— Si estamos aquí para poner orden, ¿por qué nos estorban? ¿por qué tenemos que estar sujetos a lo que digan esos dos mocosos?

Jenner soltó una carcajada que atrajo la mirada severa de Lorccan.

— Sólo son un poco mayor que tú, y yo soy mayor que ellos. — le apuntó con su dedo índice  — En realidad tú eres la mocosa aquí.

— ¿De qué hablas, hombre? ¡Si no llevas ni tres años que acabas de entrar a la treintena! No llevas mucho ahí y ya hablas como anciano

— Sigo siendo mayor que tú, y el dúo fantástico de Mijailovic y Eriksson siguen siendo mayor que tú también.

— No me gustan las comparaciones y las quejas, pero en mi defensa, tengo que decir que soy competente, que he estado en combate, y que tengo cicatrices que lo prueban. Pasé tiempo en cama por algunas heridas láser y balas enemigas ¿lo recuerdas?

— Sí.. pensé lo peor…pero luego recordé que eres terrible y maleducada, y esos nefastos nunca se mueren.

— Cállate — Cécile le dio un golpe fuerte en el hombro

— ¡Auch! eso me dolió — carraspeó — pero ya, hablando en serio. Se que eres mi Capitán, que eres joven, y ellos también lo son, pero no creo que sea la edad el problema. El problema es que nos miran por encima del hombro. Están acostumbrados a hacerlo.

— Si, es eso. Eriksson y Mijailovic, esos en su vida han tenido que trabajar duro, los muy mamones. Te golpean la cara con su título de doctores cada que sienten que les van a dar su merecido

— ¿Su merecido? — León alzó la ceja divertido. Su sonrisa amplia y burlona inmediatamente hizo acto de presencia.

— Oh, vamos, sabes a lo que me refiero. — Lorccan alzó las manos al aire — se escudan en su título de doctores cuando tenemos la razón, cuando tratamos de ejercer nuestra autoridad como legionarios de la Federación. Es como si nos cerraran una puerta en la jeta.

Jenner parecía meditar las palabras de Cécile. Por unos segundos se hizo el silencio. El viento soplaba suavemente, el soldado agradeció la momentánea y muy ansiada misericordia de la naturaleza. Suspiró hondo y volvió a escucharse su voz.

— A decir verdad yo tampoco comprendo por qué no cooperan. Sin duda hay algo más ahí. ¿Qué ha dicho Charly?

— Charly es un mojón. Parece que también está de su lado. Según él, dice que está protegiendo a la Federación de acusaciones sin fundamento — dijo Cécile, puntuando con un movimiento de sus dedos  la última frase, como si fueran comillas.

— Vaya con este mocoso mamón. ¿Proteger a la federación? proteger su propio culo, quizá — León cruzó los brazos

— Resulta que ese mocoso mamón, es tu Capitán.

— No, Cé. Tú eres mi capitán, del equipo cero dos. Él es un mocoso mamón.

Cécile ahora miró a Jenner y alzó la ceja, imitando el gesto de su camarada que hace unos segundos había hecho.  Jenner sonrió. El soldado se levantó e hizo el saludo militar a la Capitán, ella respondió de la misma manera. Ahora se encontraba sola, con las estrellas sobre su cabeza y el dragón bicéfalo enfrente. Los ojos de la estatua parecían contemplarle, esperando el momento para tomarla entre sus fauces, al pie del dragón estaba la estatua de un guerrero armado solamente con una lanza y un escudo. “Pobre bastardo” pensó Cécile, el dragón ya tiene ganado ese combate.

El aire fresco soplaba suavemente, y la luna en cielo le recordaba su hogar, lejos de la Capital de la Federación. Trató de recordar las historias que sus padres solían contarle a ella y a sus hermanos, historias sobre la luna, los planetas y civilizaciones antes del nacimiento de la humanidad. ¿Cómo andaría todo en casa en ese preciso momento?.

Un crujido y el sonido de las plantas moviéndose, le hicieron volver la mirada hacia un camino que se adentraba en la oscuridad, en medio de arbustos de bayas y árboles perennes.

— ¿Quién anda ahí? — Sacó su fusil del tahalí y apuntó hacia aquel sitio — ¡Identifíquese ahora mismo!

Paso a paso, avanzó con lentitud hacia el ruido, consciente de que debería hacer el menor ruido posible, trataba de que cada uno de estos pasos fuera lo más ligero posible. El corazón comenzó a palpitar rápidamente en su pecho, sintió su sudor frío empapando su frente y los vellos de la nuca poniéndose erizados.

— ¡Identifíquese! ¡Tiene tres segundos!

Cécile encendió una luz larga que tenía colocada en el fusil, al no cargar su equipo de vista nocturna y no tener un blanco fijo, no disparó, en cambio se lanzó a la carga contra lo que pudiera haber ahí dispuesta a echarlo abajo de cualquier manera, aún si tenía que usar la culata de su fusil para ello. Cuando llegó al lugar de donde provenía el crujido, no encontró absolutamente nada más que árboles y un intenso olor ferroso impregnado en el aire.

“¿Pero qué carajos?…”

Al dirigir la luz de la linterna hacia abajo, encontró copiosas manchas de un líquido que formaban un tapete rojo a sus pies. La legionaria siguió después un rastro de ramas rotas y plantas maltratadas, que lucían como si algo les hubiese pasado por encima. El rastro desapareció unos pocos metros adelante.

Alejado de ese lugar, muchos más metros allá donde la linterna de la capitán no podía tocar la oscuridad, un gruñido monstruoso, que nadie en sus cabales calificaría como remotamente humano, rompía la quietud nocturna. Un alarido que cruzó el aire cual saeta, un alarido que Cécile confundió con un engaño de su oído, de su mente que aún se preguntaba por la intromisión de Parabellum en la misión de los Operaciones Especiales.