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Enthris Capítulo I.

Por: Kalashnikova el December 27, 2013
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El duelo.

Los débiles rayos del sol crepuscular se cuelan por los espacios entre las cortinas. Tumbado en mi cama me estiro para desentumecer mis músculos. No sé cuánto tiempo he estado mirando la bombilla en el techo de mi habitación, por fin me decido a moverme de lugar. Parpadeo y me froto los ojos, extiendo mi brazo hacia mi lado derecho donde hay una mesita de noche, tomo mis gafas de pasta. Aún me siento como si mi cerebro diera vueltas sobre su propio eje dentro de mi cabeza.

Bostezo “¿Qué horas son?”

“Las 18:30” me contesta un holograma de una bella mujer con voz aterciopelada. Estos aparatos para medir el tiempo, cada día más interesantes.

Al lado de mi despertador se encuentran diapositivas holográficas de una escena familiar que nos muestra a mis hermanos y a mis padres abrazándonos y riendo. La serie de diapositivas termina con el holograma una colega de trabajo que conocí hace años cuando trabajaba como redactor en un periódico extranjero. La chica virtual me arroja un beso y sonrío.

He estado tratando de escribir una historia nueva, pero cada vez que arranco escribiendo, enlazando palabra tras palabra, encuentro algún error que me hace borrar lo que ya había escrito y termino con mi documento en blanco tal y como antes de empezar.

Apenas acabo de despertar y ya me siento agobiado, mi mente me vuelve a recordar que no he escrito ni un solo párrafo de mi nuevo libro, ni siquiera he pensado en la trama y tampoco he tenido ideas para mi nuevo editorial en el periódico local.

Siento los músculos de mi nuca hechos nudo y mi boca reseca. Necesito un trago. Me levanto y camino hacia mi armario arrastrando los pies, un pobre diablo en el espejo me devuelve una patética mirada compasiva. Estoy hecho una mierda.

Me visto rápidamente más o menos tratando de lucir casi como una persona con vida y no como un enfermo de gravedad. Unos vaqueros, un suéter verde y unas botas negras harán el truco, pero con esta barba de días tendría suerte si no me confunden con un expresidiario. Sin más, tomo mi cartera -reviso que tenga chips monetarios, tarjetas e identificación- , tomo mi cazadora verde de la suerte y salgo con paso apresurado. Un trago calmará mis nervios.

Después de un viaje de diez minutos en autobús ligero llego al bar del buen Petrus. Conocí el bar cuando vine con unos amigos a celebrar mi primera publicación nominada a un premio, ¡qué tiempos aquellos!, ahora parezco más un oficinista presionado que un prospecto de ganador. Abro las puertas de par en par y entro con paso confiado. Algunos de los parroquianos, caras conocidas sonríen de ebriedad, otros tantos, en un estado lamentable, me miran con ojos vidriosos mientras pienso en cómo no me gustaría verme así algún día, sino sosteniendo una estatuilla que diga “Allan Souza, premio de novela contemporánea”, o un premio de periodismo o uno de literatura, el que llegue primero. Sacudo mi cabeza, no es tiempo para soñar.

Mientras me acerco lentamente a la barra, Petrus, un tipo alto y fornido con algunas entradas en el cabello me hace una seña, yo le contesto levantando mi mano derecha como diciendo “hola”.

“¿Eh, que te trae por acá? ¿preocupado? todo mundo viene porque está estresado, decían que el “estrés” era la enfermedad del año 2000, pero ya ha pasado mucho tiempo desde aquél año y la gente se sigue muriendo de eso. Pero no te preocupes, aquí siempre voy a estar para atenderlos. Soy más barato que un psicólogo y se sirve buena cerveza” Petrus muestra su sonrisa incompleta, él fue soldado alguna vez y perdió un incisivo y un canino por camorrero, como su seguro no cubría su dentadura, decidió dejarla tal y como estaba, al igual que su tatuaje oficial de su escuadrón. Algún día tendré que relatar su historia.

“Petrus, dame una cerveza bien fría”

“Dame, ¿cuál dame?, te la vendo” dijo en un tono jocoso

“Cállate, hombre, eso” reí también mientras observaba las ventanillas en su boca.

Con la cerveza en la mano echo un vistazo a mi alrededor por si notaba algo interesante que me inspirase, que influyera significativamente para tomar mi siempre confiable lápiz y papel, muy a pesar de los hologramas, y garabatear todo lo que se me ocurriera en ese instante.  Pero todo lo que veo es gente desesperada, gente herida, gente despechada o gente muy loca tratando de hacer lo que habitualmente suele hacer: olvidar, divertirse o llorar. Suspiro frustrado.

“¿Otra vez no se te ocurre nada?”

“No, Petrus, mi cerebro está como carta de ajuste de esas viejas televisiones”

“¡Buena esa! No sé si decirte que busques otra forma de sacar esos demonios porque primero, me caes muy bien, y segundo, me traes dinero como cliente frecuente”

“Cállate Petrus… bueno, tienes razón” ambos reímos

Cerca de la barra puedo ver un corro de parroquianos alrededor de una mesa, que al principio estaban muy callados pero después empezaron a hablar más fuerte, parece que en esa mesa hay un juego muy animado porque la gente curiosa se levanta de su mesa y prácticamente salta para poder ver. Yo tampoco aguanto mi curiosidad, dejo mi cerveza en la barra y me acerco al grupo.

No puedo ver nada entre tantas cabezas y tampoco puedo entender mucho entre tanto grito y silbido. Un coro grita “fuerza, con fuerza” y otros gritaban “enséñale una lección”. Me hago espacio como puedo, a codazos entre las personas, por fin veo aquel curioso espectáculo. A un lado de la mesa se encuentra una mujer vestida con camiseta negra, pantalones con muchos bolsillos y botas de combate. A pesar de que toda su vestimenta tiene aspecto de haber resistido un buen número de lavadas y secadas al sol, luce limpia; del otro lado está un sujeto con el pelo casi al ras y con una barba de candado mal recortada. Tiene un puro en la boca el cual aprieta entre sus dientes. Él llevaba puesto una camiseta gris y pantalones vaqueros con botas de cuero que alguna vez pertenecieran a una desafortunada serpiente. Vaya par de tipos rudos.

Ambos están concentrados en la mirada del otro, como acuchillándose con las pupilas penetrantes. Tienen sobre la mesa cada uno un brazo, con sus manos entrelazadas y están enfrascados en una pequeña guerra campal a un lado de por lo menos una decena de vasos vacíos y botellas de cerveza. El tipo parece estar haciendo su máximo esfuerzo, su cara se pone del color de una granada y las venas se levantan en su cuello y en las sienes, pero ella parece más concentrada que en aprietos.

Mientras los espectadores rugen, los gladiadores de taberna parecen luchar por su vida. En especial él. En algunos segundos el brazo de ella está a punto de ceder ante la fuerza de su oponente, pero luego ella le borra su sonrisa de macho confiado en un parpadeo y repunta con potencia doblegándolo hasta casi tocar la mesa, pero sin ganarle aún. Aquello enfurece al de la barba, que emite un rugido semejante al de una bestia. Potencia, músculos tensos. Espectadores sorprendidos, parecen los legendarios Juegos Olímpicos.

Camino alrededor del grupo para verla mejor y noto que en su brazo hay un vendaje que se encuentra flojo sobre su bícep hinchado por el esfuerzo. Ella levantó la mirada y se topó con la mía. Nos miramos una centésima de segundo pero siento mi saliva atorándose en mi garganta no porque ella sea atractiva -que sí es poseedora de un aspecto poco convencional, ya que a pesar de su nariz desviada, imagino que por una colisión contra algún puño en algún momento de su vida, el aire peligroso y esa cicatriz que le surca el mentón y otra en medio de la cara, cuales sendos ríos en la tierra, le dotan de personalidad-, sino que en ese momento sentí como si estuvieran observando el interior de mi ser y estoy seguro de que ella también se sintió de la misma manera.

Por pocos segundos la gladiatriz estuvo a punto de perder el juego y me siento culpable al ver que su brazo vendado casi tocaba la mesa. Pero así como perdió la concentración la recuperó, con un movimiento brusco y poderoso da por terminada la partida y el brazo lleno de venas protuberantes del tipo barbudo da contra la mesa en un golpe que hace saltar a cada uno de los vasos y botellas que se encuentran sobre ella.

Rechiflidos y rugidos estallan en el bar. Y ella ríe a carcajadas al tomar una bolsa llena chips de créditos monetarios y tarjetas-seguramente las apuestas que había hecho- mientras se deja abrazar por la gente que desde un principio estuvo de su parte. Dos tipos borrachos tratan de levantarla en hombros, pero ella no los deja. Miro sobre mi hombro y alrededor. Noto que el bar está dividido -los que estaban a favor del barbudo y los del equipo de la guerrera. Los del bando contrario no se encuentran nada complacidos por la implacable derrota. El barbón escupe su puro y lo aplasta con sus ridículas botas puntiagudas.

“¡Oye tú!” el hombre va directo hacia ella y alza una de sus manazas para tomarla del brazo, pero ella retrocede a tiempo, lo único que él puede tomar entre sus dedos es el aire; rápidamente en un segundo intento tomó su brazo, pero ella hizo fuerza y le dio un fortísimo gancho al hígado con el otro puño, el que le quedaba libre. El tipo aspira aire por la boca en un gemido gutural y se tira de rodillas al suelo.

El resto del bar estalla en carcajadas y unos cuantos, sintiendo la potencial violencia del lugar, salen discreta pero torpemente tropezándose con sus propios pies.

“No vuelvas a tratar de ponerme una de tus garras encima, puerco, o si no…” ruge la desconocida y luego volvemos a cruzar miradas. Entonces noto que la venda le ha sido arrancada de su herida…