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El útimo acto

Por: Kalashnikova el December 20, 2013

Itzhak miró el patético reflejo que le devolvía aquél sucio cristal del cuartucho en las cámaras. Hacían ya meses desde su llegada al campo y no había vuelto a verse al espejo desde que… desde que a empujones lo sacaron a él y a su familia del edificio de departamentos donde vivían en París. Solo les permitieron llevar una valija con lo más indispensable para sobrevivir, aunque su mujer insistió en llevar las pocas joyas que poseían para cuando los invitaban a bodas y otras fiestas. Sus ojos se aguaron con el amargo recuerdo y volvió a mirarse al espejo, su cara tenía un color cenizo, pálido y sus ojos parecían hundirse como dos canicas de metal en una almohada de plumas, además su cuerpo otrora vigoroso y macizo, parecía que podría quebrarse en cualquier momento. Estaba hecho un esperpento, pero al menos no tenía el aspecto de un muselmann.

Su corazón pesaba más que su cuerpo, miró hacia el suelo y vio sus botas de cuero. Era un privilegio poseerlas, cuando todos los demás compañeros de barraca tenían que soportar llevar esos torturadores suecos de madera, se los había ganado. Él pertenecía al sonderkommando y eso le daba ciertos privilegios sobre los demás prisioneros, cerró los ojos apretándolos y se limpió las manos con la camisa de su ajado uniforme a rayas. Observó a sus compañeros y pensó en cómo se habían convertido en autómatas dentro de ese ciclo vicioso de la muerte y el engaño. “Si, todo estará bien”, “No pasará nada, estén tranquilos”, “Sólo es una ducha caliente”, “Cuidaremos bien de sus pertenencias, somos de los mismos, somos hermanos”.

Ver morir a los otros para poder vivir, día tras día. Ver la última mirada de esperanza en los rostros de las ancianas, de los niños, de las jovencitas que seguramente soñaban con una vida normal junto al amor de su vida, sus hijos y un perro. Otro sonderkommando cerró las puertas.

-¡Gas!,  ¡Gas!- sonaron los gritos del S.S.

Rápidamente otros hombres del sonderkommando se dirigieron hacia la puerta que habían cerrado. Entonces fue cuando sonaron los golpes, uno a uno caían como peñascos en aquella puerta verde. El corazón de Itzhak comenzó a latir frenéticamente y se abalanzó también hacia la puerta.

-¡Que no se salgan!- Ordenó otro compañero.

“Dios mío, por favor” fue un clamor en su mente que ni siquiera Dios parecía escuchar. Si no pensaba rápido en otra cosa, enloquecería, fue entonces cuando comenzó a recordar, cerró sus ojos y en su mente, cual proyector de cinema, empezó a proyectar aquellas imágenes que hasta ahora permanecían en su cabeza y evocaba en los momentos en que se sentía más desconsolado y agotado de vivir.

Sucedió al llegar al campo, Itzhak se disponía a bajar por la rampa. Después de un largo viaje  los ocupantes del tren se habían desnudado parcialmente para soportar el calor asfixiante en el interior de los vagones de ganado. Había sido un viaje infernal, cada vagón tenía unas cuantas rendijas con barrotes por donde entraban el aire  y la luz, no había lugar para hacer las necesidades más que un triste cubo de metal que tarde o temprano se llenó. Aunque mucha gente juró que jamás lo usaría, la condición de humano, de ser viviente, vencía a la voluntad. En una ocasión, el tren dio un movimiento brusco y el cubo cayó, vaciando parte del piso, entonces algunos pasajeros sufrieron arcadas debido al intenso hedor, y vaciaron sus estómagos. La pestilencia los acompañó así hasta Auschwitz.

Salió a empujones del vagón, olvidando a los que no habían podido sobrevivir al viaje, a los niños y a los ancianos a los que la muerte besó y tomó entre sus amorosos brazos los vivos semidesnudos se los llevaban entre los pies. Al diablo con ellos, parecía como si el estar en un vagón de ganado los hubiera insensibilizado al grado de no pensar, como el ganado.

Itzhak apartó la vista de aquella muestra de total indolencia. Miró hacia el frente y vio un sujeto que traía puesto un pijama de rayas con una estrella de judío en el pecho. El tipo le señaló una fila y lo empujó hacia ella. Itzhak caminó lo más rápido que pudo, pero entonces la vio.

Aquella mujer era la más bella criatura que había visto en sus veinticuatro veranos de existencia. Hermoso cabello castaño, ojos azules, labios rojos  y bella piel de porcelana en un cuerpo hermosamente proporcionado. La más perfecta representación de lo hermoso en la tierra, ni siquiera el más consagrado artista podría haber creado tal belleza. Pensó que de no estar en el predicamento en el que estaba ahora, se hubiera animado a invitarle un café, en Paris. En un buen café, con croissants y repostería fina para también conocer la belleza de sus palabras y la de su alma. Sonrió tristemente, primero por sus pensamientos tan vanos y segundo porque probablemente la bella mujer y él estarían muertos al siguiente día.

De repente, la bella fue detenida por un alemán enfundado en un traje de las S.S. Semejante bestia debería tener el tamaño de una puerta y sus hombros eran anchos. Parecía un armario. El alemán se quitó la gorra y dijo en voz alta, como para que los demás escucharan.

–          ¡Pero si es Mademoiselle Josephine Lefèvre! ¡Con ese apellido tan francés y esa carita tan perfecta y angelical nunca me imaginé que usted era una puerca judía más!- dijo el S.S. con un las erres palatales resonando fuertemente, yo entendía su alemán, pero su acento era exagerado, como el de Hitler, parecía ser una moda entre ellos.

Josephine… un hermoso nombre, y ahora Josephine estaba siendo acosada por un maldito lobo alemán y él ahí  como cobarde sólo veía. Alcanzó a ver como la señorita Lefèvre fruncía el ceño. El alemán conocía su nombre completo, así que debiera ser famosa. Itzhak, como amante de los libros, del estudio y del conocimiento, era ignorante del mundo y de sus complejidades, por lo que a pesar de que Josephine Lefèvre parecía ser una mujer muy famosa nunca había escuchado de ella hasta que ahora su nombre salía de los ruines labios de un alemán con aspecto de armario. El alemán se acercaba a ella y trataba de tocar torpemente su hermosa cortina de cabellos color chocolate, pero ella como si fuera un gatito arisco se hacía hacia atrás como por un impulso eléctrico. El S.S. desenfundo su luger, su arma de cargo y le apuntó con ella hacia los pies.

–          Mademoiselle Lefèvre, ya que probablemente no podremos disfrutar nunca más de sus encantadores movimientos encima de un escenario ¿Podría deleitarnos con una última danza?- el alemán sonrió

–          … de acuerdo Herr e Schillinger -dijo observando la insignia que revelaba, con letras puntiagudas y toscas el nombre del S.S.  su voz, aunque concordaba con su aspecto, sonaba resignada y melancólica, como una preparación para dejar este mundo desgraciado.

Entonces Josephine Lefèvre se puso en pointe y comenzó a danzar, como nunca había danzado en su vida. Odiaba admitirlo, pero después de ese viaje dantesco y conducirse entre empujones y pisotones a través de ese amasijo de gente semidesnuda y chorreando sudor, por primera vez en días, se sentía libre, aunque ahora tuviera a un alemán de dos metros y con hombros tan anchos como un armario apuntándole con una luger. Su rostro se iluminó, sus ojos estaban cerrados y su boca entreabierta tarareaba una pieza clásica para acompañar su danza. Los ojos verdes de e Schillinger brillaban con emoción, parecían dos botones brillando en una pieza parcialmente iluminada. Su boca se curvó en una sonrisa satisfecha y veía embelesado los suaves movimientos de mademoiselle Lefèvre, al igual que Itzhak admiraba la técnica y destreza de tan prodigiosa ballerina.

-Qué mundo tan injusto…- Itzhak seguía avanzando lentamente entre la multitud para evitar ser envido con los demás recién llegados como él y poder ver por más tiempo a Josephine danzando suavemente como una hoja en el viento.-tanto talento … aprisionado en un campo de muerte-

Itzhak Goldberg vio entonces como Josephine Lefèvre se acercó danzando en pointe hacia e Schillinger, pronto sus rostros quedaron a centímetros de distancia, Schillinger completamente absorto en la intensidad de los ojos de gato demademoiselle Lefèvre. Y ella, sin pensarlo dos veces, con un movimiento ágil como su cuerpo de ballerina, tomó la luger del soldado, salió de su posición de baile clásico y le apuntó. Sus ojos se habían transmutado y se habían encendido como dos faroles en las callejuelas oscuras de París. Sus ojos de gato lucían crueles, como el mar embravecido, como un cielo a punto de arrojar sus lanzas luminosas para castigar a la tierra. Los otros S.S. se dieron cuenta de la situación y corrieron hacia allá. Schillinger abrió los ojos como platos y mostró sus dientes apretujados como los lobos cuando sienten temor. Lefèvre, con sangre fría, y tomando la luger con una sola mano le disparó a Schillinger en medio de las cejas. Cuando la bala le atravezó la cabeza estaba otro S.S. detrás de él, la bala lo atravezó también. Dos pájaros de un tiro.

Los otros S.S. que se acercaron a contener a la bailarina corrieron con el mismo destino que Schillinger, una bala en el ojo, agujerando el cráneo, otro en justo en el corazón, otro en la boca atravesando al desgraciado por las vértebras. Cuando Josephine se quedó sola, acorralada y con otros S.S. acercándose desenfundando las luger, revisó el compartimento del revólver y sin pensarlo dos veces estrujó el cañón contra su pecho, donde estaba el corazón. Había reservado esta última bala para ella. Para su corazón apasionado que sabía que era la única manera de morir con dignidad y no morir en un campo donde jamás podría volver a bailar, el baile le había dado la libertad y si no podía volver a bailar, ni volvería a ver a su madre y a su padre, no tenía caso vivir. “Maman… Papa…adieu” dijo sollozando con sendas lágromas cayendo a borbotones de sus ojos de gatito y disparó.

El sonido del disparo, los gritos de la gente, los rugidos de los S.S. Y el cuerpo inerte de mademoiselle Josephine Lefèvre tirado en medio de un suelo desprovisto de vegetación. Pronto la sangre empezó a cubrir la menuda humanidad de laballerina como una sábana mortuoria preparada para envolver el cadáver. Todo había sido tan rápido, Itzhak Goldberg estaba boquiabierto, totalmente helado, un empujón lo envió al suelo y un golpe lo trajo de vuelta.

-¡Camina, sucio judío!- le gritó otro alemán que en vez de armario parecía una puerta mediana.

Itzhak Goldberg siguió su camino pensando en Josephine Lefèvre, lo efímera que era la vida. Mademoiselle Lefèvre se disparó en el corazón, no en el rostro, se sabía bella y tal vez quería conservar ese último instante glorioso en su mente. Tal vez imaginó que aquel punto en el suelo era un escenario, que los uniformados eran señores con chaqué y pantalones a mil rayas, que los futuros prisioneros eran otros señores del público y los pijama a rayas eran acomodadores de teatro.  ¿Qué se llevan los muertos? ¿Hasta cuándo les dura el recuerdo?. “Talentosa y bella Josephine… lo que hubiera dado por conocerte antes de toda esta mierda…” pensó el joven Goldberg.

Un último golpe en la puerta verde sacó a Goldberg de sus memorias. Se talló los ojos y trató de no pensar más. Se puso la máscara de gas al igual que los demás del sonderkommando y abrió la pesada puerta de la cámara de gas… quién sabe cuándo le tocaría entrar para quedarse en ella.

Nota de la autora: basada en las memorias de los campos de extermino que cuentan cómo una bailarina hizo lo que la ficticia Josephine.

Un muselmann es un prisionero que ha perdido toda esperanza de vivir y se abandona, quedando en los puros huesos, no importando que se encuentre con frio, desnudo o sucio.

Una luger es un revolver, arma de cargo de los soldados alemanes en la SGM.

En pointe. La posición del ballet clásico.

Sonderkommando. Los prisioneros encargados de llevar a otros a las cámaras de gas, cerrar las compuertas y esperar a que murieran para después sacarlos, revisar sus cavidades en busca de pertenencias ocultas, quitarles dientes de oro y llevarlos a los hornos crematorios. Esos puestos se rotaban cada cuando en cuando.