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Enthris. Capítulo II.

Por: Kalashnikova el January 7, 2014
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Lobo Rampante.

El barbón yace en el suelo tratando de recuperar el aliento, cuando se calma mira hacia arriba, parece un penitente frente a una diosa…una diosa y señora de la guerra que le observa con complacencia. Luego, el bravucón abre sus ojos como platos, arrugando su frente, su boca parece un túnel sin fondo abierta a más no poder. Enardecido por el combate se levanta y le apunta con el dedo índice.

“Trampa, me has hecho trampa. Nunca dijiste que eras uno de ellos, ¡eres una de esas cosas extrañas que no son ni humanos ni máquinas! Mutantes, o qué se yo”

No sabía a qué se estaba refiriendo, sin embargo noto cómo la expresión de la mujer cambia de ira contenida a pánico absoluto. Con sus gruesas cejas alzadas, y su boca entreabierta mira a otro lado del bar y luego a su alrededor, los tipos que hacía minutos la querían levantar en hombros daban un paso hacia atrás. Y yo, que terminé justo en medio del duelo de miradas y el despliegue descarado de violencia, comprendí todo.

Aquél brazo no tiene ni un milímetro de piel humana, las vendas están lo suficientemente flojas para dar paso a unos cables rojos y amarillos que salen de una placa de metal. Recordé en instantes la investigación de un colega que francamente en el momento en que la tuve entre manos para corregir su redacción me pareció esquizoide, pero no le dije nada porque yo solamente era el corrector de estilo. Ésta hablaba sobre tatuajes de guerra, rangos militares y proyectos con fines expansionistas; varias naciones y sus diferentes aliados supuestamente se estaban enfrentando en una guerra fría cibernética y marcaban con tatuajes a los soldados rebeldes.

Así que…literalmente está hecha de acero, ese barbón es un tarado, esa mujer no es una mutante…sino que, de acuerdo al material recopilado por mi colega, ella debe tratarse de una veterana de guerra. Volví a mirarla, en su otro brazo pude ver un tatuaje, lo que me pareció un escudo con un lobo rampante en el medio. En ese momento hice una nota mental: discúlpate con tu amigo y dile que ahora estás considerando su investigación como la pieza más interesante que has leído en los últimos años.

“Eh, eh, ¿Te quedaste muda? “El tipo enorme como armario se acerca a ella con paso amenazador, el pecho echado hacia adelante para aparentar ser más grande aún.

“¿Crees que con esta maraña de cables saliendo del brazo tendría alguna ventaja sobre ti oh gran machote?” se burla descaradamente de él con su voz de contralto forzada en un tono de falsete.

“Seguro esto es lo que te falta y no te ha tocado en meses” El tipo se coge la entrepierna con la mano. No puedo evitar encoger los hombros y hacer una mueca de asco, mi reacción no pasó desapercibida por algunos hombres que tenía al lado, que solo rieron.

Algunos de los borrachos que quedaban en el bar, de repente como si se sintieran sobrios, salen corriendo. Otros con ansias de camorra se quedan a esperar que aquellos dos se arreglen por fin la cara a golpes. A coro de “pelea” y “dale duro” caldean los ánimos de los potenciales peleadores. El buen Petrus llega a donde nosotros y dice en su voz grave y rasposa

“Largo de aquí, yo solo quiero dos clases de clientes: borrachos alegres y borrachos con dinero para gastar, a pelearse allá en el bar de la próxima cuadra, allí no faltan los muertos cada jueves y las ambulancias cada viernes”.

Parecía como si el tipo tuviera un tapón de cera en los oídos porque ignora la advertencia de Petrus y se abalanza contra la mujer. Ésta lo esquiva, pero el tipo, que no era tan torpe, en un segundo intento alza su brazo y aprieta el de ella con su mano. El brazo mecánico hace un ruido chirriante, pero sin alterarse demasiado ella acerca este brazo hacia sí llevándose al tipo de encuentro. Luego salta y con la fuerza de su cadera le atesta una buena patada al rostro. Los huesos crujieron, un chorro de sangre cruza los aires y el grandulón cae tan fuerte que hasta siento el suelo moverse.

“¡Parece ser que no me escuchaste la primera vez, pero lo repito, si vuelves a tratar de ponerme un dedo encima juro que te rompo cada uno de los huesos de tu cuerpo a patadas!” ruge la veterana y mueve el brazo mecánico sólo para comprobar que el daño que ya tenía se ha hecho más severo; después sale caminando a paso rápido del bar y yo parpadeo repasando en mi mente la película de acción que había transcurrido frente a mis ojos en unos pocos segundos. ¡Qué fascinante!, sonreí, ¿Y qué tal si?… salgo corriendo para tratar de alcanzar a la veterana, sin duda era tan relevante como para escribir sobre ella.  Estoy a unos pasos de alcanzarla cuando se detiene y da la media vuelta.

“¿Qué quieres?, yo sabía que te traías algo, no me despegabas la mirada allá adentro en el bar. No estoy de ánimos como para acostarme contigo” me mira con su mentón levantado, como miran los militares.

“No, te equivocas, yo quiero… ¡dame una entrevista!” le grité sin más, luego me di cuenta de lo que había dicho y me sonrojé. Era una declaración ambigua y sin sentido por sí sola.

“Tú eres un loco, o es el intento de seducción más lamentable que he escuchado, no sé qué demonios…”

“No, espera, déjame explicarte”

“Sin rodeos, dime de una vez por todas qué mierda quieres”

“Vi como traes el brazo, yo conozco a alguien…” avancé hacia ella, gran error.

Ella naturalmente estaba a la defensiva, pero al mencionar el hecho de haber visto su brazo, me tomó del cuello de tortuga de mi suéter y me haló hacia sí, quedamos tan cerca que podía sentir el alcohol en su aliento. Su reacción no había sido exagerada, acababa de meterme en su espacio personal. Súbitamente su apéndice de metal cruje y la piel del brazo normal se eriza.

“¿De qué se trata todo esto?”

“Yo escribo, soy periodista y también escritor independiente… yo vivo de eso… y, creo que puedo escribir sobre ti. Yo conozco quien puede ver tu brazo…”

No me deja terminar de explicar mi propuesta y aun sujetándome de la ropa, avanza con zancadas enormes y yo retrocedo hasta que siento el frío de la pared que traspasa mi cazadora. Me mira a los ojos, y sin parpadear me suelta. Le miro confundido y de hecho, con algo de miedo. Pero ella se aclara la garganta y me ofrece la mano que tiene bien. Sin dejar de observar el lobo rampante de su brazo y un extraño código de números bajo éste, la estrecho y ella me da un apretón tan fuerte que siento que se me voy a quedar manco. No me quita la vista de encima, sólo me queda emitir una sonrisa producto de los nervios. Ella sabe que yo no puedo dañarla ni usando toda mi fuerza, así que si quisiera, podría doblar mi cuello hasta hacerlo crujir como mondadientes.

Cruzamos miradas como cuando estábamos en el bar, como si ella pudiera leerme o destruirme en el acto con las pupilas. Sonríe un microsegundo, una sonrisa condescendiente porque en realidad no soy yo una amenaza.

“Periodista…”

Le doy una tarjeta de esas que despliegan un holograma cada vez que alguien toca con sus dedos el pequeño botón que se encuentra en la parte superior derecha. Esas malditas tarjetas costosas, sabía que algún día me iban a servir.

“Mira, yo voy a mandarte una dirección vía ese holograma. No debe tardar en actualizarse la información, aproximadamente en una hora vas a tener todos los datos necesarios, tomaremos un desayuno y te arreglarán el brazo todo en el mismo lugar”

No dice nada, solo asiente con un movimiento de cabeza. Yo sonrío, con la mejor sonrisa que le puedo dar y me ajusto las gafas, no se atrevería a golpear a un hombre con gafas, ¿o sí?… tal vez sí. Me despedí y me dirigí con paso apresurado hacia mi casa, tendría poco tiempo para actualizar la información de la tarjeta y descansar. El viento fresco revuelve mis cabellos y maldije mi tendencia olvidadiza de dejar las bufandas en la percha al lado de la puerta pero no tomarlos al salir de casa.

Caí en cuenta en mi audacia y estupidez ¿de dónde había salido eso? ¿de verdad vale la pena seguir corazonadas? Vaya que si necesitaba un golpe de suerte. Pienso en la mujer, siento remordimiento al considerarla por ahora como sólo un conjunto de letras digitales en tarjetas de lectura. Miré mi reloj, en unas cuantas horas sabría si de verdad la diosa fortuna me sonreía.