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Enthris. Capítulo III

Por: Kalashnikova el January 20, 2014
intervencion

Intervención

Observo una vez más la tarjeta del periodista Allan Souza mis dedos mientras salgo del pequeño lugar donde vivo al que, sin lamentarme, llamo mi hogar. Cierro los ojos un segundo y respiro profundamente luego cierro la puerta con varios candados. Suspiro agotada, desde la pelea en el bar mis piernas se sienten como atrapadas en dos cubetas de cemento y mi brazo rechina constantemente.

De día, esta calle parece otro mundo, sólo se escucha el piar de unos pichones que hicieron nido en un poste frente al alféizar de mi ventana. Al bajar la calle siento la pesadez de mis piernas a cada paso.

En mi mente ruedan los recuerdos de cómo desde que decidí ser, según yo, una persona ética no me he ganado más que amenazas y la persecución de quienes consideraba mi “familia”, por lo que desconfío de cualquier par de ojos que me parecen sospechosos. He terminado siendo menos una persona ética y más del otro lado, un lado al que juré jamás cruzar, amenazando a otros para vivir y protegiendo más a quienes no lo merecen. A esos, los villanos de la ciudad: pandilleros, chulos, mafiosos. Aunque de vez en cuando y porque el miedo los mantiene a raya, me doy el lujo de defender a quien lo necesita: al niño sin hogar, a los mendigos y las prostitutas, porque todos compartimos la misma calle, y respiramos el mismo aire viciado del complejo de un complejo de departamentos venido a menos. Defiendo, sin distinción, a quienes las buenas conciencias se jactan de ayudar, pero que en realidad les escupen en la cara.

Los defiendo con lo que mejor se usar… mis cuatro armas: brazos y piernas. Puedo ser un diablo o un ángel según quien se me plante enfrente.

Camino cojeando cada dos o tres pasos, no estoy segura de ir en la dirección correcta así que recorro unos cuantos metros hasta llegar a un kiosko de información, de las pocas cosas que puedo usar sin tener una identificación como toda la demás gente. En él puedo accesar a los mapas de diferentes partes del país.

“Usted está aquí” me dice la máquina con su voz con metálica, al detectar mi presencia frente a ella mientras en el mapa parpadea un punto rojo. “El número 480 de la calle 9 por favor”. El kiosko empieza a trazar una línea de un punto parpadeante color rojo en el mapa de la pantalla hasta un local dibujado en el mismo. Luego, me indica las calles que debo caminar, junto con el tiempo estimado que he de tardar de acuerdo a una velocidad de caminata promedio; el mapa indica un edificio de departamentos a unas cuadras de la oficina de Souza…Sonrío, la tecnología es tan sorprendente cuando se usa para el progreso como terrible cuando se usa para fines malvados, como quiera que sea, la idea de progreso es diferente para cada ser humano, la palabra adquiere diferente significado dependiendo de qué tan enferma o qué tan cuerda esté la persona que la enuncia.

Camino lo más rápidamente que puedo y con pasos largos, mi brazo está inmovilizado con un cabestrillo casero y vendado para disimular los cables que amenazan en salir. Mientras avanzo por las calles no puedo evitar dar un vistazo a mi brazo que cada minuto hace un ruido como de monedas en un bolsillo chocando entre sí. Frunzo el ceño, probablemente no solo mi brazo necesite revisión y reparación, es casi seguro que si no es hoy, mañana o pasado mi pierna derecha empiece a hacer ruidos extraños también.

Mientras cruzo la calle y las personas pasan a mi lado no puedo evitar preguntarme qué se siente el estar completo, el poder elegir entre una vida rutinaria o una vida caminando con los pies desnudos al filo de la navaja. A cada paso que doy, procuro mirar hacia los lados por el rabillo del ojo. Si hay algo que no ha cambiado durante todo este tiempo que las ciudades han sido ciudades, son las calles… y los semáforos. Ya sea sobre el asfalto o sobre vías magnéticas, la gente tiene que ver por dónde camina y por donde conduce.

Me detengo porque siento una mirada sobre mí. Viro la cabeza hacia ambos lados y me doy la vuelta; no hay nadie y sin embargo la sensación de ser observada ahí sigue. ¿Cómo sé que es una mirada?, no sé cómo explicarlo pero después de todos los acontecimientos en mi vida que me hacen ser quien soy, es casi inmediata mi reacción a las miradas, es como sentir cada pupila como agujas clavándose encima mío.

Para hacerme este brazo decenas de ojos curiosos, fríos y metódicamente científicos tuvieron que ver cada centímetro de mi cuerpo, observar cada reacción violenta producto del miedo; cada angustiosa escena de mi espíritu quebrado en mi cuerpo quebrado; cada mueca de rechazo a mi nuevo añadido remachado a mi hombro. Y es algo he tenido que aprender a controlar, he tenido que aprender a manejar este potente armatoste con naturalidad como si fuera el brazo con el que nací. Lo cual es una putada.

Una vez del otro lado y tras haber caminado unas cuantas calles, la sensación de estar siendo observada desaparece, vuelvo a echar un vistazo sobre mi hombro para estar más segura y suspiro aliviada. Unas cuantas calles, una vuelta a la derecha y ya estoy frente a un edificio de departamentos, al lado hay un café, la fachada de ambos edificios me da una bienvenida amigable que me hace imaginar casi de inmediato que la vida en el interior ha de ser cómoda también puesto que me encuentro en una parte de la ciudad que no parece tener graves problemas de delincuencia más allá del ocasional carterista.

Respiro hondo. “Intercomunicador. Al C-14, por favor”, apoyo mi brazo bueno en la columna de la entrada.

“C-14, ¿sí?”

“¿Está Souza ahí?…”

“¡Ah! eres tú, Souza no ha llegado, pero puedes pasar. Tercer piso y caminas tres puertas hacia adelante por todo el pasillo”

“En un minuto estoy arriba” contesto mientras mi mano juguetea con la tarjeta de Allan Souza que guardo en el pantalón.

Definitivamente tengo que dejar que me revisen las piernas, porque a cada escalón que subo siento pesadez al doblar las rodillas. En el tercer piso, del C-12 sale un hombre que me mira extraño, yo le miro de regreso, encoge los hombros y se va. Frente al C-14 hay un interruptor, lo presiono y la puerta se desliza hacia la izquierda. Me recibe un hombre algo más bajo que yo, vestido con ropa deportiva. En su rostro puedo ver círculos oscuros formándose bajo sus ojos y una barba de tres días. Sonríe amablemente y se aparta de la entrada para dejarme pasar.

Una vez adentro, me señala un asiento frente a una mesa llena de cables, tuercas, tornillos y herramientas varias. En unas repisas al lado de la mesa hay varios modelos de vehículos militares y libros sobre la milicia y las fuerzas de élite. Me siento en el asiento dispuesto para mí, el hombre se sienta enfrente y me mira no con una mirada de sospecha, o la mirada de un hombre que flirtea, sino con extrema curiosidad. Observa el tatuaje en mi brazo bueno.

Ese tatuaje debajo del lobo es de militar, definitivamente, aunque no reconozco qué tipo de unidad, ¿Qué rango tienes? ¿estás en contacto con máquinas todo el tiempo? ¿Qué armas usas?” pregunta atropellada y animadamente

Me gusta andarme con cuidado, nunca se sabe quién si el que te mira a los ojos quiere abrazarte o quiere acuchillarte. Lo observo antes de contestarle, él sigue sonriendo, se levanta de su asiento, entra a un cuarto –cuya puerta son unas cortinas de trocitos de cristal amarrados con cuerdas que cuelgan del marco– y me trae un vaso con jugo y tres galletas en un plato.

– Era militar, Capitán

– Capitán, ¿eh?, ¿Bueno, Capitán, le has acertado a alguien con tus armas? Coma galletas, están ricas. Por cierto, soy Alex pero me dicen “Sapper”–

Aclaro mi garganta, odio pensar en los disparos que he hecho, tampoco me gusta recordar a quién le he atinado en medio de los ojos, en una pierna, o en un brazo. Me encojo de hombros mirando hacia otro lado.

– De pocas palabras, ¿eh, Capitán?, ¿Cómo te hiciste esa herida?, Allan quiere que repare un arma que tiene averiada, ¿no?

La puerta del departamento se abre y entra Allan Souza con una bolsa en una mano y un portafolio en la otra, un delicioso aroma llena la habitación. Sonríe al vernos “traje el desayuno, espero estén hambrientos porque yo sí”.

Suspiro esta vez de alivio esperando que la comida cierre el pico de Alex.

– ¡Allan! justo estaba hablando con la Capitán aquí presente, nunca había conocido a un ex militar antes, y menos uno de un rango superior, sólo he leído bastante sobre ellos, sus armas, los vehículos. Todo es genial. Ella es genial– dice el amigo de Allan con exagerado pero verdadero entusiasmo.

– Silencio, la agobias, Sapper– contesta Souza secamente al verme incómoda evitando sus miradas.

– Eh, ¿pero qué trae? No me has dicho de qué trata todo esto ni he visto el arma que quieren que repare. – el hombre se ajusta los anteojos

Allan se quita la gabardina y la cuelga en el perchero junto a la puerta. Luego toma un asiento frente a nosotros. Me mira a mí, a su amigo y asiente con la cabeza. “Muéstrale” me dice Souza, lo miro con desagrado puesto que no estoy acostumbrada a recibir órdenes de parte de civiles. Me quito el cabestrillo cuidando de no arrancar algún cable y cuando termino, veo el rostro de Sapper con una mueca de sorpresa: las espesas cejas levantadas, una sonrisa que le surca medio rostro y los ojos abiertos como platos.

–Vaya, vaya… jamás había visto eso – murmuró Sapper, yo fijé mi vista en los cables saliendo de mi armatoste. De repente un cable se mueve hacia otro y hacen contacto sacando algunas chispas. Gruño del dolor.

– ¡Carajo!– grita Allan desconcertado llevándose una mano al rostro para cubrir su boca –Será mejor que te pongas a trabajar antes de que le ocurra otra cosa al mecanismo

– Sí, será lo mejor. Capitán…– me mira

Asentí y aguantando otro gruñido en mi garganta recupero la compostura. Allan va hacia la cocina del departamento y deposita la comida en un aparato para que no se escape el calor. Mientras Sapper se pone unos guantes de plástico y despliega todo su instrumental en la mesa de madera frente a mis ojos. Allan regresa con emparedados y los deposita a un lado.

– Yo no tengo hambre, pero seguramente la Capitán y tú sí. De todas formas no podría comer sin que le cayera algo al mecanismo del brazo y yo soy muy perfeccionista con mis reparaciones, así que… no se preocupen por mí–

Sapper toma un destornillador mediano de punta de cruz y empieza a quitar los tornillos del armatoste. Luego toma uno más pequeño y plano para deshacerse de los tornillos que lo aseguran a mi hombro. Nota que de mi hombro al brazo hay fibras de distintos colores y las va desconectando con unas diminutas pinzas una por una sin desesperarse. Una vez afuera, inspecciona el brazo detenidamente y nota los raspones en la carcasa aquí y allá. Lo examina con tanta dedicación que Allan y yo nos quedamos tensos mirándolo como si estuviera haciendo la cosa más interesante del Universo. Sapper nos responde sonriendo, con su sonrisa incompleta pues un colmillo hace gala de su ausencia.

– Este brazo es lo que podría llamarse: simple pero bello y complejo en su interior. Verán, el mecanismo es simple, sabemos cómo debe funcionar; pero la calibración, y los circuitos son complejos ya que debe imitar casi perfectamente a un brazo humano y ser controlado por los propios impulsos del cerebro de la Capitán, las fibras que acabo de desconectar son lo que están propiciando ese evento.–

Allan asiente y yo alzo la ceja derecha. Sapper ha cambiado en un abrir y cerrar de ojos su actitud y ahora se nota mucho más serio, mucho más parco. Sapper toma unos anteojos que se ajustan automáticamente a su cabeza y hacen chirridos leves mientras las lentes se intercambian, luego se acerca a mi mísero muñón de donde penden las fibras. Las inspecciona y hala suavemente una de color amarillo. Una tensión recorre mi pecho. Sapper carraspea, con otro tipo de pinzas muy diferentes a las que usó para desconectar mi armatoste toma una borla y la moja de un aceite color rojo, con él limpia las fibras. La sensación me hace dejar escapar unas cuantas risitas a pesar de no estar de un muy buen humor.

Allan nos mira y sonríe para sí. Una vez terminada la limpieza, lo cual me pareció una eternidad, Sapper voltea hacia nosotros y se sube los anteojos a la frente.

–Muy bien, las fibras están en buen estado, están resistentes y tus conexiones funcionan bien, por eso tu sentido del tacto funciona al cien. Ahora voy a ver el brazo. Eh, pero ¿No van a comer?– voy a tardar así que no desesperen– ¿Por qué no van al café de al lado? es muy bueno, si consumen un café cada uno no creo que les digan nada si piensan comer lo que compraste en otro lado, Allan.

– Excelente– respondió el periodista – ¿En cuánto tiempo regresamos?

– Una hora…, pero mejor denme una hora y media.

– Uh… bien– contesto

Me hecho la cazadora encima del hombro y sigo a Allan Souza que lleva la bolsa con comida. De nuevo la pesadez en las piernas, el reportero lo nota y me da una mirada compasiva, yo me rehúso a mirarlo a los ojos. No me gusta que me tengan compasión. Si parte de mi cuerpo no es mío, lo que sí, es mi dignidad. Con trabajo bajo el último escalón y continúo tras de Souza. Entramos al café.

– ¡Buenos días!– una chica con un delantal rojo nos recibe sonriente. Me mira a mí, luego a Souza durante más tiempo. Souza es un tipo bien parecido, eso lo noté yo también, es difícil ignorar a gente guapa.

– Hola, quisiera dos cafés…– Allan me mira, esperando a que diga mi orden.

– Quiero que sea negro

– Bueno, a mi dame uno sabor vainilla, con mucha crema. No estaría mal si nos dan crema extra y azúcar

– ¿A nombre de?

– Allan

Miré a ambos, estaban esperando mi nombre

– Cecé

La joven asiente y desaparece detrás de unas puertas como las que hay en esas antiguas películas de bandoleros. Nosotros tomamos asiento en una mesita a un lado de la ventana, la única que quedaba libre.

–Con que Cecé, de Cécile, ¿no? es lindo creo que te queda–

– No digas tonterías– le miré a los ojos buscando cualquier atisbo de burla, no encuentro nada de eso.

Allan sacó del bolsillo de su cazadora verde una especie de tableta del tamaño de una tarjeta para transporte y la puso en medio de la mesa. De ella salió un holograma de un micrófono y dos avisos flotantes donde se leen las palabras “Grabar” y “Escribir”.

– Bien Cécile, como te había dicho, soy un periodista y escritor. Comúnmente hago reportajes de investigación para revistas de manera independiente

– Sí…

– Se que fue impulsivo, pero… al ver tu brazo, tu tatuaje de ex militar…

Coloco mi brazo bueno en la orilla de la mesa, sosteniéndola tan fuertemente que mis dedos comienzan a doler. Mis ojos se posan en el holograma y luego en Souza. “Si hay tiempo de retirarse este es el momento” pienso e incluso me preparo. Sin embargo, se que de alguna manera tendría que pagar la ayuda que me estaba brindando Sapper y siendo yo, literalmente “nadie”, no podía ser cobarde ahora mismo; no después de lo que ha pasado, no después de servir, vencer y partir. Souza comía un emparedado mientras acercaba uno para mí.

– Souza– lo interrumpo, con un tono de voz frío – sé de qué se trata, sé que me dirás que será beneficio para ambos. Sin embargo quiero que sepas que esto no es como tus otras historias, esto no es ficción, esto no es el reportaje del millonario donando las chucherías que le sobran a niños pobres. Esto es real, es una mierda enorme. Esto no es un juego, necesito que se sepas… pero también necesito que estés totalmente convencido.

Souza alza las cejas, traga su bocado con dificultad, abre la boca para decir algo pero enseguida se cubre con su mano y decide mejor callar. La sonrisa se esfuma de su rostro en un parpadeo para dar paso a la máscara de la seriedad. Me apoyo en la mesa para hacer un contacto visual más íntimo.

– Quiero ser tu fuente anónima, no es seguro ni para mí ni para ti revelar identidades. Me sentí observada camino a la casa de Sapper. Hablo muy en serio–

–¿Qué?, ¿Por qué no me habías dicho desde un principio?– pregunta casi gritando. Algunos clientes del local miran hacia nuestra mesa y otros sisean para callarnos.

–Cierra la boca, No iba a decirte nada con ese ratón curioso de Sapper ahí– dije susurrando

–¿De qué trata en realidad todo esto? ¿quién te sigue?–

Justo cuando juré que Souza se iba a mear del susto escucho nuestros nombres. Nos llamaban para recoger el café. Souza y yo nos levantamos al mismo tiempo y caminamos de regreso a donde estaba la chica del delantal rojo. Ella nos acerca unas tacitas con saborizantes, una vasija de crema y azúcar. “El café negro es muy bueno, pero tal vez quisieras probar las cremas saborizantes” guiña un ojo, para luego volver a la habitación con las puertitas verdes. Miré a mi lado y Allan no estaba allí. Le doy las gracias, mientras ella me mira con sus enormes ojos verdes.

De nuevo frente a Souza que estaba dando un sonoro trago a su café me acomodo la cazadora y carraspeo. Souza se pasa sus manos por el cabello y suspira.

–Bien, sea lo que sea, estoy adentro. Creo que tengo algo, tendremos que usar un método para comunicarnos anónimamente, me interesa que conozcas algo. ¿Tienes acceso a algún tipo de telecomunicación?– suena decidido.

–Ninguna, prefiero no usar teléfonos, ni fijos, ni móviles. Escucha, ahora mismo mantengo mi perfil al ras de la calle. Literalmente es imposible bajar más.

– No hay problema, otros periodistas han hecho esto. Al finalizar la entrevista, te daré un dispositivo prepagado y con una clave que podrás desechar en el momento que quieras, esto hará sonar al mío para avisarme que ha sido destruido. El aparato sólo tiene una vía de entrada y otra de salida de información. Es un canal que nos permitirá comunicarnos y enviarnos mensajes sin preocuparnos de intrusiones.

– Está bien. Que sea cierto– le apunto acusadoramente con la cucharilla de café.

– Voy a poner la grabadora en modo de escritura, a la cuenta de tres va a empezar a escribir tu historia. Procura no decir tantas muletillas, también las escribe. –

– Empezaré desde mi entrada al ejército–

Una línea ondulante aparece en la pequeña pantalla de la grabadora mientras parte de mi vida y parte de mi pasado, salen de entre mis labios.